Sali de la tienda para ver como caía una gran tormenta. —Lo que me faltaba. —Esperé más de media hora en la salida, con la esperanza de que la lluvia se calmara, al ver que no pasaba, decidí volver a la tienda y comprar un paraguas.
Recuerdo a ver escuchado a mi madre decir que lo barato siempre sale caro, ese día me di cuenta del por qué siempre lo decía.
Se suponía que aquel paraguas me cubriría de la lluvia, ese era su misión, bridarme protección, sin embargo, el viento no ayudaba con el propósito de ese aparato.
—¿Por qué a mí? —Es lo que dije cuando el viento me volteo el paraguas dejándome al descubierto.
Ese sería un momento que no olvidaría en toda mi vida y ni estando muerta.
Lo repetiría en mi mente por mucho tiempo.
Frente a la casa del chico Wilson el viento decidió jugar un juego, la lluvia no le basto con dejar mi ropa interior al descubierto.
Amaba la lluvia, solía sentarme frente a la ventana en días lluviosos y observar como las gotas bajaban por el cristal.
Con una manta envolviendo todo mi cuerpo y un chocolate caliente, me sentaba en el corredor y disfrutaba de como el día se entristecía y las calles quedaban solas.
Se miraba como yo me sentía.
Y justo ese día me sentía como se encontraba el día, me sentía sola, un nudo en mi garganta se formó en ver a mi alrededor y darme cuenta de que mi vida era una rutina. No tenía una hermana como la que tenía Merci, viajo desde lejos para pasar un tiempo con ella, una sobrina que la adoraba.
Mi hermana lo único que me daba era estrés y dolor de cabeza.
Alison a pesar de su carácter tan arrogante tenía un novio que la recogía a la hora que fuese y la llevaba a los lugares que a ella se le antojaba.
Pero volviendo al juego tan inofensivo y peligroso que ese día se llevó a cabo.
En el corredor de la casa del chico Wilson se encontraba un grupo de hombres, los conocía a todos a simple vista.
Sus mejores amigos se encontraban de visita como cada fin, unos sentados otros parados, unos fumando y otros bebiendo cervezas.
Los silbidos no se hicieron esperar como las risas, los piropos no se quedaron atrás y así mi mirada se dirigió a ellos.
—Quién fuera bizco para verte 2 veces. —Aquellas palabras iniciaron la batalla más estúpida de piropos.
—No soy un perro, pero guau contigo.
Uno tan clásico como el que lo dijo.
—Mi color favorito es verte, pero me conformo con el rojo detrás de ese vestido. —Fue ahí que me di cuenta de que las personas miraban mi ropa interior y no a la chica que se estaba mojando.
Quería creer que aquellos autos se detenían para darme un aventón y no para ver lo que estaba bajo el vestido.
—Are you a sofa? Because you are sofacking precious.
—Perdona, pero aquí el límite de velocidad es a 50 y tú me has puesto a 100. —Al finalizar cada frase las risas salían de sus bocas con más fuerza que la anterior.
—Quién fuera cemento para sujetar semejante monumento.
El viento no me permitía avanzar y el paraguas no volvía a su normalidad, estaba ahí parada mirando aquellos ojos azul cielo.
Entendí todas aquellas palabras de Mercí, en las que decía sentir que el mundo se detenía y las voces, las personas y para no hacer una lista extensa todo lo demás desaparecía.
Todas las veces en que sentí que mi corazón se aceleraba no se comparaba con la fuerza en la que comenzó a latir al ver que sus ojos estaban puestos en los míos.
Jamás creí que mi cuerpo se paralizaría cuando nuestras miradas chocaran, pero no solo mi cuerpo sufrió de paralice también mi cerebro se quedó sin sus funciones.
Cuando en sus labios se formó una sonrisa, luego de que su lengua pasara por ellos y su mirada viajara hacia dentro de la casa entonces volví a la realidad.
Era posible que todo pasara en cámara lenta, aunque fuese un par de minutos lo sentí una eternidad.
El chico Wilson giro su cabeza y volvió su mirada hasta donde aún me encontraba, me recorrió por completo y luego al paraguas.
Ya no sentía frio, las gotas que caían sobre mi piel se vaporizaban de lo caliente que se encontraba mi cuerpo.
Solté el paraguas y salí corriendo avergonzada.
¿Desde cuándo el corredor se encontraba tan cerca a la calle?
¿Cuánto tiempo me quede ahí parada?
¿Qué tanto se me miraba mi ropa interior?
¿Por qué tenía que ser de color rojo?
No era la forma en que tantas veces imagine que su mirada se cruzaría con la mía, no era la manera en que me vi vestida en todas mis imaginaciones.
Entre a la casa escurriendo agua, para entonces la lluvia se estaba calmando y ya había dejado de hacer viento.
Subí a mi habitación y lo primero que hice fue verme en el espejo, me quedé ahí observando como el vestido que era blanco estaba completamente transparente.
No era de combinar el sostén con el calzón, aunque ese día de pura casualidad los dos eran del mismo color.
Rojos.
¡Dios! Parecía que no andaba ropa puesta, me tape la cara pensando en todas las personas con las que me cruce.
Para que negar lo, dichosos sus ojos que vieron tanta belleza. — ¡que vergonzoso, pensara que soy una mujer exhibista. —Ahogue un grito en mis manos.
Me bañe, me cambie y comencé a lavar la ropa sin dejar de pensar en ese suceso histórico.
Sus ojos mirándome por completo, dándose cuenta de que yo existo.
Quería saber en qué pensaba cuando sus ojos recorrían mi cuerpo, podía deducir los pensamientos de sus amigos, por la manera tan grotesca en la que actuaron, sus piropos eran una pequeña parte de lo que en verdad querían decir.
Sonreía de felicidad al entender que sus ojos conectaron con los míos, a pesar de que la vergüenza no se iba.
¿Qué pasaría cuando lo volviera a ver?