Me giré bruscamente en la silla, con el corazón martilleando contra mis costillas y la boca entreabierta por la sorpresa. Desde la penumbra de una habitación contigua, emergió un hombre en silla de ruedas, deslizándose con una presencia que llenó el vacío de la estancia de inmediato.
Me puse en pie al instante, más por un acto reflejo de cortesía que por voluntad propia. ¿Era él? ¿El misterioso Alexander Blackwood? Estuve a punto de ahogarme con mi propia saliva al verlo de cerca. Me observaba con una intensidad que oscilaba entre lo letal y algo extrañamente magnético.
A pesar de estar sentado, poseía una elegancia feroz. Tenía unos ojos de un gris acero que parecían capaces de leer mis pensamientos más privados, y su cabello, corto pero revuelto, le daba un aire de rebeldía contenida. La camisa blanca, impecable, no lograba ocultar un cuerpo que parecía el de un atleta. Era, sin ninguna duda, una combinación peligrosa de seducción y misterio.
—Señor... —logré decir, aunque mi voz apenas conservaba el tono cálido que había intentado ensayar.
—Señor Blackwood, le presento a... —comenzó el abogado.
—He oído el nombre, Gary —lo cortó él sin apartar la mirada de la mía.
La incomodidad me invadió por completo, así que opté por volver a sentarme, apoyando las manos sobre la mesa para ocultar que me temblaban.
—Así que lo "cree", señorita Valer —repitió él, acercándose un poco más hacia la luz.
Giré la cabeza para enfrentarlo, encontrándome de nuevo con esa mirada de acero que no me daba tregua.
—Sí, señor. Creo que estoy en condiciones de... de ocuparme de usted —balbuceé, deteniéndome cuando su silla se detuvo a escasos centímetros de mí.
—¿De ocuparse de mí? —repitió con una voz que era puro terciopelo y amenaza.
Se quedó en silencio, analizándome con una precisión quirúrgica que me puso los pelos de punta. Empecé a tamborilear los dedos sobre la mesa, buscando desesperadamente el apoyo visual del abogado.
—Gary, ¿cuántas candidatas quedan fuera? —preguntó de pronto Alexander, sin dejar de observarme.
—Tres, señor.
—Diles que se marchen. A todas.
¡Cielos! Su voz era tan grave y autoritaria que, inconscientemente, me hundí un poco más en mi silla.
—Felicidades, señorita Valer. Está contratada.
Me quedé de piedra. ¿Así de rápido? No podía ser verdad.
—¿Está... está seguro? —pregunté sin pensar.
Hasta ese momento, mi mente no había procesado del todo su estado, ni el hecho de que estuviera en una silla de ruedas, ni la inmensa influencia que este hombre tenía en todo Nueva York. Solo podía ver sus labios, que ahora formaban una línea dura y decidida.
—Nunca tomo una decisión si no estoy seguro, señorita Valer —sentenció.
Me aclaré la garganta un par de veces, tratando de asimilar que el puesto era mío. Él se desplazó hasta el extremo de la mesa para recoger unos documentos y regresó hacia mí con una rapidez asombrosa.
—Tenga. Firme esto.
Cuando me tendió el bolígrafo, nuestras manos estuvieron a punto de rozarse. Sentí una especie de descarga eléctrica que me recorrió el brazo, pero traté de disimularlo tomando el papel.
—¿Es mi contrato de trabajo? —pregunté, escaneando el texto.
—No exactamente.
Levanté la vista. Alexander estaba implacablemente quieto, observando cada uno de mis gestos.
—Es un acuerdo de confidencialidad. Un contrato que garantiza su silencio absoluto.
Solté una risa nerviosa antes de darme cuenta de que él no estaba bromeando.
—¿Perdón?
—Nada de lo que ocurra dentro de estas paredes debe salir de su boca —explicó con una seriedad pasmosa—. Me estoy asegurando de que eso no suceda jamás.
