5. DE FICHA DE INTERCAMBIO A ESTÚPIDA HAY UN SOLO PASO

4987 Words
Con él ahí pude entender que hay mesas de las que no te levantas caminando —Harrison —dije bajando el arma, aunque con cero prisa—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí? La figura alta, vestida de sombra y autoridad, se había revelado al fin de entre los arbustos. Mi jefe caminó hacia mí con su clásico rostro de piedra, tan incapaz de demostrar una emoción que no fuera desaprobación profesional. Se detuvo a escasos metros. Yo ni parpadeé. —Siete años trabajando conmigo y nunca —remarcó—, nunca, Ekaterina, me has ignorado una llamada —su voz era el equivalente verbal de un azote de vara seca—. ¿Se puede saber dónde y qué carajo estabas haciendo? Resoplé, cruzándome de brazos. —Haciendo mi trabajo. Él arqueó una ceja con la lentitud de un juez a punto de dictar sentencia. —¿Y desde cuándo tu “trabajo” es sentarte en bancos húmedos de una plaza universitaria, sola y a estas horas de la noche? —espetó con sarcasmo—. Deberías estar con Zacharias Anderson. Deberías estar cumpliendo tu misión. Me tensé, empezando a irritarme. —Alto ahí, amigo —lo corté con un tono envenenado—. He estado todo el maldito día rodeada de la familia Anderson y de su suicida hijo imbécil. Me infiltré tan bien que ya tengo a Jessamine, Drake y a toda esa familia de revista en la palma de mi mano. Así que te agradecería que dejaras de dictarme cómo debería hacer mi puto trabajo, Harrison. Sus ojos se entrecerraron, evaluándome como si decidiera en qué parte del mapa enterrarme. —¿Entonces por qué estás aquí? —¡Porque necesitaba aire! —exploté, perdiendo la contención—. Acepté una misión que ni siquiera quería, una que tú me empujaste a tomar —lo señalé con el dedo como si pudiera apuñalarlo con él—. Perdón por tomarme cinco minutos para maldecirte en todos los idiomas que domino —añadí con una sonrisa sarcástica que no me llegó a los ojos. Era la primera vez en siete años que le levantaba la voz. Y sí, la culpa me cayó encima como un ladrillo... pero no lo suficiente para retroceder. Harrison me había salvado la vida esa vez. Me dio una segunda oportunidad cuando el mundo ya me había descartado, lo sabía. Pero eso no lo hacía dueño de cada segundo de mi existencia. A veces, el jefe podía ser desesperantemente mezquino. —No te excedas, Arabella —siseó, afilado. Rodé los ojos con exageración. —¿Ya te vas o vas a seguir con la función de “tutor emocional ausente”? —dije, señalando la vía libre del otro lado de la plaza. —Dame tu informe de misión —gruñó como si eso fuera a desarmarme. Solté un suspiro cargado de veneno. —Jesucristo, bien. Después de que me mandaras aquí con el entusiasmo de una ejecución pública, llegué y arreglé mi habitación con Kendall —comencé, como quien recita la lista del supermercado—. Me bañé, hice mis necesidades básicas, salí corriendo porque Kendall me gritó que iba tarde a clase, choqué con Drake Anderson... Bueno, no, caí de culo frente a él —me corregí de inmediato—, me presentó a su hermano, hablamos, salí huyendo, llegué tarde a clase, no entré, maldije, me escondí bajo la sombra de un árbol, el suicida apareció, charlamos, me invitó a la bendita fiesta de la hermandad con nombre de arma, se fue, llegó Jessamine, me arrastró a su casa, me puso a conducir su precioso Audi blanco, llegamos en tiempo récord, el señor Anderson me reconoció, tuvimos una conversación algo tensa en su oficina, Drake apareció con unos papeles del trabajo de su papá, eché un vistazo, descubrí que le habían robado más de sesenta millones de dólares al señor Anderson, él me agradeció, me echó de su oficina junto con su hijo no tan insoportable, bajamos a la cocina, hablé con sus hermanas, comimos, volví al baño unas cuatro veces más, hablamos otro rato, Drake me trajo de vuelta a la residencia, y ahora, aquí estoy, en el frío banco de una plaza