Ambos rieron.
—Lo siento, nena. Es raro encontrarte aquí —dijo él, poniéndose de pie y dirigiéndose a la nevera.
Levanté una ceja.
«Buen trasero», pensé, sin culpa alguna. ¿Qué quieren que les diga? No soy de piedra. Y si el universo decidía que tenía que ver esa obra de arte de espaldas mientras sacaba una cerveza… pues yo sólo cumplía con mi papel de espectadora.
Se inclinó.
Los jeans hicieron su magia.
Y yo maldije en silencio.
Se incorporó con cerveza en mano, y se apoyó justo frente a mí, recargando los codos en la barra.
—A ver, amigo —dije, con la voz cargada de ironía mientras trataba de expulsar la imagen de su trasero de mi cerebro a patadas—. Aclaremos dos cosas. Primera: no soy tu nena —Drake intentó disimular una carcajada fingiendo toser. Falló de forma miserable—. Y segunda: no estoy aquí por ti —añadí con claridad—. De hecho, ni siquiera sabía que ustedes dos eran familia de Jess, quien por cierto está...
—Aquí —anunció Jess, apareciendo como si hubiese estado esperando su entrada teatral. Se sentó a mi lado y me sonrió para mirar a su hermano y luego a mí—. Ella es diferente —le dijo a Zach, con una mezcla de admiración y picardía.
Zach me sostuvo la mirada. Azul. Directa. Penetrante. Había algo en ella que no era del todo deseo, pero tampoco se alejaba demasiado. No era lujuria descontrolada, ni tampoco mera curiosidad. Era más como un “sé que no eres normal, y eso me jode y me atrae en partes iguales”.
Y eso… no me encantaba. Pero para seguir con la puesta en escena, sin desviar los ojos, le arrebaté la cerveza justo cuando estaba a punto de llegarle a los labios. Le di un sorbo largo y lento, sin romper el contacto visual.
—Puede que sí —admití, bajando la lata con una sonrisa peligrosa.
Zach apretó los labios, pero no apartó la mirada. Le regalé un guiño descarado por encima del borde de la lata y volví a sonreír. Era de esa clase de sonrisas que usabas justo antes de cortarle la yugular a alguien, y justo ahí, la atmósfera cambió. La tensión flotó entre los cuatro como humo denso y cargado de electricidad.
—La tensión s****l es ridícula —Jess murmuró, lo bastante alto como para que ambos la escucháramos.
Zach le lanzó una mirada divertida. Yo, en cambio, arrugué el ceño y negué con la cabeza como si me acabaran de insultar con una ofensa barata.
—No es mi tipo —aclaré, y me llevé otro sorbo de cerveza a los labios—. Aunque el trasero... bueno, ese intenta negociar.
Jess soltó una carcajada, Zach ladeó una ceja con una media sonrisa prepotente, y yo solo giré la cabeza para mirar hacia otro lado, como si no acabara de decir lo que dije. Y así, en ese mismo tono absurdo, pasamos la siguiente hora: entre indirectas, empujones verbales y carcajadas de Jess mientras Drake iba y venía con botanas o frases innecesarias.
Ya eran las siete y media cuando los Anderson restantes aparecieron en casa. Antes de eso, Lindsay tomó el control en la cocina, justo para cambiar el menú de la cena que Jess me había prometido.
El aroma de comida recién hecha nos golpeó como una cachetada: puré de papas, salsa casera, lasaña... Lindsay había ido con todo. Kira y Lainey entraron hechas un torbellino, sin siquiera intentar cambiarse de ropa ya que según ellas, sus estómagos estaban al borde del colapso.
—Mamá —lloriqueó Drake de pronto, arrastrando la palabra como si tuviera cinco años—, de verdad tengo hambre.
Desde que Lindsay nos encontró en la cocina, el resto de la tarde se volvió un desfile de tonterías, comentarios absurdos y una pequeña ronda de interrogatorios dirigidos a mí por los hermanos Anderson. Gracias al cielo, todas eran preguntas que podía responder sin activar ninguna alarma.
Poco después el señor Daniel Anderson apareció una vez más. Apenas pasó el umbral de la cocina, él se llevó a Zach a una “charla de negocios”. Por mi parte, me quedé en la cocina con el resto, ayudando a la señora Anderson a montar la cena.
—Saca tus manos de la salsa, Drake —le soltó su madre sin miramientos, con ese tono que viene con años de experiencia y cero paciencia.
