Un momento por otro

1286 Words
Hank es, de los cuatro hombres de su linaje, el más testarudo. Él sabe lo que quiere, cómo lo quiere y cuándo lo quiere, y no estoy hablando de sexo, por el amor de Dios, estoy hablando de negocios. —Este hombre viene con su propuesta y la verdad no quiero decir que no porque es un montón de plata, pero tampoco quiero ese nivel de responsabilidad, ir y venir... no sé si es lo que quiero para mi vida, crecer el negocio de alguien más... que al final es el negocio de Santiago. —Creo que quieres seducirme. ¿Hace cuánto no seduces a una mujer? —Hace años, pero definitivamente no voy a meterme en la cama contigo. —No, pero creo que tengo el sartén por el mango. —Vale... te escucho, porque acabo de darte una botella de vino de diez mil dólares. —Cosa tuya. —Respondo y él se ríe. —Tengo que pensarlo. —Sí... pero me gustaría que firmaras esto estando borracha. —¿Quieres otra botella de vino? —Oh, sí, ¿y no tienes unos quesos? —Ah, sí, Santiago tiene un paladar impresionantemente caro, fino no, caro. Los dos nos reímos y vamos a rebuscar. Nos quedamos conversando y Hank es un hombre fascinante, un buen compañero. Santiago entra en casa y nos ve a los dos, se queda en silencio unos segundos y después se acerca, nos da un beso a cada uno y se toma el resto de la botella de vino, se acuesta sobre mi regazo. —¿Estás bien, muchacho? —le pregunta su abuelo. —Sí, estoy bien —responde—. Yo voy a ducharme. —Regina, mañana, si no tienes demasiada resaca, te quiero en la oficina. Santiago, si quieres hablar tienes mi número, te amo —le dice y le da un beso en la mejilla. Se pone en pie y los dos le preguntamos a dónde va. Él nos asegura que se irá con un chofer y los dos asentimos. Yo me asomo para asegurarme de que no está mintiendo, y él me saluda desde el asiento trasero de su auto. —¿Quieres que te prepare algo de comer, Santiago? —pregunto, y él asiente mientras sigue tomando vino. Santiago casi no se mueve y yo voy a prepararle un baño en tina, porque la verdad no creo que pueda cargarlo demasiado. Él me agradece cuando ve el agua llenando la tina, me da un beso en el cuello. —¿Estás bien, cariño? —pregunto, y él asiente. —Voy por la comida. ¿Quieres algo en especial? Le caliento una sopa, un sándwich con extra queso, un té para dormir y unas galletitas dulces. Cuando subo a la habitación, Santiago está en silencio, en la cama acostado con los perros. —Tengo unas pastillas que... ayudan a dormir. Se las recetan a Gretta, pero cada que voy a su casa se las robo porque somos hermanas —Santiago se ríe. —¿Cómo de qué son? —Requieren de una receta especial para dormir muy profundo. Es dormirse o contarme. Santiago come como un salvaje, como una persona que había viajado a una estación en el desierto de un país que está en guerra para enterarse de que su amigo y capitán estaba muerto, que su exnovia seguía viva y ahora era parte del clan de los malos, y que aparentemente sus operaciones ya no eran un secreto. Ya sabes, cuando crees que estás empezando a vivir y pasa todo lo contrario. —Esperábamos ver un cuerpo y encontramos... huesos... es chocante, ¿sabes? Lo torturaron, mutilaron y pusieron su cuerpo al sol antes de entregárnoslo como un mensaje. Me quedo en silencio mirando a Santiago porque esa es más información de la que pensé que recibiría, pero es parte de la verdad. —Lo siento. —Lo incineramos y se lo entregamos a su familia. Su madre está descorazonada, mis amigos están despedazados emocionalmente. Es raro, hemos visto gente morirse. —Es diferente cuando tienes un vínculo. —Sí. —Cuando mi mamá murió, Gretta estaba enojada y Linnie se obsesionó con salvarla. Yo... dejé de sentir. Trabajé hasta el último día. Fui en la mañana y la mujer estaba maquillándose, así que la ayudé, la dejé con un vestido bonito y tomamos el sol juntas. Desayunamos, ella comió poco, y mi papá vino a acompañarla después. La llevó a su habitación, Gretta llegó a verla, y supe que sería su último día. Linnie no dejaba de llorar y murió en la madrugada. —¿Eran cercanas? —No, pero todos dicen que Gretta es un mix y nosotras su clon, y de las dos, yo me parezco un poco más en un nivel más... psicótico, no sé, la entendía. —Conectaban. —Sí. —¿Tú conectas con alguien? —Creo que no. —Lo siento. Santiago terminó su comida, se acomodó de mi lado de la cama y vino a que lo abrazara. Le acaricié el pelo y la espalda, y unos minutos después sentí su respiración cambiar. Estaba profundamente dormido. No esperaba que me acompañara a la fiesta de mi hermana porque se le veía muy abatido y había pasado la mañana trabajando desde la habitación en pijama, con el look más solitario que pudo colocarse, así que no insistí mucho. Todo estaba precioso: el día, la iluminación, la decoración. Todos tenían algo lindo que decirle a Linnie, y mi hermana parecía sorprendida. —¿No te lo esperabas? —No, ni que vinieran tantas personas. —Tienes demasiadas amigas, esperamos no haber dejado a nadie por fuera. —Esto es precioso. —Ramón, te ves muy guapo con esa camisa de flores. —Es para verme con el tema —responde mi cuñado y le da un abrazo. Estoy por dar un discurso sobre mi hermana cuando lo veo entrar. Santiago se coloca una corona de flores y viene directo a saludarnos. Me da un beso en la mejilla y me acaricia la espalda. —Esto tiene la firma de mi mamá por todos lados. —Las velas huelen —le digo—. ¿Te imaginas qué es darle un niño a esa mujer? —Es intocable. —Ey, mi bebé —le saluda y le llena de besos—. ¿Te gusta la decoración? —Se ve muy dulce todo. ¿Linnie, a ti te gustó? —Sí, esto es precioso. Muchas gracias, Laura y Regina, se pasaron. Voy a dar mi discurso y todas las miradas se posan sobre mí. —Es la primera vez en veintisiete años que pueden diferenciarnos, pero si cabe duda, esa con barriga es Linnie, y esta que no tiene barriga es Rinnie —Todos ríen—. Creo que nunca hemos hecho nada separadas, pero... esto sin duda es una de esas experiencias que me encanta poder vivir despacio y de lejos, uno de esos momentos en los que mi hermana tiene totalmente la responsabilidad —todos se ríen de nuevo—. No estás sola, Caroline. Me he hecho diez pruebas de embarazo solo para estar segura, he llorado, he odiado el olor de la cebolla al punto de eliminarla de mi dieta y me duele la otra teta que a ti no. Si llego a echar leche, te juro que este bebé no va a tomarla porque leí cosas en internet y vi videos. Pero voy a estar ahí, aguantando las trasnochadas, los pañales sucios son tuyos, cantándole a ese bebé delicioso, intentando secuestrarlo y echándolo a perder, porque tiene mi ADN aunque legalmente no sea mío. Los amo muchísimo y estoy muy feliz por ti.
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