5. DE FICHA DE INTERCAMBIO A ESTÚPIDA HAY UN SOLO PASO. (Pt. 2)

4157 Words
Respirando hondo, negué con la cabeza al instante. Kendall, en cambio, asintió con entusiasmo. Gemí por dentro. ¿Qué diablos a ella no le había quedado claro, joder? —Tengo que hacer algo —dijo Zach, negándose a emborracharse, alzando la voz por encima de la música—. Recuerda que todo corre por mi cuenta —se inclinó hacia mí, logrando que me estremeciera de asco por lo siguiente que dijo—. Y si no, haré que corra —masculló en mi oído, antes de volverse a su hermano. «Ew»—. Cuídalas. Y se perdió entre la gente. Intenté contener las arcadas, de verdad. Intenté. Gracias a lo sagrado, Drake no tardó en tomar las riendas, cortando de tajo la bilis que empezaba a subir por mi garganta. Nos hizo una seña hacia una entrada lateral, que parecía llevar a la cocina o a un pasillo menos concurrido. Sin embargo, para su mala suerte, mi objetivo se estaba moviendo en un lugar que me aseguraba problemas. «Lo siento, rubio. Si mi instinto se enciende, mi cuerpo se mueve». —¿Dónde está el baño? —grité al segundo de empezar a movernos, alzando la voz para que me escuchara entre la música y el griterío. —¿No tuviste oportunidad de ir en tu casa? No te recomiendo los baños de aquí, cariño —me gritó en respuesta. Esbozó una sonrisa breve cuando notó que me encontraba con los brazos cruzados y una expresión de “me importa una mierda”—. Piso de arriba, muñeca —dijo después. Asentí, pero en lugar de agradecerle y seguir mi camino, me acerqué hasta él con toda la intención. Pasé de largo a la Kendall bailarina y me incliné hacia su oído, sin que nadie más pudiera escuchar. —Me da igual si la tocas tú o alguien más. Pero si le aparece un rasguño, uno solo, te juro que te corto las pelotas. Desde ahora, eres responsable de su integridad física, ¿estamos claros? —murmuré tan amable como un cuchillo en la garganta. Me alejé sin esperar respuesta, aunque por el rabillo del ojo noté su sonrisa burlona. —Considérame advertido —se rió. —¿Qué? ¿Qué dijo? —preguntó Kendall al segundo después, molesta por no haber escuchado. —Voy al baño —solté con desinterés, alejándome de ambos sin mirar atrás. —¡Hija de perra! —escuché a Kendall insultarme unos momentos después. Sonreí. Supuse que Drake ya le había contado mi pequeña amenaza. Bien por él. A veces hay que marcar territorio sin tocar una sola baldosa. Pero yo tenía otra prioridad. «Bien, pequeño imbécil… ¿en dónde te metiste?». La pregunta me cruzó la mente mientras empezaba a moverme por la casa atestada con dificultad. Me abrí paso entre cuerpos sudorosos, olores pegajosos a cigarro barato, perfume de fiesta y decisiones pésimas. Había demasiada gente bebiendo, bailando, tropezando con las emociones del momento, pero aún así logré dar varias vueltas por el gran salón sin abandonar la planta baja. Mis ojos no paraban. Buscaba. Hasta que vi lo que necesitaba ver: Harris. Y junto a él, un chico rubio al que habría apostado todo lo que tenía que era Zacharias. No me bastó más que una mirada rápida para identificar su andar. Ambos se perdieron tras una puerta roja, una que parecía más una salida de emergencia que un cuarto cualquiera. Mis pasos ya iban en esa dirección cuando la vida decidió ponerme otro estorbo. —¿Perdida? —preguntó una voz ronca, desconocida y con la clase de tono que me daba más asco que miedo, bloqueando mi visión. El tipo apareció frente a mí como una pared. Alto, al menos dos cabezas más que yo. Musculoso, si te gustaban los idiotas de gimnasio con complejo de seguridad privada. Tuve que alzar la mirada como si estuviera inspeccionando un mal presagio. —No —respondí, tajante, sin detenerme. Lo esquivé. Pero ya era tarde. Había perdido de vista la puerta y al idiota que estaba siguiendo. Fantástico. Otro punto para