Ya todo estaba servido: la lasaña, el puré de papas, el jugo, incluso había pan caliente sobre la mesa. Todo listo para ser devorado. Lo único que no entendía era por qué demonios nadie estaba comiendo todavía. Quiero decir, ¿había algún tipo de ritual que yo desconocía? ¿Esperaban una bendición divina, un eclipse, qué? Porque, con todo respeto, yo era una mujer, no un espíritu en ayuno. A ese punto, necesitaba que esa comida estuviera en mi sistema ya. ¿Qué mierda estábamos esperando?
—¡Mamá! —insistió Drake, con el mismo tono.
No pude evitar soltar una risa. Ya todos estaban sentados, colocados a la perfección como si fueran a grabar un comercial de detergente. Para mi desdicha, me tocó sentarme entre los hermanos Anderson. Sí, entre. Como el relleno de un sándwich de testosterona y sarcasmo. Jess (porque así Drake y Zacharias lo quisieron) fue colocada junto al señor Anderson. Me mandó una mirada de “lo siento” cuando vio que Zacharias ya estaba a mi lado y Drake ocupaba el otro. No me costó desestimar su mirada con una sonrisa amable y una negación de cabeza.
—Mamá, ¿puedes decirme qué demonios estamos esperando? —bufó Kira desde el otro extremo—. Estoy que me como la mesa.
Lindsay se rindió con un suspiro de esos que cargan años de batalla.
—Intentaba que nuestra invitada no pensara que mis hijos son una banda de salvajes —admitió, casi resignada.
Ahí sí que solté una buena carcajada. Lindsay me miró, divertida, pero yo ya tenía el comentario cargado y listo.
—¿De verdad esperaba eso? No se preocupe. Con tan solo escucharlos hablar ya sé que Zach y Drake son simios disfrazados de hombres.
La mesa estalló en risas. Sí, con los simios incluidos.
—Bueno, siendo así... buen provecho —anunció Daniel, más relajado.
Entre “gracias” y “por fin”, todas las manos se alzaron como si estuvieran en una subasta por el plato más grande. Los Anderson no conocían la frase “porciones pequeñas”. Observé cómo Kira y Lainey se llenaban los platos como si llevaran una semana ayunando y contuve otra risita. ¿No se suponía que las niñas bonitas de familia poderosa seguían dietas verdes a base de aire, insatisfacción, tristes y sin alma?
Kira me clavó una mirada como si hubiera escuchado mi pensamiento.
—Sé lo que estás pensando —dijo con media sonrisa y un pedazo de lasaña colgando de su tenedor—. Y sí, tienes razón. Pero no me importa. Es la lasaña de mamá, chica. No se cuestiona, se come.
Me tragué una carcajada. Conocerlas a ambas había sido una sorpresa en toda regla. Cuando Harrison me dio profundizó el informe sobre ellas, juré que eran el clásico par de mocosas malcriadas con complejo de princesa y la tarjeta de crédito como única personalidad. Pero bastó con que Jess me las presentara en la cocina para que todo el prejuicio se fuera a la basura. El abrazo de oso que me dieron me agarró fuera de base.
—Respetable decisión. Es lo más sensato que he oído en todo el día —dije, entretenida.
—¡Kira, traga antes de hablar! —la reprendió Lindsay, con su tono de madre profesional.
Vi cómo la modelo ponía los ojos en blanco con la maestría de quien lo había hecho desde la cuna e ignoraba el comentario con total descaro.
—¿Piensas comer o solo planeas torturarte viendo? —soltó Drake, y antes de que pudiera abrir la boca para responderle con un comentario afilado, ya me estaba sirviendo una montaña de puré y una porción ridícula, pero generosa de lasaña—. De nada —añadió con esa sonrisita de imbécil satisfecho.
Lo fulminé con la mirada. El idiota se carcajeó como si no le acabara de clavar una daga mental en el cuello, y volvió a devorar su plato como si no hubiera mañana.
Entonces, lo sentí.
Una mano se deslizó sobre mi pierna y subió con descaro hasta instalarse en mi muslo como si tuviera residencia permanente. Lento y con cuidado giré el rostro hacia el culpable, y cómo no, ahí estaba el suicida con esa sonrisa que intentaba ser encantadora, pero que en ese momento me parecía digna de una bala en toda su frente.
Le devolví la sonrisa. Fingida. Letal.
