Ver a mi papá feliz, casándose con alguien que le ama de la misma manera loca y apasionada, me hizo darme cuenta de lo privilegiada que soy de compartir una relación sana, feliz, llena de amor. Mientras bailamos juntos, le miro a los ojos y Santiago sonríe antes de señalar a su hermano, el cual está bailando con Galilea.
—Te amo con locura.
—Y yo a ti —responde.
—¿Por qué no nos sacamos unos días para nosotros? —pregunto, y Santiago me mira sorprendido, pero los ojos le brillan con ilusión y asiente, antes de preguntarme si no soy jefa de un lugar que le genera dinero. Me río y le explico que negocié que se mantuvieran las vacaciones acumuladas que no me habían dado ni pagado cuando me despidieron. Él asiente y me da un par de besos antes de que anuncien la comida.
—¿A dónde quieres ir?
—No sé, ¿qué tal si esta la planeo yo y tú invitas?
—Mi tipo de escapada romántica, planeas demasiado bien.
Vamos a la mesa y escuchamos a mi padre y a su esposa conversando sobre casas y apartamentos. Nico eleva una ceja porque, aparentemente, su mamá es una nómada y mi papá ama su casa.
—Puedes redecorar —comento.
—No, definitivo.
—¿Qué tal si tenemos dos casas? —comenta mi padre.
—¿Cuántos días a la semana puedo estar en mi casa?
—Los que quieras, yo voy, te visito, tú vienes a la casa y me visitas. Los chicos vienen un domingo ocasional, nos reunimos en un lugar. No pierdes tú, no pierdo yo.
—Vale, invertiré ese dinero en decorar mi casa —comenta con una sonrisa, y su hijo se ríe.
Gretta sonríe.
—Mi casa tiene mejor jardín y los nietos eventualmente van a querer ir a correr.
—Mi apartamento tiene todo un playground para niños, puede que Alba esté interesada en ese tipo de juegos. Hay unas espumas para Raúl y una jungla, pueden venir también. Y tiene parque de perros, Regina.
—Los perros son de Santiago, son un regalo.
—Sí, Regina solo les da treats extra —comenta mi novio sarcástico y todos ríen—. Y les enseña a subirse en la cama y desobedecer.
—Tú les diste un cuarto.
—Necesitan su espacio.
La boda de mi papá me dio esa sensación de que todo estaba perfecto en la vida de alguien, lleno de amor, lleno de tranquilidad. De una manera u otra, mi papá, por primera vez en años, estaba recibiendo abundante amor y eso me hacía lo suficientemente feliz como para disfrutar el amor que me estaba dando el hombre a mi lado.
Lástima que la vida no es un cuento de hadas en el que uno está enamorado y puede irse cuando le da la gana y vivir. La realidad es que Santiago estaba inundado de trabajo porque no quieren contratar a alguien para cubrir las responsabilidades de Gabbien. Le extrañan todavía y se les ocurrió esta misma semana comenzar con el proceso. Quiero entenderlo, pero no pasó ni tres días cuando desistió de la idea de reemplazar laboralmente a su amigo.
—No... no estoy listo —reconoce antes de acostarse a dormir, y yo le miro un par de segundos antes de acomodarme a su lado, llenarle de besos y abrazarle.
—Nunca iremos al sur de Francia y suena buenísimo —comento y le lleno de besos—. Pero te perdono.
—Gracias —responde antes de besarme de vuelta y meter sus manos bajo mi bata. Los dos reímos y seguimos tonteando un rato más, hasta dejarnos disfrutar por completo del cuerpo del otro. Es espectacular lo que puede hacer Santiago solo con sus dedos, pero todo de él me encanta.
Santiago y yo vamos a desayunar cerca de mi oficina y se ve serio, nervioso y cansado. Reconoce que durmió muy poco, y reconozco que estuve muy atenta a todos sus movimientos. Anduvo por toda la habitación y luego por la casa haciendo llamadas. Tuve que devolverle a la cama y, si acaso, había logrado descansar una hora antes de que la alarma sonara.
—Santiago, ¿está pasando algo?
—No, mi amor. Es muy probable que tenga que salir del país. Manejamos unas cuentas en el extranjero y requieren unos cambios. Si Josh no puede ir, es probable que tenga que hacerlo yo personalmente. El cliente no quiere que lo atienda algún empleado y, la verdad, es demasiado dinero.
—Me avisas cuando tengas claro qué vas a hacer.
—Sí, mi amor —responde y me da un beso antes de dejarme en la puerta del banco.
Cuando llego a mi oficina ya tengo llamadas de mis hermanas para el chisme. Tomo asiento y acomodo mis cosas mientras espero a que contesten. La primera es Gretta, quien está con su ginecólogo intentando hacer que su bebé muestre sus genitales.
—Pervertida —la regaño y se ríe.
—Te vas a morir de risa.
—Adivina dónde anda tu papá de luna de miel —pregunta Linnie en cuanto se conecta. Me río y le pregunto como si él no me hubiese enviado un mensaje informándome que se iba junto a su esposa, como es de esperar, a Fiji por una semana.
—¡Fiji! Veinte años pidiéndole que me lleve y se va con otra.
—Linnie, es preocupante.—Le asegura Gretta. — Entiende que el hombre es tu papá, no tu marido.
—Clarísimo, pero existen miles de lugares.