desierta... ¿Contento? —concluí con una sonrisa sarcástica tan forzada como mi paciencia. Harrison me observó por unos segundos eternos, ese tic invisible en la mandíbula indicándome que estaba haciendo un esfuerzo por no arrancarme la lengua. —Tu carácter va a volverme loco, Arabella —resopló con dificultad. —En ningún momento dije lo contrario —repliqué, de malas. Entonces, recordé algo más—. Ah, cierto... Por culpa de la esposa del señor Anderson, casi me descubren. Harrison inhaló profundo, luego exhaló por la nariz en ese ritmo controlado que usaba para no estallar. Era su último intento de mantener la compostura antes de maldecir o lanzarme un teléfono a la cabeza. Yo solía provocarle eso. A veces por gusto. A veces sin querer. —¿Y qué pasó con exactitud, Ekaterina? —preguntó con voz neutra, casi quirúrgica. —Nada —me encogí de hombros con aire desinteresado—. Me salvé a tiempo, como siempre. Lo vi pellizcarse el puente de la nariz, una de sus señales de derrota emocional. Sin querer, se me salió una risa por lo bajo. —Está bien tu informe de misión —gruñó—, aunque para la próxima, ahórrame las partes innecesarias. —Anotado, jefe —murmuré con sorna. —Vas a ir a esa fiesta. Algo me dice que Zacharias hará alguna estupidez esta noche —y aunque su rostro no se movió ni un milímetro, su tono era ácido—. Y por el amor de Dios, lleva contigo el maldito teléfono que te di. No es decorativo. Dicho eso, se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad como un fantasma con agenda. —Bueno, adiós jefe —susurré mientras lo veía alejarse. Guardé el arma con el seguro puesto, volví a meterla en mi bolso y emprendí el camino de regreso a la residencia. O al menos lo intenté. Porque mientras más me alejaba, más insistentes se volvían los recuerdos que me provocaba ver su rostro. Por supuesto, fallé. Sí, Harrison me encontró cuando estaba en bancarrota emocional, sin un centavo, sin una identidad, con la muerte respirándome en la nuca. Pero la historia... esa historia era mucho más retorcida que un simple “me salvó la vida”. Y es que para ese entonces, luego de haber sido desechada por mi supuesto progenitor a la edad de horas de nacida, mi vida se basó en no morir a manos de la adicta perdida que era mi madre. ¿Funcionó? No como quise. Nunca como hubiese querido. Sin embargo, a la edad de catorce años ya me encontraba sola. Completamente sola. ¿Y saben qué? El mundo no se detuvo. No se condolió. El mundo me volvió a escupir y siguió girando como si nada. Durante los siguientes tres años trabajé como pude hasta que encontré un trabajo mínimamente decente y “estable” cómo mesera en un casino, tratando de sobrevivir día a día, sin saber nada del cabrón ausente del que mi madre se encargó de dejarme saber de quien era hija antes de que ella muriera. De ese a quién, para mi maldita desgracia, le debía la mitad de mi sangre. Pero verlo cara a cara, conocerlo, no fue hasta que empecé a apostar y descubrí que tenía un don. Yo era buena. «Nah», pensé, reprimiendo un resoplido. «En realidad, era brillante». Apostar era como respirar, como mover los dedos. La estadística, la lectura de rostros, la intuición... todo eso era natural para mí. Y claro, al enterarse, el jodido bastardo decidió aparecer. Porque si había algo que hacía latir su n***o corazón eran los negocios. Y para Nikolay Nóvikov, yo era, en ese momento, su mejor negocio. Nóvikov, cabeza de la única mafia más sangrienta, peligrosa, brutal y mortal: la Bratva Rusa, también era dueño de rutas de tráfico de todo Moscú, que del mismo modo se extendían por toda Ucrania y media América. Era bastante curioso que un hombre, líder de una organización criminal conocida mundialmente por su violencia extrema y la mentalidad despiadada de sus miembros, teniendo una presencia influyente en el ámbito político y económico, con conexiones sólidas con altos funcionarios gubernamentales y