los obstáculos innecesarios de la noche. —Yo creo que sí —susurró detrás de mí, tan pegado que sentí su respiración en la nuca. Por puro instinto, mi codo impactó su pecho y mi mano fue directa a sus pelotas. El grito ahogado que soltó fue una melodía que sin duda repetiría mientras dormía, al igual que repetiría la escena de haberlo visto caer al suelo como un trapo. Me agaché, con calma, ignorando el hecho de que estaba en una fiesta rodeada de posibles personas sobrias, y le hablé al oído con la misma frialdad con la que afilas un bonito bisturí. —Vuelve a siquiera rozarme, y te juro que tu aparato reproductor no va a ser lo que más sufra en tu cuerpo. El idiota asintió, sin aire y me levanté sin más. No era mi problema si le costaba pararse otra vez. Mi atención volvió a la puerta roja que para mi sorpresa, se encontraba abierta de par en par. ¿Me agarró fuera de base? Algo. Pero ahora contaba con dos opciones: uno, Zach y su amiguito ya se habían esfumado, o dos, esa puerta abierta era una jodida invitación. Una trampa con moño rojo para idiotas curiosas como yo. ¿Estaría de más señalar por cual opción me fui? ¿No? Bueno, pero por si no les había quedado claro, estaba a un abrir y cerrar de ojos de dar un solo paso hacia el umbral, sin embargo, su voz me atravesó como un disparo. —¿Dónde carajos has estado? —espetó Zach, apareciendo de la nada. Me giró con brusquedad hasta dejarme cara a cara con él. Y, por primera vez en las veces que me había cruzado con él, no supe si estaba más furioso, aliviado o asustado—. Drake me llamó del todo cagado —continuó, sin darme espacio—. Dijo que no te había visto en más de media hora y temía que los bastardos que están aquí te hubiesen... te hubiesen... Se calló. Se tragó las palabras como si quemaran y solo las reemplazó por una mirada furibunda. Alarmas e interés mezclados comenzaron a competir por un hueco en mis gestos. —¿Qué, Zacharías? ¿Me hubiesen qué? —pregunté, sin quitarle los ojos de encima. Zach no respondió. Solo soltó un suspiro iracundo y zanjó el tema con una orden: —Nos vamos. Se giró de inmediato, sujetando mi muñeca, ejerciendo un derecho que no tenía y caminó sin esperar aprobación, como si yo fuera un maldito accesorio que podía arrastrar a gusto. Error. Zafé mi muñeca de su agarre con un tirón seco, haciendo que se detuviera y me lanzara otra mirada cargada de furia y desconcierto. —Vete al infierno —solté, mirándolo a los ojos antes de darme media vuelta y perderme entre la multitud. ¿Acaso aquella decisión había sido estúpida e impulsiva? Por supuesto. ¿Me arrepentí? Bueno… Para ser honesta, si no lo hubiese hecho, nunca habría conocido a Rush. Y si algo aprendí después de esa noche, fue que todo lo que vino luego habría sido inevitable de igual forma, quitando, claro, de la ecuación una que otra cosa. Así que digamos que, en algún punto de mi vida, sí me arrepentí por completo, pero luego, solo un diez por ciento de mí se arrepintió por haber mandado a Zach a la mierda. ¿El resto? Agradeció cada maldito paso. Entonces, entre el impulso de desaparecer de la vista de Zach antes de que me armara otra una escena en plena fiesta como si fuera mi maldito esposo, y las ganas intensas de salir del infierno de sudor, luces y música basura, terminé subiendo las escaleras. Segunda planta: nada útil. Solo un pasillo largo, ambientado con tonadas sexuales y más de diez puertas evidentemente cerradas que no prometían más que un trauma seguro si llegabas a abrirlas, además de lámparas parpadeando como si me advirtieran que tenía que salir de ese jodido lugar. Ignorando el aviso, suspiré y subí otro tramo de escaleras, rogando que arriba hubiera algo más interesante que el aroma a alcohol y sexo rápido. Esas me dejaron frente a un pasillo más corto con una única puerta y luz