—Sí, deja un poco a papá.
—Escuché por ahí que Rod anda detrás de tus huesos—comento, solo por el interés de la reacción de mi hermana.
—Es el papá de mi hijo y no quiero arruinar eso. Me encanta que se quieran, que lo cuide, pero quiero un marido que no ponga su vida en riesgo, que me ame, no me sea infiel, ni tenga sexo por ahí —responde mi hermana.
Gretta, Linnie y yo nos quedamos en silencio porque todo eso es Rod, y más cosas que no quiero señalar del hombre, pero me alegra demasiado que esté decidida a no volver por ahí.
—Vas a tenerlo. Te juro que estoy teniendo el mejor sexo de mi vida. El más espectacular sexo. Ayer lo hicimos dos veces y hoy repetimos en la ducha. ¿Pueden entender?
—Sí, entendemos, por eso las dos tenemos hijos —bromea Linnie—. Deja de tratar de ver su pipí, yo sé que es un niño.
—Yo siento que es niña —responde Gretta—, si no sé, ¿qué compro?
—Todo lo que quieras y más, y luego lo revendemos, o lo donamos.
—Me caen un poco mal las dos.
—Ramón dijo lo mismo y estás ahí sin que él sepa.
—Adiós —las dos nos reímos de Gretta y yo me pongo a trabajar.
Que no me falta trabajo.
Tengo una comida con clientes y no sé por qué George insiste en supervisar cada paso que doy. Si no es él, es su hijo mayor. Y yo trato de ignorarlos, pero hay días que me canso. Vamos en autos separados y cuando llegamos al restaurante nos encontramos con Hank y los inversores. Se pone en pie para saludarnos, me da un beso en la mejilla y un abrazo. Le saludo igual, con el buen humor, y me presenta como familia. Su hijo tiene la cara descompensada.
Recibo un mensaje de Santiago:
Santiago:
Me voy 24 horas, nena. Te traigo algo sexy para cuando vuelva o me puedes recibir solo desnuda. Solo tú.
Regina:
Estoy trabajando, pero cuando aterrices me llamas y te respondo algo más caliente. Por mientras, cuídate mucho. Te amo.
Santiago:
Te amo. Haz dinero.
Su padre, su abuelo y yo trabajamos, cameleamos como lo que no hay, y al terminar la comida el chef se acerca a saludarnos y a ver cómo está todo. Yo les vendo el negocio a más no poder, que el capital nos cae buenísimo para un montón de proyectos, y no es una empresa que parezca tener demasiado riesgo. Están recomendados por George Jr., tampoco requieren demasiada gestión por nuestra parte. Todo suena demasiado bien. Eso es lo que me preocupa. Entonces intento indagar, y George intenta apagar cualquier pregunta que salga de mí. Estoy al borde de eso y a punto de pedirle que deje de interrumpirme cuando se acerca el chef a preguntar por lo que acabamos de probar, que los seis estamos de acuerdo en que comida espectacular, todo súper sabroso, bien hecho.
Y yo no puedo dejar de disculparme para saludar al marido de mi amiga y compadre de juerga. Gabriel y yo nos apartamos un poco de la mesa, y me toma del brazo para dirigirme.
—Señora Rigott.
—Te voy a acusar con María Julia por llamarme señora—me quejo y Gabriel Vidal se ríe, me da un beso y un abrazo y me pregunta por la vida.
—¿Cómo va todo? ¿Cómo están todos?
—Todo muy bien. Mucho trabajo, la mujer, los niños…
—Están enormes. Necesitas ver a Gabrielito, alto y guapo. Se parece mucho a mí. Seguro no es hijo de la mujer que lo gestó.
Le obligo a enseñarme una foto y lo veo. Ese Gabrielito, papá, es el terror de mis amigas. Claudia y María Julia cayeron a sus pies con solo conocerlo, y terminaron peleadísimas. Al final, para mí ganaron las dos. María Julia tiene a Gabriel y Claudia tuvo que esperar, pero encontró al amor de su vida.
—Qué guapo, qué monas. Todos se parecen muchísimo a ti.
—Llama a mi mujer —me pide Gab y me da su número—. Viene su cantante favorita, la trae ella y su compañía —responde, y nos reímos juntos antes de que tenga que disculparme para volver al trabajo.
Tomo asiento y George me mira serio antes de preguntar:
—¿Terminaste de hablar con tu novio?
—Mi novio está saliendo del país en este momento. Santiago, el hijo que no reconociste y del cual te desobligaste. Gabriel, por otro lado, es el esposo de mi amiga de años, de la escuela, cuando se nos cayó el mismo diente el mismo día y pensamos que estábamos destinadas a compartir una vida juntas. Imagínate, desde pequeños uno sabe que elegir a alguien para toda la vida es una promesa… y tú, que todavía no te ubicas. George, no me importa si en el papel esto es de Santiago. Si continúas acosándome, voy a dejar de tener estas conversaciones contigo y voy a arrastrarte a la corte, donde estoy segura de que muchas mujeres querrán ayudarme a contar su propia versión de esta historia.
Tomo mis cosas.
—Están en excelentes manos. Hank es uno de los fundadores de este negocio. Estoy segura de que puede hacerles una excelente oferta. Y George es un mal marido, sexista, misógino y probablemente la tenga pequeña. Pero el cerebro le funciona para los negocios. Feliz día.