empresarios, infiltrándose en sectores legales, como la banca y la industria energética, para lavar dinero y expandir su influencia, la cual también utilizaban su amplio conocimiento en temas de ciberseguridad y tecnología para llevar a cabo estafas, hackeos y extorsiones en el ámbito digital, necesitara y buscara a su única hija para un “trabajo” cuando supo que ella sabía mover las cartas mejor que cualquier otro. Para mi mala suerte, para ese entonces yo no era más que una niña estúpida que moría por la atención del único pariente vivo a su disposición. Por ende, le había dejado la puerta abierta por primera vez en mi vida. Nóvikov me ofreció un trato: si lograba quitarle a Alexey ‘Ndrangheta algunas de sus bases más importantes ya apostadas en su juego conmigo, me haría heredera de su organización entera. Acepté sin pensarlo. Repito, tenía diecisiete años. Era estúpida, desesperada y estaba anhelando algo tan simple como ser “vista” por él. Para ese momento, mi único pensamiento era que nada podría salir mal. Claro, estuvo más que claro que me había equivocado. Esa noche, el partido de póker fue un desastre. Perdí. Y no solo el dinero. Perdí la “confianza” de mi padre, perdí mi empleo, y casi perdí la vida. ‘Ndrangheta resultó no ser un idiota. Era brillante, cuidadoso, peligroso. Fue todo eso hasta que “dedujo” que si yo era hija de Nikolay, podía intercambiarme por territorio, laboratorios, rutas. Lo que no se esperó fue que mi padre no iba a mover un solo dedo por mí. Fue bastante tarde para darme cuenta que nunca le importé. Que nunca fui más que una ficha para él. Así que me quedé encerrada en un almacén sucio, esperando un intercambio que nunca iba a llegar. Y cuando finalmente un grupo de Nóvikov irrumpió en medio de un tiroteo para sacarme, me creí salvada y lloré. Incluso hasta abracé al hombre que me rescató. Todo eso hasta que sus acciones me dejaron claro que él solo me rescató con órdenes de matarme. Fue entonces cuando apareció Harrison. En aquel entonces, él era el sovetnik de Nóvikov. Era su consejero, su mano derecha, y algunos dirían que era el cerebro detrás de las operaciones más exitosas de Nikolay. Además Harrison también ocupaba uno de los puestos como brigadler más respetado en la organización gracias a su temple de acero y resultados vistosos. Sin embargo, pese a todo el poder que tenía entre manos, ese día, se rebeló. Mató al hombre que iba a ejecutarme, me sacó de ese almacén en llamas y, por razones que aún no conozco, me llevó a su casa. Recuerdo que no confiaba en él. Ni un poco. Pensé que tal vez también iba a matarme, pero que prefería hacerlo en un lugar tranquilo. Fue una sorpresa enterarme de que ese no era su plan en absoluto. En su lugar, él me sentó en su comedor y, con su voz seca, me dijo: «—Para tu padre estoy muerto, Ekaterina. Igual que tú. Eso nos deja en ventaja. —¿Qué? —solté, nerviosa, con el corazón latiendo tan fuerte que me dolía. —¿Quieres destruir a tu padre? —me preguntó sin rodeos». La respuesta no tardó ni un segundo. Me entrenó. Me convirtió en su pupila, en su proyecto más ambicioso. Me rompió y me reconstruyó. Me enseñó a sobrevivir, a matar, a mentir, a desaparecer. Apenas me tuvo bajo su control, me borró. Me quitó el apellido, me cambió el nombre. Ekaterina Nóvikov había muerto el día que se suponía, y en su lugar nació Arabella Ross. O cualquier otro nombre que decidiera darme, según la misión. Y cuando estuve lista, me mandó a cazar. Harrison me salvó la vida. Y no sólo en sentido literal. Cuando me preguntó si estaba lista para mi nueva vida en las sombras, no dudé. Ni por un milisegundo. Porque ya no tenía nada que perder. Sin embargo, con el tiempo, sus planes se torcieron. Sí, Harrison aún quería tumbar a Nóvikov, arrebatarle el poder que nunca debió tener, pero lo habían descubierto. Supieron que seguía vivo. La mafia no perdona fantasmas que regresan, así que me delegó su guerra. Mi trabajo en ese momento había sido uno solo: eliminar a todos quienes sabían la verdad. Cada rastro, cada amenaza. Sicarios, contactos, aliados, familias enteras. Pero sin hacer ruido. Sin existir. Y lo hice. Porque ese había sido el precio de seguir viva. Todo eso continuó hasta que extinguí las amenazas. A todas y cada una de ellas. Después, mis trabajos apuntaron a direcciones diferentes: infiltración, extracción de información y cualquier otra cosa que al jefe le diera la gana de darme. A veces era rica, otras veces pobre. A veces era rusa, otras italiana, otras americana. Cambiaba de nombre tanto como un tipo cambiaba de camisa. Era lo que requería el trabajo. Era lo que requería él. Nunca me atreví a decir que era una asesina. Eso no lo cubría todo. A este punto, yo era cualquier cosa que Harrison necesitara que fuera: estudiante, diplomática, espía, prostituta de fachada, vagabunda, sombra. Y si matar servía para pagar la deuda de mi vida, entonces lo haría. Lo seguiría haciendo. Sin pedir explicaciones. Sin mirar atrás. Porque se lo debía. —¿Eres nueva por aquí? —la voz me arrancó de golpe de ese rincón de recuerdos donde no quería estar, pero me había quedado estancada. Me giré. Una chica menuda, de no más de metro cincuenta y algo, me observaba con curiosidad frente al ascensor. Castaña, ojos miel, rostro tan angelical que por un segundo me dio pena que tuviera que cruzarse conmigo. —Sí —respondí con simplicidad. —Mucho gusto —dijo, extendiendo su mano con una sonrisa cálida—. Soy Emma Mitchell, una de tus vecinas. Apreté su mano con suavidad justo cuando las puertas del ascensor se abrieron. —Larissa Sage —solté, devolviéndole una sonrisa vaga antes de entrar al interior de la caja de metal y que éste cerrara sus puertas en un rápido movimiento. «Nombre nuevo. Vida nueva. Repetir», pensé, tragándome un suspiro. Al abrirse las puertas del ascensor unos minutos después, salí y caminé por el pasillo hasta que me topé con mi puerta. Mis botas apenas hacían ruido sobre el suelo pulido, pero en mi cabeza todo retumbaba. Era como si cada paso me recordara todo lo que tenía que controlar esta noche. Busqué en mi bolso hasta dar con las llaves. —Bingo —murmuré al encontrarlas. Abrí la puerta y lo primero que vi fue el desastre al que me tenía que volver a acostumbrar de ahora en adelante: Kendall desparramada en el sofá de la pequeña sala como si la vida no le debiera nada. Dormida, con una pierna colgando y la boca entreabierta. Rodé los ojos, negando con la cabeza, y fui directo a mi cuarto, no sin antes guardar los envases con comida que la señora Anderson me había insistido en que me llevará en la nevera vacía. Saqué una cobija del armario y volví para cubrir a mi nuevo dolor de cabeza personal. —¿Bells? —farfulló con la voz rasposa del sueño mientras se removía incómoda bajo la manta—. ¿Tan tarde llegas? —Duerme, Kends —le susurré. Sus párpados se levantaron con esfuerzo. Me enfocó como si estuviera tratando de descifrar si era yo o una aparición espectral. —¿Harrison ya te mató? —dijo entre risas, aún medio dormida—. ¿Eres tú de verdad o solo tu fantasma viniendo a despedirse? La fulminé con la mirada. —Muy graciosa —murmuré, girándome hacia mi habitación. —¡¿A dónde vas?! —gritó desde la sala. —¡Fiesta! —grité de vuelta, abriendo el cajón y sacando mi celular junto con el teléfono desechable. Encendí el segundo con desgano. En la pantalla, cuatro llamadas perdidas de Harrison. —Eres tan… impredecible —murmuré al ver su nombre en la pantalla. Ni tres segundos pasaron antes de que Kendall apareciera en la puerta de mi habitación, despeinada, con la adrenalina ya reemplazando al sueño. Estaba descalza, con el cabello revuelto, y una sonrisa de esas que sabía significaban problemas. —¿A qué hora? —preguntó con los ojos brillando como si acabaran de decirle que