—¿Y si no lo cumplo? ¿Me va a matar? —pregunté con una ironía que lamenté al instante cuando vi un destello oscuro cruzar sus ojos grises.
Sin decir más, apreté el bolígrafo y firmé donde me indicaba. Estaba tan desestabilizada que firmé una, dos y hasta tres copias sin rechistar.
—¿Puedo quedarme con una copia para leerla con calma? —me atreví a pedir.
Él me arrebató los documentos antes de que pudiera parpadear.
—No.
Su voz era tan oscura y dominante que no me atreví a protestar.
—A partir de ahora, señorita, usted será mis piernas...
Me puse roja como un tomate mientras me levantaba, justo cuando el abogado salía de la sala. No podía creerlo; acababa de conseguir el empleo con apenas tres frases.
—¿A qué hora debo presentarme mañana por la mañana? —pregunté, tratando de recuperar algo de control.
Él me miró con una desaprobación evidente, como si acabara de decir una estupidez.
—Señorita Valer, cuando digo que usted es mis piernas, me refiero a que vivirá aquí hasta que yo recupere el uso de las mías. Es obvio, ¿no?
La habitación ya estaba en penumbra, pero en ese momento me pareció que se oscurecía aún más. Me incliné un poco hacia adelante, incrédula, y él imitó mi movimiento. Incluso sentado en esa silla, Alexander Blackwood lograba proyectar una sombra inmensa sobre mí.
—¿Tiene alguna pregunta, señorita Valer? —preguntó con una pizca de animosidad.
Cerré la boca de golpe y negué con la cabeza.
—Bien, Perfecto. Venga —concluyó, zanjando el asunto con un tono cortante.
Recogí mis cosas a toda prisa para seguirlo, dándome cuenta de que, con las prisas, ni siquiera le había preguntado por qué estaba en silla de ruedas. Con un gesto caballeroso pero frío, me dejó salir primero de la habitación.
—La casa tiene cuatro plantas —me explicó mientras caminábamos por el pasillo al ritmo de su silla—. Le prohíbo terminantemente subir al último piso. ¿Entendido?
—Entendido, señor —respondí, apretando mi abrigo contra el pecho.
—Debe estar disponible para cada una de mis necesidades —añadió sin mirarme.
Lo seguí hasta un ascensor de lujo. Al cerrarse las puertas, vi por el rabillo del ojo cómo el abogado abandonaba la villa, dejándome a solas con él. Me quedé rígida mirando las puertas metálicas, esperando el pequeño "bip" que indicara que habíamos llegado.
—No he traído nada de ropa, no tengo mis cosas... —empecé a decir, nerviosa.
—Mi chófer irá a buscarlas —me cortó sin más.
Me quedé sin palabras, preguntándome si no sería mejor salir corriendo de allí ahora que todavía podía, pero, por alguna razón que no lograba explicarme, seguí caminando detrás de él.
—Esta será su habitación.
Empujó las puertas dobles con un solo brazo. Me sorprendió lo fuerte que parecía estar a pesar de su condición. Decidí ignorar mis dudas y entré en el cuarto, que resultó ser mucho más acogedor que el resto de la casa. Era una estancia luminosa y armoniosa, si uno pasaba por alto ese enorme jarrón n***o, vacío y sombrío, que decoraba la esquina.
—Es muy... luminosa —comenté, por decir algo.
—Es la única habitación de la casa que tiene ese aspecto —respondió él con voz plana.
Asentí mecánicamente.
—Es perfecta, señor.
—Bien. Venga a buscarme en cuanto se haya instalado.
¿Ir a buscarlo? Antes de que pudiera preguntar nada más, Alexander ya había desaparecido por el pasillo. Me quedé allí, de pie en medio de mi nueva habitación, sintiéndome completamente abrumada. Dejé el abrigo sobre una silla y empecé a recorrer, en solitario, el que sería mi nuevo mundo.