4. EL ERROR MÁS AMABLE Y COSTOSO DEL DÍA

4923 Words
Algunas partidas no terminan. Solo escalan  En cuanto Zacharias… «No. Basta. Se queda en Zach. Cristo». …desapareció de mi vista, me quedé tirada sobre la grama como si el suelo fuera lo único que podía sostener el desastre que tenía por cabeza. Cerré los ojos, intentando calmar el dolor que me martilleaba las sienes y las muy legítimas ganas de renunciar a este trabajo antes de cumplir veinticuatro horas infiltrada. Estaba a segundos de ensayar el discurso perfecto para Harrison —uno con manipulación, una pizca de odio y tal vez un balazo incluido para reforzar el efecto— cuando un carraspeo interrumpió mi momento de autocompasión silenciosa. Levanté la cabeza, molesta, solo para encontrarme con una adolescente parada frente a mí, observándome como si fuera una especie de criatura rara. «Fabuloso». Así que hoy era el día del Encuentro Sorpresa con los Anderson. Tan solo me faltaba la abuela y el perro de la familia y ¡bingo!, tendríamos una reunión familiar en curso. —¿Eres nueva? —preguntó Jessamine Anderson, la menor del clan. Asentí con un mínimo movimiento de cabeza, sin ánimos de socializar—. Me llamo Jessamine, pero puedes decirme Jess —agregó con una sonrisa de comercial de pasta dental—. ¿Y tú? —Larissa Sage —dije, sin disimular el fastidio. Para ser honesta, lo único que quería era que se largara y me dejara en paz con mi miseria mental. Sonrió aún más y casi mis ojos se entrecerraban solos. La chica no solo no captó la indirecta, sino que decidió ignorarla, dándome ese brillo de la genética obstinada que sus dos primeros hermanos daban señales de tener. Jessamine era idéntica a Drake, aunque con el cabello castaño y una versión más refinada de sus rasgos. Misma sonrisa de “todo está bien en mi mundo”, mismos ojos azul brillante, y el mismo hoyuelo en la mejilla izquierda que parecía gritar “confía en mí”... cosa que, si ella estuviera hablando con otra persona, lo haría a ciegas. —¿Te molesta que te diga Issa? —preguntó con amabilidad. Me forcé a sonreír. —¿Por qué no? —suspiré con resignación. «¿Por qué no tirarme también al lago, ya que estamos?». Y antes de que pudiera buscar una excusa elegante para irme, se sentó a mi lado como si fuéramos viejas amigas de la secundaria, cosa que observé con recelo. Según el archivo, Jess era modelo, como sus hermanas. Y sí, tenía todo el aspecto. Cuerpo perfecto, piel de revista, y una vibra de chica buena que daba urticaria si estabas demasiado cerca. —Entonces… ¿eres de intercambio, cierto? —siguió ella. —Ajá —asentí. Parece que el rumor de la “chica rusa nueva” se había esparcido más rápido que una foto filtrada. —¿Eres de las que les gusta estar solitarias? —fruncí el ceño, haciendo que ella esbozara una corta sonrisa—. Es que no pareces. Aunque tienes un aura de “no te me acerques”, eres muy bonita para querer fluir con el viento y que éste te dejara aquí hasta tan tarde. —¿Tarde? —cuestioné, sonando aún más confundida. —¿Si te das cuenta que son pasadas las cinco, no? ¿Cinco? ¿Ella de verdad dijo cinco de la tarde? Me atraganté con mi propio aire. —¿Cinco? ¿En qué parte del multiverso había estado sentada tanto tiempo en ese árbol sin darme cuenta? ¡Harrison iba a matarme! Matarme literal. En cuanto tocara el suelo del piso nuevo y viera sus llamadas perdidas en el desechable que había dejado —por desesperada— en el cajón de la mesa de noche, iba a desaparecerme del mapa. Me levanté de golpe, tomé mi bolso y empecé a sacudirme el trasero por si llevaba media grama pegada como recuerdo. Estaba lista para desaparecer, preparándome para el sermón que me esperaba cuando la voz de Jessamine volvió a interrumpirme: —¿Tienes algo que hacer o quieres ir a mi casa por unas pizzas? Me congelé. ¿Qué? ¿Ella me estaba invitando a su