tenue amarilla. Tuve que afinar el oído para asegurarme que no hubiesen más gemidos provenientes del interior de esa puerta. Cuando estuve segura de que no iba a ganarme un trauma de gratis, me desplacé por el corredor. Un par de pasos después, seguido de quizás una mala decisión tomada a último minuto y cero ganas de volver a ver al niño rico, ahora me encontraba envuelta en un ambiente más serio, más… llamativo. Estando en un rincón de una amplia terraza decorada por la misma tonalidad tenue y cálida del pasillo anterior, rodeada por una multitud pequeña de personas con mucho mejor semblante que en la fiesta de abajo y buena música, solté un suspiro largo de alivio. Claro que eso fue hasta que noté una elegante mesa de póker en todo el centro del lugar y, por supuesto, a él. Obvié las decoraciones del sitio, el ambiente tranquilo, el respiro repentino de haber escapado del incompetente de Zacharias Anderson. Incluso olvidé cómo diablos me llamaba y en dónde estaba. Juro por todo lo que me corría por las venas en ese momento que no respiré durante los primeros tres segundos que mantuve la mirada en él. Me quedé quieta. Congelada. Atónita. Mi primer pensamiento fue: ¿qué diablos es eso? No era un hombre. No. Era un maldito pecado materializado. Una amenaza vestida de carne, tatuajes y arrogancia pura. Todo su cuerpo parecía estar diseñado para provocarte un cortocircuito hormonal sin posibilidad de reinicio. Era la puta definición de peligro. Y aun así, no podía dejar de mirar. Porque no era solo su cuerpo, era la manera en que ocupaba el espacio, el… aura que emanaba. Sentado en esa silla como si la terraza fuera suya, como si no necesitara decir una sola palabra para que todos giraran a verlo. Y lo peor era que él sabía que lo sabías. Sus ojos se clavaron en mí como un disparo seco. Primer impacto: iris de un gris oscuro, como si me estuviera enfrentando a una tormenta a punto de estallar. Segundo impacto: ese jodido y adictivo brillo mortal que te escaneaba el alma y le arrancaba la ropa a tu dignidad. Todo en mí se tensó. No podía moverme. No podía pensar. No podía ni tragar saliva. Él no sonrió. No aún. Solo me miró, pero esa mirada fue más efectiva que cualquier caricia. Mis muslos reaccionaron antes que mi cerebro; apreté las piernas sin querer y sentí una descarga caliente, viva, ardiente. Entonces se levantó. Una barbie perfecta estaba sentada entre sus piernas, jugueteando como si tuviera derecho a estar ahí, pero él… él tan sólo la apartó. Como quien se quita una chaqueta molesta. Ni un gesto amable. Solo fuera de su espacio. La dejó ahí parada como una idiota mientras se alejaba de la mesa y caminaba directo hacia mí. Estaba segura de que aún había música saliendo por los altavoces que yo no recordaba haber visto, pero juré que aún así podía escuchar el eco de sus pasos mientras que todo en mí gritaba: «corre. Corre, carajo. Corre ya». No obstante, no lo hice. ¿Cómo hacerlo? Si cada centímetro de mi piel se había vuelto sensible, alerta, caliente. Incluso mi entrepierna… bueno, ella ya estaba teniendo una conversación privada con el infierno mismo. Él se detuvo frente a mí. Tan alto que me sacaba casi que dos cabezas de altura y tan malditamente cerca que pude olerlo. Y santísimo infierno. Olía a sexo. A cuero. A humo y pecado. —¿Sabías que estás en un juego privado? —preguntó con una voz baja, rasposa, que me bajó por la columna como si fuera una lengua mojada. «Jesús, no», casi que gemí para mis adentros. Porque no era una voz cualquiera. Debí haberlo previsto, pero mi cabeza no dejaba de dar vueltas, por lo que su tono me agarró muy fuera de base. Aquello era una orden para mojar bragas. Un susurro que, si seguía escuchando, me abriría las piernas sin tocarme. Cargaba el cabello n***o azabache como un puto