Con la misma sutileza con la que él se atrevió a tocarme, tomé su mano, localicé su dedo medio y lo doblé hacia atrás con la calma de quien sabía con exactitud cuánta presión aplicar sin hacer un escándalo... pero lo suficiente como para que sintiera que iba a perder la mano.
Zach soltó un jadeo ahogado y trató de zafarse.
—Con la presión adecuada, puedo romperte el dedo en tres segundos —siseé, tan bajo que solo él pudo oírme—. Vuelves a ponerme una mano encima sin mi permiso y lo del dedo va a ser el mínimo de tus problemas.
Tragó saliva. Asintió en silencio. Entonces lo solté.
El mensaje había sido claro.
Y lo mejor de todo… sin interrumpir la cena.
Después de que Zacharias pareció recuperar su dignidad tras el incidente con el dedo, la “post cena” empezó en la sala con tazas de café, risas dispersas y conversaciones cruzadas que iban desde el último desastre escolar de Lainey hasta un debate entre Drake y su padre sobre un partido de fútbol que, para ser honesta, me tuvo tan atenta como ver pasto crecer.
Me recliné en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra mientras observaba a todos. Lindsay se reía con Lainey por algo que no alcancé a oír, pero la calidez de esa casa se sentía… genuina. Ruidosa, caótica, sí, pero real.
Zach intentó otra vez iniciar una conversación conmigo, pero lo silenció una sola mirada. No tenía tiempo ni energía para más tonterías de macho-alfa-en-entrenamiento. De vez en cuando me encontraba con los ojos de Jess, y ella solo sonreía, actuando como una casamentera en acción.
El reloj de la sala —una cosa enorme, de madera, estilo “herencia bochornosa”— marcaba las nueve y seis de la noche. Abrí los ojos de par en par porque mierda.
Mier-da.
Harrison iba a degollarme en cuanto pisara la residencia. No le había enviado ningún informe del día. Cero movimiento, cero datos, cero contacto. Y encima tenía una fiesta en de menos nada. Así que estaba sin peinarme, sin maquillarme y sin saber qué demonios ponerme.
¿Agente encubierta? Claro. Pero también una chica con un deber social en una fraternidad que me aseguraba una migraña infernal. Así que me excusé con todos, lista para irme.
Diez minutos después de insistencias, abrazos, más comida metida en lindos envases de vidrio “por si te da hambre más tarde, querida” y un regaño moderado a Kira por hacerme prometer que volvería, logré ponerme de pie con intenciones reales de escapar.
—De nuevo, ha sido un placer conocerte, cariño —dijo Lindsay, abrazándome con ese tipo de calidez que solo tienen las mujeres que saben cómo sostener una casa entera y aún tener energía para sonreír.
—Puedo decir lo mismo, Lindsay —le respondí cerca del oído.
—Por favor, cuida de mi muchacho —susurró, antes de separarse y regalarme una sonrisa que tenía una sombra enorme de súplica.
No respondí. Solo asentí con una media sonrisa. No tenía intención de cuidar a nadie, y menos a Zach, pero no le veía el caso de repetir eso una vez más. No cuando aquella señora estaba mirándome como si su mundo dependiera de mi respuesta.
—¡Te llevo! —gritó Jess desde la puerta.
—Alto, señorita —intervino el señor Anderson con voz de patriarca de película navideña—. ¿A dónde crees que vas a estas horas?
Jess se cruzó de brazos, rodando los ojos como toda adolescente reprimida en su derecho a ser útil.
—Es mi obligación llevarla, papá —bufó como si no fuera obvio.
—No irás a ningún lado, Jessamine. Drake la llevará. Tú te quedas aquí.
Jess no dijo más. Solo frunció el ceño, volvió y se dejó caer otra vez en el sofá, manteniendo los brazos cruzados, entablando una rabieta en su máximo esplendor.
—No hay problema, papá —dijo Drake, levantándose con tranquilidad, ignorando el humor de su hermana—. ¿Vamos, morena?
Asentí, colgándome el bolso al hombro.
—Te espero afuera —dijo antes de desaparecer por el pasillo.
Me giré hacia el resto del clan Anderson.
—Muchas gracias a todos. Lindsay, la cena ha estado fantástica —dije con sinceridad—. Adiós, chicas —me despedí de las tres hermanas menores, que me sonrieron como si fuera parte de la familia—. Zach —dije con voz plana, sin alma, sin intención.