íbamos a Las Vegas con billetes falsos y permiso para causar caos. —Once —respondí sin emoción, mientras dejaba ambos teléfonos en la cama. Ella miró su muñeca derecha, donde tenía uno de esos relojes digitales caros y bonitos. —Bien amiga —dijo con voz entusiasta—, tenemos treinta minutos para quedar fantásticas. Sacudí la cabeza y suspiré. Sí, esa era Kendall: convertía una misión tediosa en una oportunidad para deslumbrar. Lo cierto es que no me molestaba tanto que viniera conmigo. Haría que las cosas fueran menos sospechosas, menos… aburridas. Y también sabía que, si intentaba dejarla fuera, tendría una discusión monumental que ni las almohadas podrían detener. La verdad, no estaba para eso. —Fantástico —dije con sarcasmo, pero en el fondo, una parte de mí se sentía algo aliviada. Si iba a fingir que esta noche no se me podía ir todo al carajo, al menos podía hacerlo con Kendall al lado… Con risas de fondo. La habitación se convirtió en un campo de guerra pasado unos cinco minutos después. Ropa por todas partes, maquillaje sobre la cama, zapatos tirados como si tuvieran voluntad propia. Kendall se movía como una profesional: precisa, veloz y con una seguridad en sí misma que me habría parecido envidiable si no la conociera tan bien. —Si sigues haciendo esa cara te va a quedar marcada para siempre —dijo mientras sacaba una plancha del bolso como si fuera un arma secreta. Yo solo gruñí y me dejé caer en la silla frente a la peinadora—. No me mires así. Esta fiesta no va a matarte. —Estoy pensando en lo fácil que sería infiltrarme como francotiradora en vez de vestirme como una muñeca de vitrina —le solté sin filtro, dejando caer mi cabeza hacia atrás. —Calla y déjame hacer mi magia. No arruines mi arte con tus traumas emocionales. Me di la tarea de resoplar, pero no discutí. No tenía caso alguno. Kendall trabajaba rápido. En menos de veinte minutos, mi cabello estaba peinado, mis ojos delineados con la precisión de un cirujano, y mis labios pintados con un tono que no sabía si seducía o amenazaba. —¡Listo! —exclamó, girando el espejo hacia mí con el orgullo de una artista mostrando su obra. Sonreí. Lo que vi no era con exactitud yo, pero el disfraz funcionaba. Kendall había hecho un trabajo impecable. Oficialmente me veía como una universitaria de veintitantos años lista para jugar a que el mundo no importaba. —Eres un genio, Kends —le agradecí. Ella rió y sacudió su cabeza. —Cariño, yo no hice nada. Tu cuerpo y tu cara hicieron todo por mí. Bells, te ves ardiente. Y tenía razón. Llevaba un pantalón de cuero n***o que me abrazaba las piernas como una segunda piel, botas altas que me daban ese aire letal que tanto me gustaba proyectar, y una camisa azul ajustada que hacía maravillas con mis senos. Mi cabello n***o caía libre por mi espalda, suelto y brillante. —Tú no quedas atrás, preciosa. Estás hermosa. Porque era verdad. Su cabello más largo que el mío, color chocolate oscuro, más su increíble don para saber vestirse le habían hecho parecer una modelo de revista codiciada. Se veía increíble. Mi amiga se sonrojó. El famoso efecto colateral, como le decía. Se sonrojaba cada vez que alguien la halagaba, y eso la molestaba. Pensaba que la hacía parecer fácil. Pero no lo era. Kendall era todo lo contrario. Pese a que a veces se dejaba persuadir por hombres ricos, de sonrisa bonita y vida hecha un desastre, la mujer tenía sus momentos. Y justo por eso —y más— era mi mejor amiga. Por eso estaba en mi vida. —Bueno, ya. Hora de irnos —dijo con una palmada en los muslos. Salté del asiento frente al espejo y me di un último vistazo frente al espejo de cuerpo entero. Todo en su lugar. Todo perfecto. Hasta que mi celular sonó. Su tono melódico rompió la burbuja de fiesta en un segundo. —¿Puedes ver de quién es? —le pedí, sin moverme. Ella estaba más cerca de la cama. Frunció el ceño antes de alcanzarme el celular. —Número desconocido. Mi estómago se tensó. Dudé un segundo, pero aún así contesté. —¿Sí? —¿Estás lista? —preguntó la voz inconfundible de Zacharias al otro lado de la línea. —¿Cómo rayos conseguiste mi número telefónico? —inquirí, molesta. —Un hombre nunca revela sus secretos —replicó con esa sonrisa audible que me daba ganas de meterle un tiro y hacerle un favor a todos. —Eso es lo que no debe hacer un mago, idiota —repliqué. —¿Estás lista o tengo que pasar por ti más tarde? —Voy bajando —dije y colgué sin despedirme. —¿El trabajo? —preguntó Kendall, arqueando una ceja. —Por desgracia —murmuré. Ella soltó una carcajada y yo la miré mal. —Deja de mirarme así y vámonos de una buena vez —dijo, arrastrándome hasta la puerta del piso. Esperó a que cerrara con llave, y en cuanto giré la cerradura, volvió a tomarme por la muñeca. —¡No te soporto! —grité mientras me arrastraba escaleras abajo. Ella rió, y yo maldije su manía absurda de no usar ascensores. —Me amas —canturreó. Bajamos cinco pisos a toda velocidad, el eco de nuestros pasos resonando por la escalera como una sirena de guerra. Kendall se detuvo al salir de la residencia y ahí estaba él, apoyado en la reluciente camioneta de su hermano como si estuviera en una maldita pasarela. Me miró de arriba abajo y soltó un silbido lento. —¿Ves? Eres ardiente —susurró mi mejor amiga antes de adelantarse a saludarlo y presentarse como si fuera la embajadora del caos. Esbocé una sonrisa fugaz, negando con la cabeza. Kendall era un caso. Corté la poca distancia que me separaba de Zach y le di una mirada fría. Porque por más inocente que se viera, y por más útil que quizás fuera la salida... él no dejaba de ser un caso de suicidio con patas. —Nena, estás hermosa. Fruncí el ceño sin molestarme en disimularlo. —¿Qué habíamos aclarado en tu casa? Zach se rió, como si yo fuera una especie de chiste privado que sólo él entendía. —Bien, lo siento —se excusó con rapidez—. Kendall, ¿vienes con nosotros? Ella asintió con tanta emoción que parecía estar por entrar a una alfombra roja. Abrió la puerta trasera de un tirón y se lanzó al asiento con la gracia que la definía. En cuanto cerró la puerta, Zach volvió su atención hacia mí con esa mirada molesta que intentaba ser encantadora. —Tendrás que decir que estás conmigo, cariño —declaró con ese aire juguetón disfrazado de caballerosidad barata—. No pienso dejarte sola con los malditos bastardos que tengo por amigos. Solté una carcajada seca, sin rastro de ternura. —Puedo cuidar mi espalda, la tuya y la de Kendall con una sola mano, gracias —le respondí, arqueando una ceja—. Y, por tercera vez, no soy tu cariño, ni tu nena, ni nada de eso. —Lo sé, pero me encanta molestarte —contestó con esa risa suya que no sabía si me sacaba una sonrisa o una úlcera. Rodé los ojos, me escabullí a su lado y subí a la camioneta, cerrando la puerta de un portazo con toda la delicadeza que no tenía. —Es sexy —comentó Kendall desde su asiento con una sonrisa de “te voy a dar problemas si no me cuidas” mientras Zach rodeaba el vehículo. Casi me iba en vómito. —Es un dolor en el culo —espeté. —Cielo, por favor… es un trabajo sexy —insistió ella, y juro que sentí cómo mis ojos hacían el giro completo dentro de la cabeza. Zach entró antes de que pudiera continuar con la defensa de mi cordura. —¿Listas para una bienvenida tradicional? —preguntó con entusiasmo exagerado. Levanté una ceja en su dirección, mientras Kendall chillaba un “¡sí!” tan fuerte que pensé que iba a reventar los cristales. Él se rió, conectó su iPod al sonido del coche y puso la música a todo volumen. Wild Life empezó a sonar y sacó una carcajada de mi garganta tan solo porque… —¡Esa es mi canción! —gritó Kendall, moviendo la cabeza como si estuviéramos en pleno concierto de rock. «Sí, por eso». Para mi pequeña fortuna, así pasó el viaje hasta que llegamos a una casa enorme con música electrónica que retumbaba desde las paredes como una advertencia sonora. —Bienvenidas a la tradición —anunció con aire triunfal, estacionando frente a la acera. —Vaya tradición —solté irónica, abriendo la puerta. Él me lanzó una mirada entre divertida y resignada antes de bajarse. —¿Crees que de verdad se merece todo tu mal humor tan solo por respirar, Bells? —Escuché a Kendall decir desde el asiento trasero. —Es mi humor de mierda o una bala en la cabeza —repliqué, saliendo del auto. Al bajar, el olor a marihuana me golpeó de frente. Un par de idiotas estaban fumando en la entrada inferior de la casa, riendo como si hubieran inventado el fuego. «Jesús Bendito». —¡Entremos ya! —Gritó Kendall al aparecer a mi lado, con la emoción escrita en la cara. Le tomé el codo antes de que se despegara más de la cuenta y la obligué a mirarme. —Este es un trabajo serio, Kendall —le solté en voz baja, firme, sin adornos. Ella sabía una parte, un mísero porcentaje de lo que en realidad se trataba el trabajo. Y no era porque yo no se lo hubiese querido contar, sino porque ella misma había elegido no saber. No quería involucrarse... pero igual vino. Y ahora necesitaba que entendiera—. Entiende que hoy tengo ojos solo para el chico suicida, no para lidiar con tu culo ebrio, ¿sí? Viniste conmigo para ayudarme. Recuerda eso. Solté su brazo justo a tiempo para que Zacharias apareciera por un costado. —¿Interrumpo algo? —preguntó con esa sonrisa que no le creía ni un poquito. Kendall y yo negamos al mismo tiempo, sincronizadas como si ensayáramos eso cada semana. —Entonces, andando —dijo él. Y así, los tres caminamos hacia el interior de la hermandad, directo a esa música atorrante que vibraba desde las paredes como si el edificio entero tuviera un maldito ataque epiléptico. Al entrar lo que nos recibió fueron las luces, el humo y los cuerpos moviéndose con más alcohol que sangre en las venas. El lugar era un hervidero de posibles problemas que estaba segura de que tenía que evitar a toda costa. «Sí, justo mi ambiente». —¡Anderson, hermano! —gritó una voz masculina, empapada en cerveza y entusiasmo. Zach reaccionó de inmediato, tomando mi mano con la suya. Por inercia intenté soltarme, hasta que me cruzó la mirada. No fue una advertencia, ni un “te lo pido”. Fue una decisión. Así que dejé mi mano donde estaba, sin perderle los ojos—. ¿Y esta delicia? —dijo el sujeto cuando llegó a nosotros, escaneándome sin sutileza alguna. —Es mía, Harris. Aléjate. —La voz de Zach fue cortante, clara, con ese tono afilado que no dejaba espacio a malentendidos. El tal Harris —un castaño con cara de idiota— alzó las manos como si eso lo eximiera de lo baboso que era, y sonrió. Luego su atención se desvió a Kendall, que había apoyado una mano sobre mi hombro. —¿También es tuya? —Quita tu asquerosa mirada lasciva de ella antes de que te quedes ciego, Harris —la voz de Drake llegó desde atrás como una sentencia. Perfecto. Ahora teníamos el paquete Anderson completo. —Veo que los hermanos Anderson tienen a todas las nuevas enganchadas —se burló Harris. Volteé a ver a Kendall justo en el momento en que Drake la rodeaba por la cintura con una naturalidad que no me gustó nada. Y no porque me importara, sino porque aquel gesto me lo complicaría todo. Ella me sonrió. Yo quise sacudirla por los hombros y mandarla a casa enseguida. Lo último que me faltaba era que mi mejor amiga cayera de cabeza en el campo minado que estaba tratando de esquivar. —Piérdete, amigo —ordenó Drake, sin soltarla. Harris rió por última vez y se alejó entre la multitud de universitarios drogados, borrachos o ambas cosas a la vez. Apenas se perdió de vista, zafé mi mano de la de Zach y lo fulminé con la mirada. —¿Tragos? —preguntó Drake, mirando a ambas, interrumpiendo el discurso no tan político que tenía preparado para su hermano suicida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD