A ver, sí, mi vida nunca había sido simple, pero últimamente apostaba a que se estaba volviendo absurda
—¡Esto es tan emocionante! —chilló Kendall, dando vueltas por mi nuevo y patéticamente decorado piso en la residencia universitaria, como si acabáramos de mudarnos a París y no al centro mismo de mi humillación personal.
Rodé los ojos con más fuerza de la necesaria y me dejé caer en el sillón. La cabeza ya comenzaba a latirme con esa presión familiar detrás de los ojos, y el simple hecho de ver a Kendall emocionada me hacía querer lanzar algo por la ventana.
De preferencia, a mí misma.
—No es emocionante, Kendall —bufé, sin ganas de disimular el veneno—. Ser niñera de un maldito niño rico que se metió hasta el cuello en los negocios de Nikolay y de Alexey no está ni cerca de ser divertido.
Recosté la cabeza contra el respaldo, cerrando los ojos. La oscuridad aliviaba un poco el dolor, pero no tanto como para hacer desaparecer la frustración que me ardía en el pecho.
Kendall hizo un sonido ridículo con la boca, como si no entendiera en qué punto exacto mi vida se había vuelto una telenovela sin presupuesto.
—Por lo menos es un maldito niño rico ardiente —comentó con una tranquilidad de la que yo estaba a galaxias de distancia—. ¿Bells? ¿Te sientes bien?
Sabía a lo que se refería. Mis migrañas eran una horripilante maldición de esas que se sentían en los huesos, que te hacían querer arrancarte la cabeza y tirarla contra la pared. No eran simples dolores, eran castigos.
—Estoy bien —mentí con un suspiro arrastrado—. No todo en esta vida es comerse con los ojos a los chicos que transpiran hormonas incontrolables, Kends.
—No todo en la vida es cometer asesinatos a tiempo completo, Bells —murmuró, como si hablara del clima.
—¿Tienes que recordarme eso todo el tiempo? —gruñí, sin fuerzas para reír, aunque ella sí lo hizo. Para Kendall, yo era un cóctel de sarcasmo, trauma y entrenamiento militar. Una especie de Barbie asesina que necesitaba vacaciones y terapia.
Sobre todo terapia.
—Tus dolores de cabeza hacen que tu ingenio sea una patada en mi culo —dijo con tono quejoso.
Resoplé, pasándome una mano por el rostro como si pudiera borrar mi realidad con un gesto.
—Esta es la misión más indignante que he tenido —refunfuñé, tragándome la rabia con esfuerzo.
—Amiga —replicó con una carcajada—, este es el trabajo más sencillo y menos suicida que has tenido jamás. Además, ve el lado bueno de la situación: hay chicos solteros y ardientes.
Estaba a nada de responderle que aún seguía sin ver su estúpido lado “bueno”, pero me tragué la replica. Prefería no tener algo que decir. No cuando estaba segura de que lo primero que iba a salir de mi boca era la bilis, y con eso solo me rebajaría aún más.
Porque en el fondo, lo sabía.
Me estaba humillando a mí misma por aceptar el trabajo de mierda. Por estar aquí, entre paredes falsas y un horario que me trataba como una joven con metas universitarias. Como si yo no hubiera matado más veces de las que había sonreído en mi vida.
Harrison me lo explicó todo. Con esa voz suya tan calmada y fría que daban ganas de estrangularlo con el cable del teléfono.
Zacharias Anderson era el objetivo, la carga y la definición de idiotez humana.
El imbécil era uno de los hijos del magnate Daniel Anderson. Una familia con más dinero que sentido común. Pero el problema no era la cuenta bancaria, era el historial detrás.
«—¿Te suena el apellido? —preguntó Harrison en medio de la llamada, como si estuviéramos jugando a las adivinanzas y no hablando de mi nueva sentencia.
Cerré los ojos y removí la memoria tratando de que mi archivo polvoriento hiciera de las suyas, y sí, después de unos segundos…
—¿No es ese al que supuestamente casi meten preso por fraude, robo a clientes, manipulación de cuentas…? —pregunté, insegura, con una ceja levantada mientras me aventaba un sorbo de jugo de naranja.
—El mismo.
—No —jadeé sorprendida porque… ¿A quién no le gustaba un buen chisme de vez en cuando?
—Sí. Y hay más —dijo él, con ese tono que usaba cuando se estaba divirtiendo a mi costa—. Alexey tiene un tema con su hijo. Y el señor Anderson pagó por nuestra ayuda.
—¿Entonces…?
—Aquí viene lo interesante».
Resulta que Daniel Anderson sí había estafado a medio mundo con su sonrisa de banquero simpático. Fue a juicio, por supuesto. Le cayó encima una buena condena, pero gracias a su billetera obscena y un equipo de abogados que sin lugar a dudas pactó con Lucifer, salió de la cárcel antes de pisarla de verdad. Apenas si sintió la celda.
Pero, claro, eso al brillante de Zacharias le dio igual que su papá hubiese casi inhalado el aire de una cárcel. El niño bonito desactivó la parte racional de su cerebro y, desesperado por “restablecer” el nombre y patrimonio de su familia, tuvo la brillante idea de meterse en el mundo al que yo pertenecía.
Y por supuesto, metió la pata hasta el fondo, como buen imbécil con complejo de mártir.
El muy estúpido robó una cantidad brutal de droga a los dos mafiosos más peligrosos de Rusia e Italia, como si estuviera sacando caramelos de una tienda. Y luego se fue caminando tan campante, con cara de niño bueno y, al parecer, cero idea del precio que había puesto sobre su cabeza.
Ahora, por su genialidad, mi susodicho progenitor y su mejor amigo lo estaban cazando tal cual fuera temporada abierta, queriendo vengar el suicidio que el niño bonito decidió hacer y yo… Bueno, pues, yo estaba aquí, fingiendo ser universitaria y a punto de ir a clases con el descerebrado más buscado del circuito criminal europeo.
«Un sueño hecho realidad», pensé, irónica.
A este punto, el padre del chico ya no sabía qué hacer con él. El inútil se negaba a salir del barro, a recibir ayuda. Se creía autosuficiente. Un rebelde sin causa ni sentido común.
Entonces, ahí es donde entraba Harrison, por consiguiente, yo. Una maldita niñera con entrenamiento militar pendiente de que una sentencia de muerte con patas no muriera en plena cacería.
—¿Tierra a Bells? —la voz de Kendall me sacudió como un cubo de agua helada. Chasqueó los dedos delante de mi cara y abrí los ojos con una mueca de fastidio.
—¿Qué? —ladré. El solo sonido de su voz, justo ahora, me dolía hasta en los tímpanos.
—Oye, tranquila, amiga —dijo alzando las manos, burlona, como si no acabara de arrastrarme del mismísimo infierno—. Solo quería avisarte que ya son pasadas las dos y… vas tarde a tu primera clase.
Y ahí sí el pánico me atravesó.
—¡Mierda! —escupí, poniéndome de pie como si el sillón estuviera en llamas.
Corrí tal cual una loca por la habitación, el dolor de cabeza olvidado por completo, mientras buscaba mi bolso y empezaba a meter cosas sin pensar: libretas, bolígrafos, una navaja, mi arma, más bolígrafos... Lo básico para cualquier clase universitaria, ¿no?
Kendall se estaba ahogando de la risa. En el sentido literal, llorando. La muy imbécil disfrutaba cada segundo de mi martirio personal con ganas. Le lancé el dedo del medio sin miramientos, le arranqué el horario de las manos y salí disparada del piso como un rayo, dejando atrás sus carcajadas de hiena sin alma.
Sabía lo que me tocaba: administración de empresas, porque al parecer ser una maldita niñera no era suficiente castigo.
No.
Tenía que vivir la experiencia. Calarme la misma carrera, cursar el mismo año que el gran y jodido Zacharias Anderson.
No era suficiente con proteger su culo desde las sombras, claro que no. También tenía que convivir con él. Respirar el mismo aire. Escuchar su voz. Ver su estúpida cara de “no sé qué hice mal” mientras mafiosos con nombres impronunciables querían hacerlo trizas.
Harrison, en su infinita malicia, no solo me metió a la universidad en tiempo récord, sino que se aseguró de emparejarme con el niño problema en cada puta clase.
—Oh, Dios… Esto va a ser un infierno —murmuré, apretando el horario con tanta fuerza que casi lo hacía confeti.
«Y aún no he visto su cara», gruñí para mis adentros mientras corría —bueno, caminaba rápido con actitud asesina— por el campus elitista que apestaba a niños ricos y expectativas altísimas, cuando choqué contra alguien.
Sentí el impacto en mi hombro, pero al menos no terminé de culo en el suelo, lo cual ya era un logro teniendo en cuenta mi día de mierda.
—¡Oh, lo siento tan...! —empezó a decir una voz masculina, pero se detuvo en seco—. Oh, ¿nueva? —preguntó. Y claro, lo reconocí al instante.
Drake Anderson, alias: hermano mayor de Zacharias, alias: otro idiota rubio, alto, con sonrisa de niño rico y carisma de político en campaña.
Él estaba parado frente a mí, mirándome con interés como si fuera una pieza de arte que alguien había dejado mal colocada.
—¿Te incumbe? —solté con filo, sin esfuerzo.
«Arabella, por Dios», me reprendí mentalmente. Se suponía que no tenía que llamar la atención. Se suponía que esta era una misión de bajo perfil, pero mi temperamento no entendía de tácticas encubiertas cuando se sentía indignado y humillado.
Para mi desgracia (suerte), Drake rió.
—Nueva y con actitud. Me gusta —dijo, con esa seguridad insufrible de los hombres que sabían que su apellido les abría más puertas que su inteligencia.
Mi “yo” interior torció el gesto con asco. Estúpidos idiotas ricos hormonales. Parecían clonados.
—¿Qué carrera cursas? —preguntó, aún entretenido con mi existencia.
—Administración de empresas —contesté sin pensar.
—¿Qué materia? Porque para que vayas así de apurada o llegas tarde o te interesa demasiado —añadió, con esa mirada inquisitiva de los que creen saber más de lo que deberían.
Rodé los ojos con toda la teatralidad que mi fastidio me permitía.
—Estadística para negocios II, pequeño policía —solté.
Él asintió, divertido, demostrándome que yo, en efecto, era la escena cómica de su día.
—Mmm, con el profesor Bane —murmuró, mirando por encima de mi hombro y sonriendo como si acabara de tener una gran idea—. Por suerte tengo a la persona indicada para que te acompañe.
Le hizo señas a alguien más atrás. Me negué de manera rotunda a mirar. No le iba a dar el gusto de mostrar curiosidad, aunque la duda me taladraba.
Pero entonces, lo sentí: un aura molesta, un paso firme y una presencia arrogante justo a mi lado, para que después el chico rubio se detuviera junto a Drake, sin apartar los ojos de un libro. La escena ya era una pintura irritante.
—Voy malditamente atrasado, Drake. Espero que sea bueno lo que tengas que decir —gruñó, pasando las páginas sin despegar la vista.
Drake carraspeó para captar su atención, y el rubio —mi estúpido objetivo— al fin alzó la mirada y fue entonces cuando el aire cambió dado a que ahí estaba: Zacharias Anderson. En carne, hueso, ojos azules y altura irritante.
A regañadientes, debía admitir que la foto de su expediente no le hacía justicia. No era solo atractivo, era desvergonzadamente atractivo. Y sí, en persona se veía más alto, más sexy.
Mierda.
Me preparé. Mi cuerpo entero se tensó como si fuera a recibir un disparo, porque sí, ese era él. El idiota que había desatado un infierno entre dos de las mafias más poderosas del continente. Y ahora tenía que fingir que era solo una chica nueva más.
—Zach, ella es… —Drake me miró esperando que completara la presentación.
«Vamos, Arabella. Actúa».
—Larissa —solté, pero mi voz sonó como un juguete para perros. Quise morirme. Me aclaré la garganta, enderecé la espalda y repetí con más dignidad—. Larissa Sage.
Drake sonrió y volvió su atención a su hermano.
—Issa. Le toca estadística para negocios II. Igual que tú —añadió como si nos estuviera emparejando para el baile de primavera.
Intenté no reírme ante el apodo improvisado. Issa. Genial. Encantador. Qué demonios.
Zacharias al fin me miró. De verdad. Y lo hizo con esos ojos penetrantes y una de esas miradas que pretenden desnudar hasta el alma.
Pero no me moví, no me intimidó. No era de esas. Yo tenía una regla clara en ese tipo de misiones: no sentimentalismos. Y él, por más ojos bonitos que tuviera, no me iba a hacer lanzar esa regla por la ventana.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó, con una sonrisa torcida que gritaba “problemas” en todos los idiomas.
Me carcajeé con fuerza. No lo pude evitar.
—En tus sueños, guapo —le disparé con una sonrisa ladina antes de alejarme de los hermanos Anderson como si tuviera el infierno mordiéndome los talones.
Porque de alguna forma, sí lo tenía.
Sabía perfectamente a dónde iba. Auditorio nueve. Había memorizado el maldito plano de la universidad como si fuera un campo de guerra, porque, seamos honestos, lo era. No iba a ser la nueva que se perdía el primer día como una tonta. No, gracias. Me felicité por mi memoria mientras subía el paso con determinación.
Pero al llegar, dos cosas me golpearon como una bofetada mal dada: uno, la clase ya había comenzado; y dos, la puerta estaba cerrada con una terquedad que parecía personal.
Genial.
Primer día y ya me había ganado una falta.
Solté una sarta de insultos en ruso mientras me alejaba de la puerta como si el simple contacto visual fuera contagioso.
Decidí refugiarme bajo un árbol lo bastante grande como para cubrir mi decepción y, con suerte, ocultar mi existencia. No pensaba volver a la habitación solo para que Kendall me torturara con sus teorías hormonales sobre lo “irresistibles” que eran los universitarios locales. Mi cabeza ya tenía suficiente con una sola amenaza con cara de modelo y cerebro de criminal frustrado.
Me dejé caer sobre el césped y apoyé la frente contra mis rodillas. Pensaba. Y cuando yo pensaba, el mundo podía derrumbarse y ni lo notaba. Hasta que una voz masculina me devolvió a la asquerosa realidad.
—¿Por qué no entraste?
Zacharias.
Dos veces en menos de una hora. Lindo.
Lo sentí sentarse a mi lado como si fuera una película indie de romance incómodo.
—¿Te incumbe? —le respondí con la misma cortesía que le ofrecí a su hermano, manteniendo mi cara enterrada entre mis piernas.
—Ya. Drake me dijo que tenías un temperamento rudo.
Suspiré, resignada. Ladeé la cabeza solo lo suficiente para verle el rostro. Lo estaba intentando, era obvio. Y mal.
«No lo hagas, Arabella», me recordé mentalmente, pero ya era tarde. Su mirada cargaba algo más que simple coquetería. Había desconfianza, sospecha. Y lo último que necesitaba era que ese idiota empezara a atar cabos.
—¿Y eso me tiene que importar porque…? —espeté, con voz filosa.
—Eres diferente —dijo, como si eso fuera suficiente.
Rodé los ojos.
—Vaya, ¿y esa línea te funciona con las demás? ¿O ya estás reciclando?
Él soltó una risa suave.
—No, en serio. Se nota. Quiero decir, eres ruda, tosca, grosera e independiente. Y me intriga. Me hace preguntarme de dónde saliste… y quién eres realmente. Además, tienes un acento algo… familiar.
La alarma mental en mi cabeza sonó, pero en vez de entrar en pánico, me puse la máscara de siempre: la de la chica relajada y sin nada que ocultar.
—Rusa. Programa de intercambio. Ya sabes, vodka, nieve y osos bailando —respondí con tono aburrido. No era una mentira del todo.
Zach asintió, aceptando la explicación como un idiota que no supo que le acababan de servir una excusa tibia en bandeja de sarcasmo.
—Con razón el acento —murmuró.
Levanté una ceja.
—¿Has ido a Rusia? —pregunté, como si no supiera ya la respuesta. Pero lo necesitaba diciendo su propia versión.
Asintió, aunque algo en su gesto me indicó que ese tema en particular no era su favorito.
—En fin, Issa —me llamó por el apodo que su hermano se inventó—. ¿Qué harás esta noche?
Me reí como si acabara de escuchar el chiste más absurdo del día.
—¿En serio? ¿Tirando la red tan pronto? Mira, grandote, ser nueva no me convierte en fácil.
Él rió también, importándole menos mi sarcasmo.
—No iba por ahí, aunque… no sería una mala idea —dijo mientras tocaba mi cabello. Lo sacudió como si tuviera algún derecho.
Contuve el impulso de partirle los dedos.
—¿Entonces?
—Hay una fiesta esta noche. La prepara una de las hermandades de por aquí; PPK. No es más que otra fiesta salvaje universitaria, pero aquí tenemos una tradición de que los nuevos egresados, sean de intercambio o no, tienen que asistir a su primera fiesta de bienvenida, y para tu suerte, hoy es tu noche.
Fruncí el ceño. ¿Una “bienvenida”? ¿En una hermandad con nombre de arma? ¿Qué clase de secta de universitarios fanáticos era esa?
—¿PPK? —pregunté, incrédula, con toda la intención de sonar despectiva.
Zacharias sonrió.
—¿La conoces?
Me recosté un poco contra el tronco del árbol, estirando las piernas y cruzándolas con desdén.
—Sí, claro. ¿Cómo no conocer una hermandad con nombre de pistola semiautomática? —solté con sarcasmo—. ¿También tienen fiestas temáticas de AK-47? ¿O esas son exclusivas para los de medicina?
Zacharias soltó una carcajada corta, de esas que uno suelta cuando no sabe si burlarse o sentirse atacado.
—Me gusta tu humor, rusa.
—No es humor. Es crítica social —repliqué sin mirarlo, fingiendo que observaba las nubes como si fueran más interesantes que él. Pero no lo eran. Ni de cerca. El idiota tenía una presencia que te obligaba a prestarle atención. O a querer romperle la nariz. Estaba segura que dependía del día—. Aun así, si retomamos el caso, PPK son las iniciales de una pistola. Una semiautomática, compacta, alemana —dije con naturalidad, como si asegurara de que el cielo es morado—. ¿Por qué ponerle a una hermandad el nombre de un arma?
Zacharias frunció el entrecejo como si acabara de citarle en mandarín. Me miró, escrutándome de una forma que no me gustaba ni un poquito. Su ceja derecha se arqueó con desconfianza y yo sentí cómo mi estómago se contraía.
—¿Lo dices en serio? —cuestionó, con esa lentitud incómoda que anuncia que acaba de detectar una grieta en tu fachada.
Casi me reventaba la cabeza contra el tronco que tenía detrás. «¡Estúpida! ¿Cómo se te escapa eso? Estás oxidada, Arabella. Muy oxidada».
—Ehm… sí —dije, fingiendo la duda, como si fuera una deducción improvisada y no un conocimiento de campo.
—¿Sabes de armas?
«Para tu desgracia, sí».
—Mi padrino —empecé, improvisando como una profesional—. Caza en invierno. Llevo viendo armas desde que tengo uso de razón. Le encanta mostrarme los tipos que usa. Rifles, escopetas, pistolas… ya sabes, cosas de hombres aburridos con demasiado tiempo libre.
Zach asintió, aunque sus ojos seguían evaluándome. Como si estuviera jugando ajedrez mental y acabara de notar que mi torre se movió sola.
—Interesante —dijo por fin, relajando un poco el gesto—. Recuérdame no meterme contigo.
Solté una risa seca. Interiormente suspiré de alivio. El desliz no había sido tan fatal como para que me clavaran una bandera roja en la frente.
—Entonces… ¿Irás esta noche?
La respuesta real era: “no solo iré, tengo la obligación de estar ahí. Porque resulta que me pusieron a cuidar a un idiota peligroso con cara de modelo que cree que el mundo no lo alcanzará jamás. Y porque tú, idiota, robaste de donde no debías, y ahora estoy pegada a tu culo hasta que me asegure de que no termines con una bala en la cabeza”, pero lo que salió fue:
—De acuerdo.
Él sonrió. Una sonrisa real. Como si acabara de ganar algo.
—¿Paso por ti a las once?
Me atraganté con mi propia sorpresa. «¿Eh?».
—¿Perdón?
—¿Sabes dónde queda la hermandad? —preguntó, alzando una ceja. Sabía que era una pregunta trampa porque sí, claro que sabía. Había estudiado el mapa del campus como si fuera un campo minado. Pero la chica nueva, rusa, despistada, sin duda no debía saberlo, así que negué con la cabeza. Zacharias sonrió de nuevo—. Ahí tienes tu respuesta. Paso por ti a las once.
Se levantó, se sacudió el pantalón con calma y se marchó sin mirar atrás. Y ahí me quedé, sentada bajo un árbol, con la misión colgando de mis hombros y una cita camuflada entre risas y desconfianza.
Genial. Ahora tenía una fiesta llena de personas con las hormonas alborotadas, música demasiado fuerte y alcohol barato.
¿Mi día podría mejorar?
«Nótese el sarcasmo».