Él me respondió alzando las cejas en un movimiento raro que, a decir verdad, parecía parte de un ritual de apareamiento fallido.
—Promete que vendrás más seguido, Issa —suplicó Lainey, apoyando la barbilla en sus manos.
—Si no me obligan a meterme en un vestido ridículamente ajustado de modelo, podré considerarlo —respondí con una sonrisa ladeada.
—No prometemos nada —intervino Kira con una carcajada.
Reí mientras me despedía con un gesto, saliendo de la sala y caminando hacia la entrada de la casa donde Drake ya me esperaba.
—¿Nos vamos? —inquirió.
—Vamos, rubio. Tengo menos de una hora para convertirme en la mejor versión presentable de mí misma para una fiesta organizada, al parecer, por una hermandad con nombre de arma.
Con una risa de su parte, nos adentramos a las afueras de la mansión, solo para dar un corto paseo por la acera hasta llegar a lo que parecía el portón de un garaje. Entonces, lo que pasó después casi me obliga a detenerme, babear y luego desmayarme.
Al segundo en que Drake apretó un botón del control que iba guindado en su llave, tuve la sensación de que escuché como el cielo se abría y los ángeles bajaban con sus arpas, tocando melodías acorde a la imagen que tenía enfrente.
La cosa está en que, para ser sincera, creí que al entrar lo único que iba a ver iban a ser un par de coches extravagantes y una limusina, quizás. Pero no. El lugar era un templo del lujo automotor. Autos y motos último modelo, alineados con total meticulosidad, tal cual como si esperaran su desfile de pasarela.
—Oh, Dios. Mi sueño húmedo tiene techo y ruedas —murmuré, boquiabierta frente a un Ferrari SF90 Stradale rojo brillante que parecía haber sido pulido por ángeles.
Drake soltó una risa grave, por lo visto bastante divertido con mi cara de devoción automotriz.
—¿Sabes de autos? —preguntó con tono curioso, deteniéndose junto a mí.
—No, para nada —musité con algo de sarcasmo y entrega, segura de que estaba babeando—. ¿Por qué alguien como yo sabría algo sobre una bestia que acelera de cero a cien en dos punto nueve segundos, alcanzando una velocidad máxima de trescientos cuarenta kilómetros por hora, que por cierto tiene un motor híbrido que combina un motor V8 turbo de noventa grados con tres motores eléctricos que básicamente ruge como un dios ofendido? Misterio total.
Drake se carcajeó.
—Si Zach te escuchara decir todo eso sobre su auto, te pediría matrimonio de rodillas —bromeó. Traté de resoplar, pero nada salió por mi boca, cosa que ignoré. Mi atención seguía puesta en mi cielo personal—. Por cierto, la próxima vez que intentes romperle un hueso a mi hermano, trata de hacerlo con un poco más de disimulo.
Ahí sí parpadeé. Una vez, quizás dos, solo para salir del trance que tenía encima, para luego observar al rubio algo asombrada.
—¿Lo notaste?
—Toda la familia lo notó, preciosa. Solo que ellos saben disimular. Cosa que tú… bueno, no tanto.
—Mierda —murmuré, sintiendo cómo la incomodidad me daba una palmadita burlona en la nuca.
—Buena palabra para este momento —respondió con una sonrisa, y tomó mi mano para guiarme hasta una Range Rover azul impecable.
Fruncí el ceño con una ceja arqueada.
—¿Este es tu auto?
Drake abrió la puerta del copiloto como todo un caballero, aunque su siguiente frase echó por tierra cualquier formalidad.
—Cállate y sube tu bonito y sexy trasero aquí —dijo, dándole una palmada al asiento.
Solté una risa, pero obedecí. No por él, sino porque el olor a nuevo del vehículo estaba gritando mi nombre.
Apenas cerré la puerta, Drake encendió el motor.
—¿Música? —preguntó, aunque no esperó respuesta. Un segundo después, “Nothing on You” de B.o.B con Bruno Mars estalló por las cornetas.
—¿Para qué preguntas si igual harás lo que te da la gana?
—Nothing on you, baby... —cantó, ignorándome como todo hombre que se cree adorable cuando desafina.
Le dediqué el dedo medio sin perder la sonrisa.
—¿Residencia?
—Malwere —respondí sin pensar.
No dijo nada más. El motor rugió con elegancia y salimos de su glorioso garaje, dejando atrás su mansión y todo ese derroche de poder, dinero y testosterona. El camino fue rápido, entre risas fáciles y comentarios mordaces de ambos lados, hasta que su camioneta se detuvo justo frente a la entrada de mi residencia.
—Nos vemos en una hora, morena —se despidió en cuanto salí del coche.
Claro que sí, porque Drake también estaría en la gran y estúpida sobrevalorada fiesta de la hermandad con nombre de arma, donde habría estudiantes con las hormonas fuera de control, pretendiendo que el alcohol los volvía interesantes; y pequeñas perras plásticas rondando como depredadoras glamorosas, esperando su oportunidad para quizás lanzarse sobre los dioses de estupidez y ego llamados hermanos Anderson.
«Mi sarcasmo era brillante. En serio, del todo brillante», pensé con ironía.
Pero… ya siendo honesta, de todos los Anderson, puede que quizás Drake fuera el único que me cayera algo bien. Hasta dónde había notado, el rubio era el menos fingido, menos cargante. Era el que menos me hablaba como si estuviera haciéndome un favor existiendo, se diera cuenta o no.
No digo que las hermanas Anderson hicieran eso, pero… ¿entre todos y si tuviera que elegir? Sesenta y cinco por ciento me quedaría con Drake.
—Nos vemos, rubio —reí mientras cerraba la puerta del copiloto.
No esperó más. Lo vi alejarse, su camioneta desapareciendo en la distancia, y por primera vez en todo el día, no sentí ganas de correr a mi habitación. Algo en mi pecho pesaba. Algo que no podía solo quitarme como el maquillaje o la ropa.
Suspiré y me alejé de la entrada. En lugar de subir, giré hacia la derecha y empecé a caminar. Mis pasos me llevaron, casi de forma automática, a esa plaza pequeña y escondida que quedaba a unas cuadras de ahí, y había visto al recorrer el perímetro de la residencia solo por protocolo.
El lugar estaba, por extraño que parezca, silencioso para ser jueves. Digo, entendía que todos tenían clases al día siguiente, pero eso nunca había detenido a un universitario promedio de hacer idioteces hasta la madrugada. Solo que quizás, tal vez esa noche todos estaban ahorrando energía para la tediosa fiesta.
Para bien o mal, yo nunca había sido ese tipo de adolescente; las tragedias me arrancaron la inocencia antes de que pudiera asimilarla. Como diría Kendall: “te saltaste la adolescencia para volverte peligrosa”.
Y sí. Aunque odiaba oír esa fastidiosa frase saliendo de su boca cada vez que me reclamaba por casi morir en situaciones nada normales, tenía razón. Pero no era como si no hubiera deseado tener una vida normal… sin armas, sin enemigos y sin personas que quisieran mi cabeza en una bandeja de plata. Claro que en algún punto deseé eso. Sin embargo, desear no sirve de mucho cuando la realidad te arrastra por el barro y te entrena para sobrevivir.
Me dejé caer en uno de los bancos metálicos, soltando un gruñido cuando el frío y la humedad se me metieron directo en el trasero.
—Carajo —maldije en ruso, frotándome las piernas—. ¿Tanto costaba que estas cosas fueran mínimamente decentes?
A mi alrededor, el silencio se mantenía. Solo se escuchaban murmullos lejanos y unos que otros pasos en la autovía cercana. Nadie le prestaría atención a la chica solitaria en el banquillo, con cara de pocos amigos y la mirada perdida en nada.
—Si me lo pienso bien, no hubiese querido que mi ingreso a una universidad fuera de este modo —murmuré para mí misma.
Y ahí estaba el problema. El suspiro que escapó de mí fue casi un reflejo. Porque de verdad no se suponía que nada de mi vida fuera así.
«¡Contrólate!», me ordené de inmediato. Me negaba a tener espacio para las debilidades, para las grietas.
Me obligué a tragar esa punzada de consternación justo en el momento en que un crujido detrás del arbusto más cercano me puso los sentidos en alerta. Giré la cabeza como un resorte y me puse de pie en cuestión de segundos. Mi mano ya había sacado la glock de mi bolso, el dedo ya estaba en el gatillo, el brazo firme y la mirada filosa, preparada para cualquier cosa.
Apunté hacia la maleza sin pensarlo.
—Increíblemente preparada como siempre —dijo una voz familiar, demasiado confiada para mi gusto.
Mi dedo no se movió. Mi pulso tampoco.
Pero por dentro, una sola pregunta reventó como una bomba: ¿qué mierda hacía él aquí?