casa? ¿Así, sin más? ¿Sin siquiera revisar si no tenía cara de psicópata o antecedentes penales? ¿Dónde estaban sus instintos de supervivencia? Le dediqué una mirada de desconfianza total. —¿Por qué? —pregunté, con el tono exacto entre “no me interesa” y “explícate rápido”. La chica bajó la mirada, suspiró con suavidad y después me enfrentó con una honestidad que no me esperaba. —Sé lo que estás pensando. ¿Por qué proponerle a una desconocida, que bien podría ser una asesina serial, que vaya a mi casa sin conocerla antes? —Lo dijo como si tuviera la frase ensayada. Como si ya la hubiera repetido muchas veces, aunque dudaba que alguien la hubiese escuchado con la suficiente atención como para notarlo—. La verdad es que no tengo amigas por aquí. Todas las que se me acercan lo hacen para aprovecharse, para conseguir algún tipo de conexión con mis familiares —confesó, bajando un poco la voz. Bueno, lo admitía. Me había dado justo en una parte blanda que creía tener extinta: la empatía. No era tonta. Esa clase de sinceridad no se fingía. Y si por casualidad se hacía, entonces la maldita era buena. Demasiado buena. —¿Tu apellido es famoso o qué? —pregunté con fingido interés, como si no supiera ya hasta el grupo sanguíneo de los malditos Anderson. Jessamine me regaló una sonrisa tan grande que casi me encandila. Perfecta dentadura, hoyuelo a juego… de verdad que parecía salida de un catálogo de ropa cara. —Tengo el presentimiento de que tú no eres como ellas —concluyó, como si supiera leer debajo de la piel. Me encogí de hombros, negando con la cabeza, y antes de poder decirle algo más, me tomó del brazo y comenzó a caminar conmigo, parloteando sin parar. Yo asentía cada tanto, fingiendo atención mientras pensaba en lo irónica que era la vida. Apenas unas horas antes quería enterrarme bajo tierra, y ahora iba camino a casa de una adolescente hiperactiva, con comida incluida. Nos detuvimos en el estacionamiento, justo frente a un A5 cabriolet blanco que brillaba como una maldita joya bajo el sol. Jadeé. ¿Una chica de dieciocho años, parte de una familia suicida, tenía un coche así y yo, con veinticuatro, tenía que andar jugando al infiltrada con ropa prestada porque mi papel así lo requería? Jessamine se rió al ver mi cara de absoluta envidia. —¿Te gusta? —preguntó, sonriente. ¿Que si me gustaba? Era un maldito Audi. Me gustaba, me obsesionaba, me quería casar con él. Solo asentí, incapaz de verbalizar mi emoción. Ella, sin previo aviso, sacó la llave del bolsillo y me la lanzó. La atajé por puro instinto, todavía procesando lo que estaba pasando. —¿Qué…? —alcancé a decir. —Espero que sepas conducir —respondió con una sonrisa descarada mientras se metía al asiento del copiloto como si nada. «¿Estoy soñando? ¿Estoy muerta? ¿Me atropelló un autobús y esto es el cielo?». Más emocionada de lo que debería, abrí la puerta del conductor y me deslicé dentro del coche como si hubiera nacido para eso. Dejé caer el bolso en los asientos traseros y me tomé unos segundos para admirar el interior del Audi. —Es una maravilla —murmuré, casi en trance. Jess rió. —¿Has estado en Miami antes? Asentí. Seguía muda. El volante se sentía mejor que el abrazo de Kendall cuando no me estaba volviendo loca. —Bien. ¿Y qué esperas? Mamá seguro ya está preparando la cena. Reí, pero esta vez de verdad, y metí la llave en el encendido. El auto cobró vida con un ronroneo que me hizo sonreír como idiota. Noté que había dicho “mamá” y no “mis compañeros de piso”. Así que, sí, la chica me acababa de confirmar que todavía vivía con sus padres. Bastante curioso para la pequeña aura de independencia que percibí en ella al instante de fijar mis ojos en su cara, pero ahora mismo tenía la atención de un mosquito atrapado en una lámpara de neón. Todo lo que me importaba era ese volante