Capítulo 1
Me puse el abrigo a toda prisa mientras intentaba, sin mucho éxito, que mis dedos dejaran de temblar al abrochar los botones.
—¿Ya está? ¿Estás lista? —me preguntó Bianca, observándome desde la cocina.
La verdad es que no tenía la menor idea, así que me limité a forzar una sonrisa mientras le lanzaba una mirada rápida, rogando internamente que no se me notara el nudo que tenía en el estómago.
—Supongo que sí —respondí tratando de sonar valiente—. Después de todo, ¿qué es lo peor que me puede pasar?
Bianca ladeó la cabeza con ese aire dramático que tanto la caracterizaba y soltó un suspiro lleno de envidia.
—¡Pues que vas a ver cara a cara al inalcanzable Alexander Blackwood! Eso es lo que pasa.
—No exageres, Bianca, eso no es un riesgo —le dije, aunque en el fondo sabía que lo era—. Además, voy sin hacerme ilusiones porque, seamos realistas, con mi falta de experiencia dudo mucho que me elijan a mí.
Mientras agarraba mi carpeta de archivos, escuché a mi amiga soltar un grito de entusiasmo, totalmente ajena a mis inseguridades, mientras lamía con gusto su cuchara de helado. Me quedé mirándola un segundo y sacudí la cabeza, dándole una suave reprimenda con la mirada.
—Algún día, de verdad, tendrás que explicarme por qué te da por comer helado nada más despertarte —comenté con una mueca de asco fingido.
Ella, lejos de intimidarse, me señaló con la cuchara de forma desafiante.
—Y tú lo que deberías hacer es comer un poco más en lugar de hacerme tantas preguntas.
Solté un suspiro largo, sintiendo cómo una mezcla de nervios y cariño me llenaba el pecho, y apreté la carpeta contra mí antes de despedirme.
—Me voy ya, que si no voy a llegar tarde y eso sí que sería un desastre.
—¡Cruzo los dedos por ti! ¡Y más te vale volver a contarme todos los detalles! —exclamó ella justo antes de que yo cerrara la puerta.
El trayecto en autobús se me hizo eterno, sobre todo porque no podía dejar de repasar mentalmente mi presentación ni de verificar mi ropa cada dos minutos. Para colmo, el transporte no me dejó exactamente en la puerta, así que tuve que caminar un buen tramo bajo un cielo grisáceo que amenazaba lluvia, preguntando el camino hasta que por fin divisé la propiedad.
A medida que me acercaba, mi confianza se iba desmoronando; el clima no ayudaba y sentía que mi peinado ya estaba empezando a desarmarse por la humedad. Además, la zona estaba tan desierta que llegué a pensar que me había salido por completo de Nueva York.
Finalmente, me encontré ante un portón n***o e imponente, una barrera de hierro que parecía diseñada para que nadie pudiera ni siquiera imaginar lo que había detrás. Me costó reunir el valor suficiente para pulsar el intercomunicador, y cuando lo hice, tuve que aclararme la garganta para que la voz no me saliera rota.
—¿Es por la entrevista? —preguntó una voz seca a través del altavoz.
—Eh... sí, soy la señorita Valer, vengo por...
Ni siquiera pude terminar la frase; el portón se abrió con un zumbido electrónico y me apresuré a entrar, sintiendo un ligero escalofrío cuando el metal se cerró tras de mí con un golpe definitivo. Al girarme hacia la casa, me quedé sin aliento. La villa era una maravilla moderna de líneas puras y tonos grises que, a pesar de su inmensidad, encajaba perfectamente con el bosque que la rodeaba. Tenía un aire sobrio, elegante y profundamente masculino que me intimidó de inmediato.
Caminé hacia la entrada con paso vacilante y, justo antes de que pudiera llamar, la puerta se abrió para revelar a un hombre de unos cincuenta años que me recibió con una cortesía profesional pero fría.
—Buenos días, señorita Valer. Por favor, sígame sin detenerse.
Entré en un vestíbulo que me pareció demasiado grande para ser real, donde un silencio casi inquietante parecía devorarlo todo. Lo seguí por un pasillo infinito hasta una sala donde otras candidatas esperaban en un silencio sepulcral. Todas estaban impecables, sentadas con una rigidez que me hizo sentir pequeña e insegura. Me quité el abrigo y me senté al fondo, jugueteando nerviosa con la goma de mi carpeta mientras las observaba.
Pasaron los minutos y, una a una, las mujeres iban saliendo para no regresar, mientras el sonido de la puerta principal al cerrarse me recordaba que mis posibilidades se agotaban.
—¿Señorita Valer? —la voz del hombre me sacó de mis pensamientos.
Me levanté de un salto y lo seguí, cruzándome en el camino con una mujer que salía de la oficina con el rostro encendido de rabia, jadeando como si hubiera tenido una pelea. Aquello terminó de descolocarme. Al entrar en la sala de entrevistas, me encontré en un espacio en penumbra con una enorme mesa de madera oscura.
—Siéntese —me indicó un hombre que se presentó como el abogado del señor Blackwood.
Me quedé helada. ¿Un abogado para una entrevista de trabajo? Aquello no tenía ningún sentido, pero intenté mantener la compostura mientras le explicaba cómo me había enterado de la vacante y le entregaba mi currículum. Él lo revisó con una rapidez que me resultó insultante y luego levantó la vista con una expresión escéptica.
—No veo muchas referencias aquí, señorita.
—Bueno... cuidé de mi abuela durante dos años —respondí, sabiendo que sonaba desesperada—. Creo que eso debería contar para algo.
El abogado me miró fijamente, como si estuviera midiendo mi resistencia.
—¿Y realmente se cree usted capaz de lidiar con alguien como el señor Blackwood?
—Yo... sí, por supuesto que lo creo —balbuceé, aunque por dentro me moría de miedo.
—¿Ah, sí? ¿De verdad lo cree? —soltó de pronto una voz ronca y cargada de un sarcasmo punzante que llegó desde las sombras, justo detrás de mi asiento.