agujero n***o, revuelto, como si acabara de follarse a alguien contra una pared, que hacia juego con su piel oliva. Tatuajes oscuros cubriéndole los brazos hasta donde su camisa de vestir remangada hasta los bíceps… ¿negra? ¿Gris oscuro? Me dejaba ver. Un piercing discreto en la ceja. Labios gruesos y perfectamente formados junto a esa mandíbula que… joder, esa mandíbula. Quería tocarlo. Bueno, no. En realidad quería morderlo luego y antes de que mi vista bajara por reflejo hasta su cuello, pasando por su pecho descubierto por la abertura que la camisa le daba, deteniéndose un momento en las venas de sus brazos, imaginándome si ese lugar escondido estaría igual que lo que estaba comiéndome con los ojos. Tenía el cuerpo de un hombre que sabía con exactitud cómo usarlo. Y eso me jodía el cerebro. —¿Sigues por ahí? —volvió a decir, un poco más cerca. Tragué saliva una vez más. No contesté. Solo lo miré como idiota, con la respiración contenida y los pezones duros debajo de la blusa. Sacudí apenas la cabeza, como si eso fuera suficiente para quitarme el vértigo de encima, intentando que la sangre volviera a mis neuronas, pero fue inútil. Ese… hombre seguía ahí. Y yo... yo acababa de soltar un jadeo. Bajo, casi inaudible. O eso pensé. Porque entonces él sonrió. No fue una sonrisa normal. Era la sonrisa curvada y llena de suficiencia de un demonio que acaba de encontrarse con su próxima víctima. Y quizás yo era una de sus tantas. —Sí, suelo causar eso —dijo, y estoy segura de que enseguida lo odiaste... pero solo porque el cabrón hablaba con tanta seguridad que hacía con exactitud dos cosas: o que lo odiaras con todas tus fuerzas por imbécil egocéntrico, o que tus bragas se empaparan aún más. No tenía que resaltar por dónde me había ido yo, ¿cierto?—. Ahora, ¿quién eres y qué se supone que haces en mi espacio privado? ¿Te perdiste? Porque si es así, bajas las mismas escaleras por donde subiste, regresas a tu maldita fiesta y finges que no viste este piso. No me gustan los intrusos, mucho menos los que tienen el hedor a universitarios borrachos. El sarcasmo salía de sus labios como veneno dulce. El muy arrogante frunció el ceño y, antes de que mi cerebro armara una respuesta, se dio el tiempo de escanearme de arriba abajo. Para mi absoluta vergüenza, me tragué un gemido. Mis piernas, que ya venían flaqueando desde hace rato, temblaron apenas. Lo odié por eso. Lo odié por verme así. —Aunque admito que no pareces una universitaria llena de lamentos etílicos —añadió con esa voz grave y asquerosamente deliciosa—, no quita que a lo mejor seas como todas esas jodidas chicas que se descontrolan si uno les da una segunda mirada. Y fue esa la bofetada perfecta. Su ego, su sarcasmo y su maldita manera de hablar como si pudiera definirme en una frase mal estructurada me sacó del trance. Mi expresión cambió tan rápido que hasta el aire a nuestro alrededor pareció enfriarse. —¿Y tú te crees…? —dejé la frase en el aire, afilada, venenosa, con toda la intención de dejarle claro que también sabía jugar con fuego. Satanás alzó una ceja. Su sonrisa se volvió más ladina, más oscura. Más deliciosa. Maldita sea. Se decía que Satanás, el fuego, el pecado y la lujuria se deslizaban uno dentro del otro como amantes antiguos, y yo había entendido por qué cuando el muy bastardo me sonrió así. —¿Y a ti te interesa por qué…? —contestó con una arrogancia tan exquisita que me dieron ganas de golpearlo... o de empujarlo contra la pared y arrancarle la ropa a mordidas. Lo segundo estaba tomando la delantera. —¡Rush! —gritó alguien, desde lo que pude ver por encima de su hombro, la mesa de póker—. Deja de estar coqueteando con la chica sexy y pon de nuevo tu culo aquí, hombre. Oh. Así que ese era su nombre. «Rush», repetí con cuidado en mi cabeza mientras saboreaba