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El Legado de Blackwood

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Blurb

Tras el nacimiento de Luciel, el Oráculo de ojos rubí, Elizabeth Whitmore debe proteger a su hijo híbrido en un mundo que teme su poder. Mientras el niño manifiesta una inteligencia asombrosa, Elizabeth lucha con su propia mortalidad frente a la eternidad de su nueva familia.La amenaza resurge cuando Gerald conspira desde el exilio para arrebatarle su legado. Para asegurar el futuro de Luciel, Elizabeth regresa a la corte humana de Dravenhall, enfrentándose a una red de intrigas y traiciones. En un clímax violento, herida de muerte por proteger a Lucian, Elizabeth deberá elegir el rito de la sangre: renunciar a su humanidad para despertar como la Reina Eterna y salvar a su hijo de sus enemigos.

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Capítulo 1. Cenizas y Cunas
El aire en el ala oeste de la mansión Blackwood todavía conservaba el regusto amargo del azufre y la madera calcinada. El rastro de la incursión de Gerald no se borraba con facilidad; las cicatrices en la piedra eran profundas, testimonios mudos de una noche en la que la oscuridad misma se había alzado para proteger a su nueva reina. Elizabeth caminaba por el pasillo principal, con sus pasos resonando contra el mármol frío, mientras observaba a los operarios -humanos y sombras por igual- afanarse en la tarea de reconstrucción. Bajo su brazo, envuelto en mantas de la seda más fina y oscura, Luciel dormía con una placidez que desafiaba el caos que lo rodeaba. Elizabeth bajó la mirada hacia su hijo, sintiendo esa punzada de asombro que la asaltaba cada vez que contemplaba sus facciones. El pequeño oráculo, nacido entre los truenos de una tormenta sobrenatural, poseía ya un aura que silenciaba a los sirvientes a su paso. A pesar de su fragilidad aparente, Elizabeth sabía que lo que latía en el pecho del niño era una fuerza capaz de doblegar reinos. -Aún hay cenizas en las cornisas, mi señora -la voz de Alaric, siempre puntual y sombría, surgió desde un rincón en penumbra. Elizabeth se detuvo, ajustando el peso de Luciel. Alaric lucía su habitual porte impecable, aunque sus ojos reflejaban el cansancio de quien ha pasado noches enteras coordinando la seguridad de un santuario vulnerado. -Las cenizas se limpian, Alaric -respondió ella con una frialdad que antes no poseía-. Lo que me preocupa es la mancha que el nombre de Gerald ha dejado en estos muros. ¿Se ha reforzado el sello de la cripta?. -El señor Lucian se ha encargado personalmente de ello, Majestad. No hay rincón en Blackwood que no esté ahora bajo su vigilancia absoluta -aseguró el consejero con una reverencia que Elizabeth aceptó con la dignidad de quien ya no se siente una prisionera, sino la soberana de un imperio de sombras. Elizabeth continuó su camino hacia la estancia privada de Lucian. Sabía que él la esperaba. Su relación, forjada en la urgencia de un pacto de sangre y la necesidad de proteger un linaje único, había mutado de una desconfianza mortal a una camaradería oscura y devota. Al entrar en el estudio, el aroma a cuero antiguo, tinta y ese frío metálico tan característico de los de su especie la envolvió como un manto. Lucian estaba de pie frente al gran ventanal, observando el horizonte del este, donde la amenaza de Kaelen y la Orden seguía latente. No se giró de inmediato, pero Elizabeth sintió cómo su presencia se tensaba, reconociéndola sin necesidad de verla. -Deberías estar descansando, Elizabeth -dijo él con esa voz de barítono que vibraba en los huesos de ella.- El parto fue hace apenas unos días y el poder del oráculo es una carga pesada para un cuerpo mortal. -Este cuerpo mortal ha engendrado al futuro de tu r**a, Lucian -replicó ella, acercándose hasta quedar a su lado-. No me pidas que me oculte entre las sábanas mientras reconstruyes nuestra casa. Lucian se giró finalmente. Sus ojos carmesí, tan idénticos a los del niño que ella sostenía, la recorrieron con una voracidad contenida. Se acercó a ella con esa elegancia depredadora que antes la hacía temblar de miedo y que ahora, de forma inquietante, le infundía seguridad. Con un movimiento lento, posó su mano fría sobre la mejilla de Elizabeth, un gesto de una ternura tan gélida como absoluta. -Eres testaruda -murmuró él, bajando la vista hacia el pequeño Luciel-. Pero es esa misma voluntad la que te mantiene viva en un mundo que debería haberte consumido. Él tomó al niño con una delicadeza que Elizabeth nunca habría imaginado en el Rey de los Vampiros. Luciel abrió sus párpados, revelando ese rubí intenso que confirmaba su naturaleza híbrida. No lloró; al contrario, una pequeña mano se alzó para rozar la piel de mármol de su padre. En ese instante, una vibración recorrió la estancia, un eco psíquico que ambos padres sintieron con claridad. "Las raíces se hunden en las cenizas. El trono está seguro mientras el ancla permanezca." Elizabeth se estremeció. La voz del oráculo en su mente siempre era una experiencia que la dejaba sin aliento. Lucian cerró los ojos, asimilando la advertencia de su hijo. -Él sabe lo que Gerald intentó -dijo Elizabeth en un susurro-. Sabe que la traición de tu sobrino no fue solo un capricho, sino un ataque a la legitimidad de lo que estamos construyendo. -Gerald es una sombra que mi hermano Adrian ya se encarga de disipar en el exilio -sentenció Lucian, devolviéndole el niño con cuidado.- Pero aquí, en Blackwood, la reconstrucción no es solo de piedra y mortero. Debes asumir tu rol por completo, Elizabeth. El pueblo -tanto los humanos que nos sirven como los de mi estirpe- necesitan ver a la Madre de Vampiros. Necesitan ver que el pacto es inquebrantable. Elizabeth caminó hacia la chimenea, donde un fuego purpúreo ardía para combatir el frío eterno de la mansión. Se sentó en el sillón de terciopelo, el mismo donde tantas noches había llorado su destino y donde ahora planeaba su soberanía. -Asumiré mi rol, Lucian. Gestionaré el ducado desde el norte. Mi linaje, los Whitmore, siempre han sido administradores de hierro. No permitiré que tu sobreprotección me convierta en un adorno de esta mansión. Si Luciel es el futuro, yo soy el presente que asegura que ese futuro tenga un suelo firme sobre el que caminar. Lucian la observó desde las sombras del estudio, con una expresión de orgullo oscuro. Se acercó a ella y se arrodilló a sus pies, una imagen que habría escandalizado a cualquier noble de Dravenhall: el Rey de los Vampiros rindiendo pleitesía a una mujer humana. -Entonces hazlo -le ordenó con voz suave-. Reconstruye las cunas sobre las cenizas de tus enemigos. Pero recuerda, Elizabeth... cada vez que tu sangre lata con fuerza por la ambición o el miedo, yo lo sentiré. Estamos unidos por algo más que este niño. Estamos unidos por una deuda que solo la eternidad podrá pagar. Elizabeth asintió, sintiendo el calor del grimorio que latía en su interior, respondiendo a la cercanía de Lucian. El primer capítulo de su nueva vida como reina comenzaba allí, entre muros que aún olían a humo, pero que ahora albergaban la esperanza más peligrosa de todas: un heredero capaz de unir la luz y la oscuridad. Mientras la noche envolvía el ducado de Blackwood, Elizabeth comenzó a dictar las primeras órdenes para la gestión de las tierras del norte. No era una simple madre cuidando de su hijo; era una estratega forjando un imperio. Lucian permanecía a su lado, como un guardián silencioso, una sombra protectora que devoraba cualquier amenaza antes de que pudiera cruzar el umbral. Las cenizas del ataque de Gerald se convirtieron en el abono para una nueva era. En la quietud de la mansión, el llanto de Luciel se transformó en una melodía de poder, y Elizabeth Whitmore, la joven que una vez juró odiar a los vampiros, abrazó finalmente su destino como la soberana eterna del legado Blackwood.

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