entre mis manos. Está bien. En definitiva podría acostumbrarme a distintos… “lujos” si seguía rodeada de estúpidos Anderson. Podría pagar ese precio si él venía con de dos a cuatro ruedas y motores espectaculares. —¿Vives lejos? —pregunté, al fin recuperando la voz. —Como a unos veinte minutos de aquí —respondió con calma. Sonreí, con confianza. —Llegaremos en diez —dije, y arranqué. El camino hasta su casa fue tan sencillo como peligroso. No por el tráfico ni la velocidad —aunque sí, lo admitiría, me tomé algunas curvas como si estuviera en una persecución policial—, sino porque mi atención estaba dividida entre la ruta y lo absurdamente bien que se sentía manejar un precioso Audi. No lo dije en voz alta, pero no me hubiera molestado en absoluto quedarme con ese carro y desaparecer hacia el atardecer con una nueva identidad. Cuando Jess señaló su casa, frené de golpe. No porque no la hubiera visto —era imposible no verla—, sino porque aquello no era una casa. Era una maldita mansión. Tres pisos, ventanales infinitos, jardines que parecían sacados de una revista de paisajismo y una fachada tan pulcra que me dieron ganas de quitarme los zapatos antes de siquiera poner un pie fuera del coche. —¡Eso fue increíble! —exclamó Jess apenas llegamos. Y sí, había sido una locura. Tal como le prometí, llegamos en tiempo récord, rompiendo todos los límites de velocidad no escritos —y tal vez también los escritos—. Conducir un A5 Cabriolet a toda velocidad por las avenidas de Miami ahora podría tacharse de mi lista de “cosas que quizás no debería hacer, pero igual hice”. Aparqué justo frente a la entrada, con cuidado casi tonto. No pensaba rayar ese auto ni en broma. Sonreí, todavía con las mejillas enrojecidas por la emoción. —Gracias por prestarme a tu bebé —dije, dándole una palmadita al Audi mientras me bajaba y sentía cómo me tragaba el contraste entre lo que era y lo que representaba ese lugar. Mármol blanco, columnas, puertas dobles… todo el paquete. Jess rió y volvió a tomarme del brazo como si fuéramos amigas de toda la vida, arrastrándome hacia su palacio. Porque, de nuevo, no. Eso no era una casa. Era un ridículo museo con Wi-Fi y gente adentro. Fue ahí que entendí por qué la señorita Anderson no vivía en una residencia universitaria como el resto de los mortales. ¿Quién cambiaría mármol italiano, escaleras con barandales de hierro forjado, y un jardín que parecía sacado de una película de Jane Austen por un cuarto compartido y baños con hongos? —¿Vives aquí? —tuve que preguntar, arrastrando las palabras mientras la miraba de reojo. Jess asintió, como si nada. —Sí. Mis papás son algo tradicionales, les gusta que estemos todos juntos… mientras dure. Tradicionales. Claro. Me seguía pareciendo absurdo que alguien como ella, que parecía vivir en una cápsula de cristal, me hubiera invitado a entrar. —¿Y tus hermanos viven todos aquí también? —pregunté como quien no quiere la cosa, aferrándome a una de las pequeñas conversaciones que habíamos tenido en el camino sobre sus hermanos, mientras la seguía por el camino de piedras alineadas a la perfección. —No todos. Zach tiene su propio apartamento cerca de la universidad, aunque igual viene bastante. Lainey sigue aquí. Y Drake y Kira… bueno, ellos vienen cuando les da la gana —dijo, alzando los hombros como si no fuera un tema. Era curioso que quien hubiese iniciado el plan suicida fuese quien viviera lejos. A este punto, el imbécil tenía que estar encerrado en una torre roja, debajo del mar si era posible, pero… ¿quién era yo para sugerir tal cosa? Entramos a la casa y lo primero que me golpeó fue el olor. Ese tipo de fragancia que solo las casas con dinero verdadero tienen: cara, discreta, elegante, y con un toque a “si rompes algo, lo pagas con un riñón”. Jess dejó su bolso en una repisa de