Santiago
Tres horas más tarde, entra Josh, las niñas, mi ahijado y su esposa. Carla se ve agotadísima, los niños siguen en pijama y mi amigo se ve abatido, destrozado, cansado, dolido y está evidentemente golpeado. Me acerco y le abrazo, suave para no lastimarlo, y él me acaricia la espalda.
—¿Qué vamos a hacer sin el Gordo? —pregunta, y se me vienen las lágrimas.
—Voy a matar a esa perra hija de puta con mis propias manos, eso vamos a hacer —murmuro contra su oído.
—Chiquis —saludo a mis sobrinas.
—Siempre he tenido esta duda —comenta Cata, la mayor de las hijas de Josh—. ¿Estamos en drogas o lavado de dinero? ¿Qué es exactamente el marrón en el que están?
—Después de lo que vimos hoy, son sicarios profesionales.
—Bueno, papá es turbio, pero mi mamá... mi mamá es como Angelina Jolie.
—Sí, mamá, ¿cómo sabes esas cosas?
—Clases de defensa personal que me tomé en serio, que llevé bien, que todo bien, señoras. El papá no es narco ni sicario, el tío Santiago... solo usa drogas —bromea—. Es un chiste. Vamos a acostarnos, necesito un minuto —dice y se cubre la boca. Luego se pasa las manos por los ojos, llora y tiembla. Su esposo la abraza, y yo acompaño a los niños a donde están los de Sergio. Les pregunto si pueden ayudarles a cuidar a los perros, y los tres me miran.
—Tío Santi, ¿van a venir Gaby y Masha?
—No, están... en el hospital. Sí, todavía no pueden venir —respondo a mis sobrinos, y Cata viene a darme un abrazo enorme.
—Qué dicha que estás bien —le doy un beso en la cabeza.
—Qué dicha que están bien todos ustedes. Los amo mucho.
—Y nosotros a ti, tío Santi —grita el enano mientras salta en un trampolín con su amigo Isaac. Los dejo jugando mientras voy con sus padres.
Sergio, Josh y yo nos sentamos en un cuarto táctico. Lo bueno de conocer a tu enemigo y haberte entrenado con él es que conoces sus vicios, su punto débil y su terquedad. Así que seguimos el protocolo de Sergio. Pasearme por la ciudad era eso, un paseo, que ella pudiese ver que me habían colocado en un lugar seguro, y desde las seis había ingresado al hospital un hombre con las características de Josh.
—Y como no pudieron matarme, vendrá personalmente. Es Xiomara, no va a poder resistirse.
—Si no ve a Carla, sabrá que es mentira.
—¿De qué están hablando ustedes tres?
—De Xiomara —respondo, y mis amigos me ven sorprendidos—. Está viva, ha matado a Gabbin y nos quiere muertos a todos. Y hay un doble de tu esposo en peso y talla, pero si no le visitas, si no pareces asustada y violentamente triste, sabrá que estamos jodiendo con ella.
—Me desperté esta mañana con la llamada de mi esposo, pidiéndome que me refugiara, a mí y a mis hijos. Les disparé a tres hombres, les pegué a todos los que pude, encerré a mis hijos en una habitación y llamé a la policía. Ya estaban en camino —responde Carla—. Si mi amiga, si mi mejor amiga está viva y me está haciendo pasar por todo esto, no va a ser para encerrarla y tirar la llave en un calabozo. La quiero despedazada, la quiero muerta y esta vez de verdad, porque más tarde tendré que decirle a mi hija de ocho años que su mejor amiguita y promesa está muerta, y no lo va a llevar bien.
Josh acaricia el hombro de su mujer.
—Voy a llorar en público, desesperada, tú vas a ir a consolarme y tú vas a fingir que nos recuerdas. Ella no quiere matar a Josh, quiere hacerle daño a Santiago.
—Santiago fue a rescatarla.
—Y no lo logró —responde Carla—. Y no la buscó más, y ahora tienes la vida perfecta.
—Tú me dijiste que fueras feliz.
—Yo también te advertí que era una perra psicótica, pero te la follaste. Felicita a tu polla por matar a todos nuestros amigos.
—Carla, hoy perdimos todos —dice su esposo, y ella asiente.
—Gracias a Dios por Carla —comenta Sergio y le da un beso en la mejilla—. ¿Te he dicho cuánto te amamos y te valoramos?
—Todo el tiempo —responde antes de ir a la habitación en la que están sus hijos. Los tres la abrazan, y por solidaridad sus sobrinos del alma se acercan a llenarla de lo mismo. Carla se está haciendo la fuerte, y creo que lo hubiese logrado si no hubiese sido por el hombre que la hizo perder la paz esta mañana.
Yo no puedo enojarme con Carla, porque se despertó con el sonido de la alarma del auto. Su esposo la activó remotamente para asustar a los ladrones, activó todas las alarmas de la casa después, mientras su mujer corría por la casa porque sin una llamada sabía lo que significaba: estaban en peligro y necesitaban protegerse. La mujer corrió con sus hijos cargados, medio dormidos, rogándoles que fueran de un lado a otro. Los acomodó y cerró la puerta de la cámara de pánico y fue por el teléfono y por el gato. Estaba de regreso a su escondite cuando escuchó que se acercaban. Tomó una de las armas de emergencia de su esposo y se escondió en el lugar más obvio: la ducha. Colocó una cortina y entraron dos hombres armados. Les disparó a ambos en las piernas y el pecho. Salío corriendo hacia su próximo escondite y logró disparar a otro de sus atacantes. Justo antes de que la golpearan contra la pared, vio a una mujer. Cuando despertó, estaba en un hospital, habían descartado contusión o trauma severo. Josh tenía a su mujer entre sus brazos, estaba acariciándole el cabello, cuando le dio un beso en la mejilla y le abrazó.
—Vamos a estar bien.
—Creo que ella no quería matarme, creo que quería secuestrarme —responde Carla. —Tú no le sirves de carnada, tengo que ser yo.
—No voy a ponerte en riesgo ni a perderte —responde Josh.
—La próxima vez puede matarte a ti, a Santiago o a los niños. Puede tocar a nuestros hijos, Josh. Necesitamos encontrarla, necesitamos detener esto.
Yo estaba en la cama con Regina, ella me abrazaba mientras yo le acariciaba el pelo. Le doy un beso en la frente y ella me besa de vuelta.
—Hace un año no me hubiese imaginado nada de esto —comenta Regina—. Creo que llevo demasiado tiempo pausada, asustada, dolida. Cielo, la verdad, me alegra haberte conocido ahora y no hace tres años.
—Mi ex es quien está haciendo esto.
—Si yo fuese tu ex, estaría intentando llamar tu atención —bromea y me besa—. Todos tenemos un pasado, nos hace quienes somos. Creo que no apreciaría tanto lo que siento por ti, lo que vivimos contigo, si no fuese porque viví el vacío en mis relaciones anteriores. Te amo, Santiago, y voy a quedarme contigo el resto de mi vida —lo dice en serio, de corazón, mirándome a los ojos. Yo siento todo, la beso, la abrazo y le prometo que vamos a tener toda la vida para querernos.