Ganar territorio

1305 Words
Para mí, cumplir años es lo más mágico del mundo. Yo monto una fiesta usualmente donde no la hay, pero la familia de Santiago parece emocionalmente estable y muy apropiada. Su mamá no quiere admitir que tiene un itinerario, pero creo que lo tiene, y eso no es lo que me termina de espantar... son los trajes de baño. Regina Ven a mi habitación. Santiago Es ridículo, sabes que todos saben que cogemos. Regina Sí, sé que lo saben. Solo no quiero hacerlo mientras tengo a tu hermana al lado y a tu mamá al otro. Se llama respetar la casa de los papás. Santiago La única que tiene que respetar su “pushaina” en esta casa es Galilea, hasta los 86 años. Regina Necesito ayuda. Santiago se disculpó con su hermano, vino a la habitación, entró, y le mostré mi traje de baño. —¿Qué? —pregunta. —Se me ven las tetas. —Están sexys, igual que siempre. —Se me ven demasiado, Santiago. —Tienes tetas, Regina, obvio, se te ven. —Ya sabes lo que dicen. —¿Qué? —Si quieres saber cuán puta es una mujer, ve cuánto le cubre su vestido de baño en una actividad familiar. —¿Dónde o quién dice eso? —Santiago, te llama mi mamá —dice Gala, tocando la puerta. Yo me cubro y, de todas formas, ella tiene una opinión en la mirada que amablemente no me dice con palabras. —Dile que queremos comer fuera. —Estoy esperando invitados y a la persona que nos va a cocinar. Dile que no. —Santiago, tengo que ir a comprar vestidos de baño. —Vale, vamos a resolverte... y a mi mamá. Vístete —responde algo serio. Regina ¿Qué tan juzgona es la mamá de Santiago? Claudia No sé... tengo mis propias preocupaciones con la suegra que me tocó. Regina Es que me odia su hermana. No puedo perder a la mamá. Claudia Relájate un poco. Me pongo un vestido y voy al primer piso. La casa es extraenorme, y he escuchado que pertenece directamente a Santiago, quien tiene una obsesión extraña por las casas gigantes, aparentemente. Su madre está conversando con la señora del servicio, y su padre está acomodando las cosas con ayuda de Domenic. —Mamá, voy a llevar a Gala y a Regina por unos trajes de baño. —¿Regina, se te olvidó? —pregunta mi suegra. —Sí... —Gala, tienes vestidos de baño. —Ya, pero mi hermano me va a invitar a unos dos. —Uno, Gala. —Ya... mamá, que Regina también tiene. —Tengo, pero me quedan horribles, y Gala va a ayudarme a elegir. Entonces, de premio, tiene que traerse uno. —Gala es terrible, de verdad —dice su madre, y Santiago le da un beso en las mejillas. Ella se ríe y le apura para que se vaya. Gala sale corriendo de casa, tal cual prisionera. Vamos a las tienditas del centro, y Santiago y yo vemos a Gala enloquecer. Es que de repente necesita labiales, cremas con escarcha, perfume, unas pañoletas, y su hermano todo le dice que sí. —¿Estás enojado conmigo? —le pregunto. —No. —Sí. —Santi... ¿qué te parece esto? —Gala, ¿cómo planeas meter eso sin que mamá nos asesine? —Si tú lo llevas, mamá se queda tranquila. Santiago se ríe y le da un beso en la frente. Su hermana sigue viendo cosas, y yo me le uno en el tren de las compras. Para ser un pueblito, tiene de todo, de lo más artesanal. Le llevo un par de cosas a mi suegra y le compro un sombrerito a Tom y Domenic. —¿Qué color crees que les guste a tus hermanos? —Domenic, rojo. Tom, verde. Santiago, azul —responde Gala, y yo asiento. —Te vas a quedar sin novio —me advierte, y me giro para ver a Santiago conversando de lo más atento con unas jóvenes locales. Su hermana cruza los brazos y le llama. Él se voltea y se disculpa con las chicas antes de acercarse con nosotras. —Qué desfachatez. —Qué celosa eres. —Te pasas, se pasa de verdad —señala Gala, y yo asiento. —Mira, yo te tomo de esta mano y tú tómale de la otra. Tengo que estar haciendo el trabajo por todo el mundo. —Es que nadie es tan celosa como tú. —Ya, pues deberían —responde, y su hermano ríe. Esos dos siguen discutiendo mientras yo observo una tiendita para hacerse los pies. Sugiero ir a que nos hagan un manicure y pedicure, y ella flipa; de verdad, enloquece. Santiago nos ve como si estuviéramos locas, y le pregunto cuándo fue la última vez que se hizo los pies. —Esta mañana, en casa, en el baño. —No es lo mismo, Santiago —responde la pequeña. —Vamos a que lo traten como un rey. —Sí, sí. Santiago no es que despertó queriendo que le hicieran los pies, pero parece disfrutarlo. Yo admiro cómo simplemente se deja llevar por los privilegios de la vida. Gala tiene un dilema: no sabe qué color escoger, y yo le pregunto si neón o pastel. —Los dos, entonces puedes hacerte las puntas con cada uno de los colores. —Aww, wow —asiento, y Santiago me toma de la mano mientras se deja colocar una mascarilla. —¿Existe la posibilidad de un masaje de hombros? —Ahh, sí. —Sí —respondo. —¿Existe de cráneo? —Te voy a decir una cosa: el de cráneo es como engancharse con drogas; una vez lo pruebas, no paras. Gala y Santiago gimen mientras nos masajean, y yo quiero echarlos, pero casi me caen bien. Luego vamos por un helado, y Galilea parece fascinada con un señor que le prepara un coco para tomar. Santiago se ríe, y veo cómo le miran y cómo le saludan. —¿Eres dueño de algo más aquí? —pregunto. —Soy dueño de un hotel ecosostenible —responde—. Mi abuelo y yo iniciamos ese proyecto hace unos años, y empleamos a mucha gente local para su construcción, mantenimiento y para trabajarlo. —Wow. —Sí. —¿Hay algo en lo que no te metas? —Si te digo la verdad, no me gustan tanto las finanzas, pero... me persiguen —responde divertido. —¿Quieres probar? —le pregunta Gala a Santiago. —Está dulce. —Ella asiente, y él le pide todos los cocos al señor, le paga y lo deja cortándolos mientras nosotros vamos por algo riquísimo. Regresamos a la casa ya entrada la tarde. Su mamá y su padrastro están en una hamaca acostados, y Domenic está flotando en la piscina. Tom se durmió frente al televisor. —¿Qué clase de cumpleaños es este? —pregunta Santiago. —No sé... qué gente tan aburrida —se queja Gala. Yo voy a poner música, un poco de salsa que sé que le gusta. Santiago y Gala me ven como si hubiese enloquecido antes de ponerse a bailar. Domenic sale de la piscina para bailar con su hermana, y Laura nos ve desde la hamaca. Tom asoma la cabeza y se cubre con una almohada los oídos para seguir durmiendo. Su mamá y su papá se nos unen. La tarde se nos vuelve maravillosa. Santiago propone ir a comer al hotel, y todos nos alistamos. Cuando llegamos, me encuentro con mis hermanas y mi papá sentados en una mesa conversando. Veo a Santiago sorprendida, y él se ríe. —Santiago, es tu fin de semana de cumpleaños. —Lo sé, pero ellos también te extrañan y tú a ellos, ahora no tienes que dividirte.
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