cristal y me hizo una seña para que la siguiera hacia algún lugar de la casa. Caminé con cuidado, como si en cualquier momento me fueran a disparar por pisar una alfombra mal puesta. —¡Mamá! —gritó, casi dejándome sin tímpano, al entrar directo a lo que parecía la cocina. Su voz resonó por el espacio varias veces más, pero mi mente decidió enterrarla al ver tal espacio que, como era de esperarse, era una exposición del catálogo “hogar de ensueño clase multimillonaria”. Electrodomésticos empotrados, encimeras que reflejaban la luz como si fueran espejos, y ese aire a “no cocino, pero tengo cocina” que solo tenían las casas de su tipo de gente. —¿Qué son todos esos gritos, Jessamine? —Inquirió una voz masculina que me hizo girar de inmediato. Choqué contra unos ojos azules profundos el tiempo suficiente como para hacer mis conexiones. «Ah, sí». Era el mismo hombre con el que debía reunirme mañana por la noche en su empresa, como parte del estúpido plan de infiltración que todavía no terminaba de procesar sin ganas de arrancarme el alma. Entró como si dominara el mundo —porque probablemente sí lo hacía—, con un porte elegante y una mirada que analizaba cómo bisturí. Me observó de arriba abajo, tal y como lo había hecho Zacharias la primera vez, aunque esta vez no había ni rastro de interés masculino. Solo cálculo. Y reconocimiento. Cuando frunció el ceño al punto de fusionarse las cejas, supe que ya había hecho las conexiones mentales. —¿Dónde está mamá? —preguntó Jess, colgándose de su padre como si no acabara de alterar la atmósfera con sus gritos. Él la abrazó sin dejar de mirarme. Aprecié el esfuerzo de fingir normalidad. —Abajo, con la ropa —respondió con voz tranquila. Jess se separó de él y se colocó a mi lado como si pudiera protegerme del interrogatorio que se venía—. ¿Quién es tu amiga, Jess? —preguntó por fin. Ella se aclaró la garganta y lanzó la bomba con una sonrisa forzada. —Ah, sí, lo siento. Papá, ella es Issa. Issa, él es mi papá —dijo con rapidez, tratando como que de quitar la curita de un solo golpe—. Issa es alumna de intercambio, viene de Rusia, estudia lo mismo que Zach... aunque no entiendo qué le ven a esa carrera de interesante —remató, encogiéndose de hombros. Rusia. Bien. Al menos había retenido la poca información que le había dado al minuto que me había dejado hablar. El señor Anderson me regaló una sonrisa diplomática, de esas que no decían mucho pero observaban todo. Asintió sin mucho entusiasmo y se sentó en uno de los banquillos disponibles frente a la isla de la cocina. Jess me lanzó una mirada de disculpa antes de acercarse. —¿Puedes esperar aquí mientras busco a mamá? —suplicó con voz suave—. Puedes sentarte dónde quieras o asaltar la nevera si es lo que deseas. Deja el bolso por ahí. Le di una sonrisa corta. —No te preocupes, Jess —respondí. Ella suspiró aliviada y salió disparada de la cocina. Apenas desapareció, el carraspeo grave y educado del señor Anderson me trajo de vuelta a la realidad. —¿Sí? —respondí, girándome hacia él. Se levantó en completo silencio, sin decir una sola palabra, y caminó hacia la entrada de la cocina. No necesitaba decir nada. La indirecta era clara como el agua: “sígueme”. Y eso hice. Atravesamos un par de escaleras de mármol, pasillos demasiado largos como para justificar su existencia, y finalmente se detuvo frente a una imponente puerta de madera. La abrió sin ceremonias y me indicó con un leve gesto que pasara. Cuando crucé el umbral, me encontré con lo que claramente era su oficina personal. Y, cómo no, era igual de desmedida que el resto de la casa: estantes repletos de libros alineados con precisión cubrían las paredes, y un ventanal descomunal dejaba entrar la luz dorada del atardecer, regalando una vista panorámica del jardín, la piscina y lo que quizás era un