la pronunciación. «Por supuesto que se llama así. ¿Cómo no? Tiene nombre de orgasmo. De esos que podrían dejarme temblando y sin aire». Él giró la cabeza, asintió sin mucho apuro, y cuando volvió a mirarme, sus ojos brillaban con ese maldito deje de fastidio impaciente que me dio ganas nocivas de provocarlo más. —Piérdete —espetó sin más, dándome la espalda como si ya no valiera su tiempo. «¿Perdón?». Me reí. De verdad me reí. El muy imbécil acababa de sellar su sentencia. —Lamento decepcionarte —le dije con voz clara, lo bastante fuerte para que se detuviera a mitad de camino. Y lo hizo. Se giró. Me miró como si yo fuera una puta anomalía. Me encantó—, pero de ninguna manera me verás irme… A no ser que me ganes. Le sonreí. Una sonrisa de esas que sabías que podían acabar en desastre… o, en el mejor de los casos, en sexo sucio contra la pared. Luego, le señalé la mesa de póker. Rush me estudió como si acabara de retarlo a un duelo. Cosa que, en líneas generales, era cierta. Él volvió a plantarse frente a mí, y por un instante, su mirada bajó a mi boca. Solo por un instante, pero bastó para que mi entrepierna hiciera una fiesta. —¿Sabes jugar? —preguntó. Me encogí de hombros con total descaro. «De hecho, cariño, estoy a punto de hacerte tragar tus cartas una por una». —Eso tendrás que averiguarlo —le solté con inocente malicia, y su sonrisa respondió con una promesa oscura. No dijo nada. Tan solo me tomó de la mano. Su palma era grande, caliente, áspera. Me electrificó. Sentí el roce hasta entre las piernas. Y entonces caminó, llevándome con él. La mesa de póker volvió a entrar en mi campo visual. Los dos jugadores que estaban ahí sentados me observaron. Uno con evidente fastidio, otro con cierta chispa divertida nadando en sus hipnotizantes ojos verdes. —¿Y ella es…? —preguntó un chico con cara de irritación crónica y expresión de culo. Rush no respondió. Solo hizo un gesto burlón con la mano, como si me estuviera invitando a sentarme en un trono. De manera literal. Fue uno de esos movimientos exagerados, teatrales, como los que se les hace a una reina caprichosa. Por supuesto, lo acompañó con esa sonrisita torcida suya. Bufé y rodé los ojos mientras me dejaba caer en la silla. «Tranquilízate, Arabella. Ya le patearás el culo». Eso tuve que repetírmelo. Varias veces. En mi cabeza. Casi que gritando. Como un mantra. Porque la idea de estamparle la silla en la cabeza estaba peligrosamente empatada con la de pasarle la punta de mi lengua por sus ridículos y calientes labios. —Córtalo, Riden. Nadie tiene la culpa de tu mal humor —saltó el mismo tipo que antes le había gritado a Rush. Su voz era más amable, más relajada, más... sucia de otro modo—. Un placer, preciosa. Soy Rise, y si no quieres pasar la noche con ellos, me ofrezco como voluntario —me guiñó un ojo como si acabara de regalarme una opción de menú. De acuerdo. Por la poca información que mi cerebro había procesado, aquello era un jodido trío de imbéciles con nombres de entre cuatro a cinco letras, todos comenzando con R. Rush. Rise. Riden. Ahora, la pregunta era: ¿quién diablos los había fabricado y luego soltado en tierra de mortales? ¿El dios del erotismo o qué? Y, ¿por qué mierda se parecían tanto? ¿Acaso eran hermanos, primos? Aunque parecían muy buenos amigos, sus rasgos eran demasiado similares. No podían ser solo amigos. Por una parte estaba Rush. Rush era peligro. El tipo único que te follaba hasta hacerte olvidar tu propio nombre y después te dejaba en ruinas. Luego, quizás, se encontraba Rise, y ese era otra historia. Él tenía ojos tan verdes como esmeraldas que no sabían pedir permiso. Te miraban como si ya te hubieran desnudado mentalmente y estuvieran tomando nota de tus posiciones favoritas. De tez un poco más clara que los otros dos, cabello rubio oscuro, casi llegando a castaño con luces doradas, sonrisa de las que te mojan las bragas con una sola curva. La cuestión aquí era que si eras lesbiana, dudabas, y si eras virgen, pues luego de haberle dado una sola mirada, se te acababa la inocencia. Y por último estaba Riden. A él mi cerebro lo guardó con el alias de “Cara de Culo” luego de notar que mantenía el ceño fruncido como si la vida le debiera un polvo decente. Sin embargo, ¿eso le quitaba lo sexy? No. ¿Lo misterioso? Tampoco. Mucho menos el cuerpo que se cargaba; estaba para lamerlo en penitencia: ojos marrones oscuros, cabello muy oscuro, casi rozando al n***o, y el color de su tez estaba entre la de Rush y Rise. No obstante, su mirada tenía filo, y ese filo cortaba. No sabías si querías follarlo o salir corriendo. Lo más probable era ambas, y por esa misma respuesta, te quedabas ahí. No fue hasta mucho después que entendí su actitud. Pero en ese momento, solo su energía me erizaba. Atraía y repelía con la misma fuerza. —No soy tan fácil, amigo —le respondí a Rise, cruzando una pierna sobre la otra con lentitud, volviendo al presente. Sabía lo que estaba haciendo. Cada movimiento estaba medido. Si ellos iban a jugar, yo también. Rise me miró con ese mismo brillo curioso que me había encontrado en los ojos de Rush minutos antes. Lo odié. Porque también logró hacer del tsunami que había levantado Rush hace no mucho, una pequeña pero peligrosa ola. —Ronda nueva —dijo Rush, tomando asiento frente a mí. Su voz era como una orden militar: directa, inevitable, seductora. —Déjate de complacencias, Rush —resopló Riden—. Tenemos una buena partida aquí que no pienso solo desechar por una nueva curiosidad tuya. —Ronda. Nueva. —repitió Rush con la misma frialdad elegante. Como quien avisa que va a empezar la cacería—. Todo al estilo Texas Hold'em —añadió con un tono tan amenazador que me erizó la espalda. No gritó. No hizo un gesto dramático. Solo lo dijo. Y eso bastó. Un frío me recorrió la columna. Me senté más recta, mis dedos tensos sobre el borde de la mesa. «¡Te dije que corrieras, maldita enferma!», gritó mi subconsciente. «Tarde. Muy tarde», pensé. Y no era que no supiera jugar. Sabía. Era buena. Pero Rush tenía esa capacidad de decir “Texas Hold’em” como si dijera “voy a desnudarte con los ojos y hacerte gemir mientras pierdes todo el control”. Riden gruñó como si tuviera un dolor en el alma y, luego de lanzar sus cartas al centro, Rise comenzó a barajarlas todas. Mis sentidos estaban afilados. Podía sentir las miradas de Rise y Rush en mi piel como vampiros a nada de dejarme sin sangre. La gente empezó a arremolinarse alrededor de la mesa. Un círculo se formó, como si la escena fuera un jodido espectáculo. Cosa que para ellos, lo más probable era que lo fuera. Quizás para ellos yo era la desconocida que osó sentarse en la mesa del trío-todo-poderoso-de-imbéciles. Era posible que todos quisieran saber quién era yo, qué era lo que tenía que me había ganado la atención del imbécil egocéntrico y peligroso, y por qué carajos seguía aquí sentada sin salir corriendo con las bragas en la mano. Rise comenzó a repartir las cartas. Dos para cada uno. Finalmente, Rush y Riden dejaron de mirarme y se enfocaron en lo que tenían enfrente. «Empieza el juego, Bells», me dije. No obstante, de un momento a otro me entró una revelación preocupante: no era solo póker lo que estaba en juego. Podía estar equivocada, pero no dejaba de creer que quizás lo que estaba en juego era mucho más grande que solo una partida de cartas. Además de la tensión, del orgullo, el deseo contenido y las miradas peligrosas, la cuestión era que Rush me había elegido como objetivo. Y yo no sabía si eso significaba que quería sacarme de la mesa o matarme en ella.
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