Los días siguientes en el hospital me sentí perdida, cansada, desilusionada. Era como estar viviendo en una especie de irrealidad, donde te despiertas y todo se ve raro, todo parece absurdo.
George seguía siendo el hombre que me decía con un anillo que quería que volviera con él, que me amaba, me quería en casa, me esperaría toda la vida y deseaba todo junto a mí. Era el hombre que hablaba de construir una familia.
Esto no podía ser cierto.
Mis hermanas y mi padre no me habían dejado sola ni un momento. Mi papá no sabía qué decir, pero no le tenía miedo a estar, a acompañarme en mi dolor, en mis miedos y en la adversidad.
Mi hermana me dio una gelatina y se acostó a mi lado.
—No sé qué hacer para consolarte. No quiero animarte, no quiero hacerte sentir bien como si fuera magia, pero quiero consolarte.
—Escuché que te peleaste con mamá.
—Tu mamá se peleó conmigo, no sé.
—¿Por qué la odias tanto?
—No, la odio, me molesta la forma en la que no le importan sus hijas, yo incluida. Y detesto la forma en la que juega con los sentimientos de papá.
—Creo, a veces, que soy demasiado como él —comenta Linnie, y las dos le miramos antes de que se acueste a nuestro lado—. Entre papá y mamá, siento que soy papá, como que voy perdiendo contra el amor.
—Rod y tú están bien —le recuerdo.
—Rod me pone los cuernos con cuanta zorra se le ofrezca. Me hago de la vista gorda, pero es mi realidad… A veces me compra joyas y, entre más cara, más grande el pecado.
—¿Y por qué no te vas?
—No estoy lista —responde y me quita la gelatina—. No quiero empezar con nadie. Así como sé cuando él ha hecho mal, él sabe cuando necesito un poco más de atención o un poco de espacio. Se tarda años en entrenar a un hombre para conocerme tan bien.
Las tres nos quedamos en silencio, el cual yo decido romper.
—Yo me siento como mamá. No importa cuán perfecto, cuán guapo o cuán buena sea la relación, yo encuentro la manera de no estar feliz. Encuentro la forma de distanciarme emocionalmente o físicamente hasta que empiezo a huir.
—George lo ha estado intentando. Si le quieres, ¿por qué no…?
—George está casado, reconciliándose con su esposa. Su padre ha venido a intentar destruirme en el trabajo. La verdad, esto es agotador. Soy una especie de estúpida engañada por un hombre… En fin, yo soy un poco los dos. Me dejé engañar, me convencí de que había amor y no debí haber iniciado nada. Todo fui yo: la primera noche juntos, la que forzó una cita y otra, el noviazgo (si así se le puede llamar), la de las ideas fui yo. Yo le dije que estaba bien si no le presentaba a nadie. Me convencí de vivir en una burbuja hipotética de amor… fui una estúpida.
—Confiaste, eso es el amor: confianza —responde Gretta—. Él traicionó tu confianza. Ahora dime, ¿quieres que le monte una escena en la sala de espera o le pego?
—Con que me saques de aquí estoy bien.
Mis hermanas me llevaron primero a casa, pero George no dejaba de llamar, de pedir que le hablara. No paraba de decir que necesitaba estar a mi lado. Es increíble lo mucho que le amé, lo mucho que nos habíamos amado, que él también había perdido un hijo. Y entonces, eso me terminó de enloquecer.
Fui hacia la puerta y la abrí. Le di un empujón, y seguí con una cachetada tras otra.
—¡Traidor! Me traicionaste, arruinaste mi carrera, me dejaste cuando más te necesitaba. Tú no perdiste nada más que tu ego de macho, y te prometo que te la voy a devolver —respondo mientras le empujo.
Fue horrible, al día siguiente intenté fingir que no había pasado nada, pero George estaba ahí, sentado en su oficina, y su padre también, el hombre me miró con desprecio antes de preguntarme si venía a retirar mis cosas.
Le ignoré y fui a tomar asiento, em puse frente a la computadora, y les escuché discutir desde el exterior, George, abogaba por mí, mientras su padre le dejaba en claro que no se podía tener todo en la vida.
El señor entró en mi oficina, y me extendió un cheque.
—Vete, quiero que te vayas. Se acabó tu relación con mi hijo y estás despedida, pon la cifra que gustes, solo vete. —grita.
—Va a tener que despedirme por la ley.
—Regina, toma tus cosas y lárgate.
—No me da la gana, no me voy.
—Vete, vete, vete, deja de ser una zorra obstinada.
—Papá, por favor.
George senior tira las cosas de mi escritorio y se da cuenta de que se le ha ido de las manos, su hijo le da un empujón y le grita.
—Es suficiente de tu berrinche, es demasiado, papá, te disculpas en este momento.
Yo sentí demasiado dolor y otra vez escucho como el vacío, el silencio me inunda la cabeza y simplemente no sé nada hasta horas después mientras escucho a mi papá conversando con sus abogados.
—No quiero demandas —le digo. —no quiero indemnizaciones solo, quiero… solo quiero ir a casa, llama a Gretta, quiero ir a casa y quedarme con ella.
Mi hermana tardó unos minutos después de enterarse en estar nuevamente en el hospital, ella y su marido acordaron cuidarme, y así lo hicieron, se aguantaron mi depresión, escucharon mis quejidos, me mimaron, ramón me dio un tercio de su espacio de cama y me calentó la nariz y los pies cuando hizo falta.
—Regina, mi marido y yo queremos tener sexo. —comenta Gretta concierta desesperación, puede sonar a un abuso, pero el último mes me he sentido muy acompañada por Ramón y Gretta y no tengo valor de ir a dormir a otro lugar.
—Sigan tenido sexo en el baño, se escucha, la verdad, ninguno de los dos es suficientemente silencioso.
—Regina, si al de mi habitación, esta casa tiene siete habitaciones y una casa de visitas.
—Acondicionado la casa de visitas.
—La he limpiado, y despejado para ti.
—Son dos contra uno, recuerdan que estoy deprimida.
—Sí, pero nos gusta tener espacio y sexo sin que nos escuches —reconoce Ramón. —Queremos ayudarte y te adoramos, pero qué tal si te quedas aquí pero no en nuestra cama.
—Estoy demasiado triste Ramón, y enojada.
Linnie pasa por el lado de Ramón y le deja un beso en el cuello, luego e da una brazo a Gretta mientras chilla y la empuja hacia la cama.
—Terminé con Rodri, estoy tan triste.
—No… regresa con él. —comenta Ramón y mis hermanas y yo le miramos, Gretta acaricia el pelo de Linnie y yo me aferro a la cobija.
—Vamos a comer helado juntos, con alcohol, esto podría ayudarles—sugiere Gretta.
—Sí, sí.
—Que bárbaro, Ramón, hablándole feo a mis hermanas.
—Sí, que egoísta.
Las tres pasamos por el lado de un indignado ramón, cuando llegamos a las escaleras, le doy las gracias a mi hermana y le prometo que después de esta noche buscaré otro lugar para dormir.
—¿Pero hoy dormimos las cuatro juntos no? —pregunta Linnie.