mini zoológico privado. Los muebles eran de cuero blanco, y el escritorio parecía haber sido construido para un villano de película que toma whisky mientras planea controlar el mundo. Algo así como la oficina de Harrison. Solo que sin el olor al Gurkha His Majesty’s que predominaba a su alrededor. Daniel se sentó con calma tras el escritorio y me observó con atención. —Veo que eres tal y como Harrison me dijo —empezó. Fruncí el ceño. Aquello no me gustó ni un poco, cosa que él notó y levantó las manos en señal de paz—. Tranquila, no fue nada malo. Al contrario —aseguró con una pequeña sonrisa—. Dijo que eras extraordinariamente buena en lo que haces. Y considerando que no llevas ni un día completo aquí y ya te ganaste a mi hija menor... bueno, eso es bastante admirable —me encogí de hombros sin saber si agradecer o resoplar—. Por cierto, debería darte las gracias. Lo miré, arqueando una ceja. —¿Por qué? —Liverpool —respondió con un suspiro cargado de molestia—. Harrison me informó que ya estaba controlado… y me dio tu nombre. Ah, parte de mi trabajo anterior. Caminé hasta uno de los sofás laterales, me senté con tranquilidad y dejé el bolso a mi lado. —Solo hacía mi trabajo. Él asintió. —Ya lo veo —dijo, dándonos dos minutos lleno de un silencio incómodo. Luego, se aclaró la garganta una vez más y pronunció las palabras que no esperaba escuchar, pero veía venir en algún momento dado—. Ahora dime… ¿vas a cuidar bien de mi hijo? Molesta, fijé mi mirada en su rostro. Gracias a que Harrison no habló cómo debió en su debido tiempo, era mi turno de aclarar las cosas, dejando la amabilidad estúpida a un lado. —Señor —empecé, mirándolo fijo—, sé que le pagó a Harrison para que encontrara una niñera que le hiciera de guardiana al suicida de su hijo, pero lamento informarle que yo no soy eso. Estoy segura de que usted esperaba que mis servicios requirieran que me convirtiera en Dios y encaminara a su hijo al sendero de la sensatez humana, pero no es así. Para fortuna de usted y desgracia mía, estoy aquí para asegurarme de que no le revienten la cabeza… al menos no de manera fácil. Pero si él decide hacerse el suicida que es, ignorar advertencias y seguir jugando con gente que no tiene el más mínimo sentido de la palabra “piedad”, entonces no espere que yo limpie los restos del desastre. Me incliné apenas hacia adelante, el tono más cortante. —Su hijo tiene veinticuatro años, señor Anderson. No es un niño. Sabe lo que está bien, lo que está mal y lo que lo puede matar. Así que si yo fuera usted, dejaría de pretender que mi trabajo es jugar a ser una presencia omnipotente, omnipresente y omnisciente que hace malabares para resguardarle el culo a su hijo y empezaría, mejor, a exigirle un mínimo de madurez. Los hombres con los que él se involucró no se caracterizan precisamente por dejar errores vivos, y para su completa desgracia, su hijo es el mayor de ellos. Se quedó mirándome con fijeza. Durante varios segundos, no dijo ni una sola palabra. Ni un gesto. Nada. Hasta que en última instancia, cuando el silencio se volvió casi incómodo y empecé a removerme con ligereza en el sillón, él habló. —Creo que serás una buena influencia para él —dijo con una media sonrisa. Gruñí, fastidiada. —No soy su niñera —repetí. —Nunca dije que lo fueras —rió con suavidad—. Solo digo que a Zacharias le vendría bien tener a alguien responsable cerca... aunque sea para variar. Solté una carcajada incrédula. —También está la opción de golpearlo para que se le acomoden las ideas. Pero supongo que eso no le parecerá tan atractivo —comenté, encogiéndome de hombros. Él me miró por un segundo... y luego soltó una carcajada mucho más sincera. —Puede que ese pensamiento me haya cruzado por la cabeza unas que otras veces —bromeó, divertido. Antes de que pudiera replicar algo, una nueva voz interrumpió la escena: —¿Papá? —preguntó una voz masculina desde la puerta. El señor Anderson despegó la mirada de mí y la dirigió hacia su primogénito. Drake entró con paso firme, una carpeta negra en mano y el ceño fruncido. Se sentó a mi lado sin siquiera notarme, tan metido en sus números que parecía vivir en su propia burbuja. Solté un bufido por debajo y, para mi sorpresa, su padre también. —Sé que me pediste que revisara estas cuentas, pero honestamente son… —se interrumpió al escucharnos reír por lo bajo. Frunció aún más el ceño y giró hacia su padre—. ¿Qué pasa? Carraspeé. Era mi turno de existir en su campo visual. Drake parpadeó. Dos veces. —¿Issa? ¿Pero qué…? —Jess la invitó a cenar, hijo —intervino su padre, quitándole la sorpresa de la lengua—. ¿Qué querías preguntarme? Drake aún me miraba como si tratara de cuadrar mi presencia con alguna ecuación de física cuántica. Lo encontré algo divertido, si me lo preguntan. —Así que… ¿tú eres hermano de Jess? —pregunté, manteniendo mi fachada intacta. No pasé por alto la mirada fugaz que me lanzó Daniel Anderson, y esperé que él tampoco se perdiera la mía. Drake asintió y me regaló una sonrisa que no sabía si era casual o deliberada—. Ahora entiendo por qué algunas “amigas” se le acercan solo para hablarle —murmuré, en tono bajo, pero con suficiente malicia para que lo escuchara. Drake ladeó la cabeza, desconcertado, como si no entendiera del todo a qué me refería. —¿Hijo? —interrumpió Daniel antes de que soltara alguna tontería. Drake sacudió la cabeza, volviendo a lo importante. —Ah, sí. Estas cuentas no me cuadran. No me dan el resultado que aparece al final, y no me gusta nada lo que estoy viendo. El ceño del señor Anderson se frunció en respuesta. —¿Puedo verlo? —pregunté, antes de que él pudiera abrir la boca, más para conseguir información que para otra cosa. —¿Está segura, señorita? —inquirió, evaluándome como si no supiera si debía confiarle sus números a una desconocida con botas y cara de saber más de lo que decía. Le sonreí. Una de esas sonrisas que son mitad veneno, mitad promesa. —Bastante. Tan buena como era con las armas, era aún mejor con los números. Las cuentas eran solo otra forma de leer mentiras. Drake soltó una carcajada entre incrédula y divertida, pero me tendió la carpeta de todas formas. La abrí, le di una mirada rápida y, en cuestión de segundos, mi ceja se alzó sola. «Uh. Esto no le gustará al patriarca». sin prisa y caminé hasta el escritorio. —Malas noticias para usted, señor Anderson —dije con una voz serena pero cargada de certeza. Dejé la carpeta abierta frente a él—. Lamento informarle que ha sido robado. —¿Cómo…? —Aquí —señalé una de las hojas—. Esta cuenta debería haber generado un rendimiento del cincuenta y seis por ciento. Sin embargo, apenas alcanzó un triste treinta y dos. Lo cual solo deja dos opciones: o sus inversiones fueron tan mal gestionadas que ni siquiera lograron lo mínimo esperado, cosa improbable, o, y esta es la opción más lógica, alguien le metió mano de manera indirecta al dinero y no fue lo suficiente inteligente como para borrar del todo sus huellas. Es decir… Alguien le acaba de robar de la forma más estúpida algo más de sesenta millones de dólares sin que usted lo notara. Silencio. Y luego, una maldición baja y apretada escapó de sus labios. —Muchísimas gracias, Larissa —dijo con los dientes apretados, marcando cada sílaba como si se estuviera tragando veneno—. Pueden retirarse ya. Drake, llama a tu hermano y dile que lo quiero aquí en veinte minutos. Y Larissa… estoy seguro de que Jess te debe estar buscando. Tomó el teléfono sin esperar más palabras y comenzó a marcar con rapidez. Drake me miró, levantando las cejas y haciéndome señas para que saliera con él. Suspiré, recogí mi bolso y le seguí el paso. —Mierda, chica —dijo en cuanto estuvimos fuera de la oficina—. ¿Cómo pudiste deducir eso tan rápido? —Por algo estudio lo que estudio, Drake. Otra mentira bien envuelta. La verdad era que ya estaba demasiado acostumbrada a detectar errores en las cuentas. Después de todo, Harrison no era de manera particular tolerante con ese tipo de "deslices". Él los resolvía de forma rápida, meticulosa y, bueno... sin papeleo. Drake rió mientras caminábamos por los mismos pasillos que había recorrido con su padre minutos antes. Cuando llegamos a la sala, la voz de Jess retumbó desde algún lugar de la planta baja, chillando mi nombre con entusiasmo. —Creo que te buscan —bromeó Drake. Le propiné un codazo directo a las costillas—. ¡Oye! —se quejó, sobándose. —Apuesto a que tú eres la que mi hija busca, ¿cierto? —dijo una voz femenina, encantadora y bien colocada, interrumpiendo justo cuando estaba por responderle algo a Drake. Levanté la vista. Y ahí estaba. La señora Anderson. De acuerdo… ahora entendía mucho más de dónde Jess había sacado ese cabello castaño perfecto y esa sonrisa luminosa que parecía diseñada en un quirófano estético suizo. Lindsay Anderson era en esencia una versión adulta de su hija, aunque sus ojos eran marrones. Todos los demás habían heredado ese azul tan peculiar que parecía teñido con hielo y secretos, si observabas bien. —Mamá, ella es... —Arabella Ross —terminó su mamá por él, como si fuera lo más normal del mundo. Sentí cómo se me iba el alma por la tráquea y, por un segundo, olvidé cómo respirar. Tosí, me atraganté con mi propia saliva y estuve a punto de golpearme a mí misma por no llevar una botella de agua cerca. Mierda. Al parecer, el señor Anderson había omitido el pequeño detalle de contarle a su esposa que yo estaba aquí de encubierto, ¿no? Drake me miró, luego a su madre y después a mí una vez más. —No, mamá. Ella es Larissa. Larissa Sage —corrigió con rapidez, recuperando el hilo—. Es una alumna de intercambio. Lindsay abrió los ojos como si acabara de recordar que había dejado la plancha encendida en el 2005. —Oh, lo siento muchísimo, Larissa —dijo, captando al vuelo el error—. Es que, lo siento, te pareces a la hija de una de mis amigas y bueno, creo que te confundí. Mentía con la elegancia de alguien que había mentido antes en cenas benéficas y eso me llamó muchísimo más la atención. Sin embargo, Drake soltó una risa seca detrás de mí y tuve que ponerle atención a sus gestos solo para verificar si se había tragado la mentira de su madre. Cosa que me pareció que sí, ya que su sonrisa estaba aún de oreja a oreja. —No se preocupe, señora Anderson —respondí, con mi sonrisa más educada. —Cariño, llámame Lindsay. Diciéndome “señora” me haces sentir más vieja de lo que realmente soy —añadió, con una risa suave. —Entendido —respondí, manteniendo la sonrisa política. —Ahora ve a la cocina —dijo con una palmada teatral en el aire—. Jess te está buscando como una loca a una cabra. «¿De… acuerdo?». Asentí, me despedí con un gesto y seguí caminando hacia la cocina con Drake pegado a mi costado como si no se fiara del todo en dejarme sola. Al entrar, lo primero que vi fue a Zacharias sentado a la mesa, rodeado de libros, una calculadora y varias libretas. Todo muy serio, muy aplicado. Muy... normal. Pero ni rastro de Jess. —Hermanito —saludó Drake, dejando que su voz lo sacara del trance académico. Zach levantó la mirada. Primero me miró a mí. Luego a su hermano. —¿Issa? —preguntó, con ese tono que usas cuando no sabes si te estaban jugando una broma o soñaste con alguien y de repente se te aparecía en la sala de tu casa… desnuda, al parecer. Inhalé profundo. —Sí, ese es mi nombre. Gracias por recordármelo —contesté, dejándome caer en uno de los taburetes de la barra.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD