6. ESCALERA REAL, EGO DESTRUIDO

4298 Words
Si quieres destruir a un hombre, patéale el trasero en póker —¿Qué apuestas? —preguntó Rush con la voz baja, casual. Parpadeé. Me tomó un segundo procesar la maldita pregunta. ¿Cómo había olvidado ese pequeño —gran— detalle? «No lo hagas, Arabella. Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando», mi subconsciente gritó, suplicó, pero estaba lejos, ahogada entre las ganas, la necesidad de dejarlo boquiabierto. Sentí cómo la sonrisa se dibujaba sola en mis labios, lenta, atrevida, venenosa. Su mirada seguía fija en mí, tan intensa y gris que parecía desarmarte sin tocarte. «Bien». Sin despegar los ojos de los suyos —porque joder, si alguien iba a desviar la mirada, no sería yo—, deslicé los dedos por mis propias cartas, luego bajé con lentitud una mano, sin apuro, hasta el broche de mi sostén bajo la blusa. Un clic rápido. Un solo movimiento. Y lo solté sobre la mesa como quien lanza una granada en medio de una conversación tensa. Le sostuve la mirada mientras mi cara decía algo muy claro: “si ganas, tendrás el privilegio de desnudarme”. Mi expresión era la definición exacta de “inocente con dinamita en el bolsillo”. Él curvó su boca en una pecaminosa sonrisa maliciosa y alzó una ceja en mi dirección. —¿Qué te hace creer que me interesas lo suficiente como para querer desnudarte? —cuestionó, de pronto viéndose interesado en lo que iba a responder. Fue mi turno para reír. —¿Quién dijo que serías tú quien iba a hacerlo? —dicho eso, mi mirada se deslizó hasta Rise y junto a una sonrisa pícara, le regalé un guiño coqueto. Su amigo se echó a reír. Con ganas. Sin embargo, me devolvió el guiño seguido de un “lo estoy esperando” articulado. Por otra parte, Rush no dijo nada. Ni una palabra. Pero sus ojos bajaron, su mandíbula se tensó y vi —lo juro por mi sarcasmo sagrado— un destello oscuro de posesividad mezclado con ganas de coserme la boca con hilo grueso. Miró sus cartas, luego las cinco que seguían boca abajo en el centro de la mesa, y apostó dos mil malditos dólares. Tranquilo. Seguro. Listo para ganar y arrebatar el contrato de verme desnuda de las manos de quien fuera. Sí, el juego era de cuatro, pero engañarnos al parecer no era cualidad de ninguno de nosotros; era más que evidente que la partida era entre él y yo. Él se veía afectado por un golpe bajo en el ego, y yo tan solo quería meterle una paliza en su propio terreno, dejarlo sin orgullo un poco más, y luego, quizá, dejar que me arrastrara a su cama. Riden no se quedó atrás. Subió la apuesta con cara de “yo también estoy jugando, malditos”. Rise hizo lo mismo, pero con más gracia. Igualó como si no se quisiera perder el show. Luego de eso, tres pares de ojos se clavaron en mí. Respiré hondo. Miré mis cartas. Cara de póker: activada. Nada en mi rostro se movió. Ni un pestañeo. Llevaba años entrenando ese tipo de gestos. Sabía cómo controlar cada músculo facial a la perfección, porque el póker no era solo suerte: era estrategia, agilidad, instinto, lectura del otro. Parecía más una guerra psicológica que otra cosa, en donde se aprendían muchas cosas. Una de ellas era nunca subestimar a nadie en la mesa; el que parecía tonto, podía aplastarte sin avisar y el que se creía invencible, podía perderlo todo en abrir y cerrar de ojos. La ronda fue silenciosa. Solo apuestas. Nadie hablaba. Nadie respiraba muy fuerte. Y yo lo agradecía. El aire estaba tan cargado de testosterona y tensión que si alguien encendía un cigarro, explotábamos todos. Rise, actuando como dealer improvisado, volteó las tres primeras cartas comunitarias: diez de corazones, jota y la dama del mismo palo. Las miré con la calma de quien ya había hecho el análisis completo antes de que las tocara, y luego me enfoqué en ellos. Ahí estuvo lo divertido. El gesto de Rush cambió por una fracción de segundo, mientras que Rise entrecerraba los ojos tan rápido que creí no haberlo visto. No obstante, ahí estaba. Por lo tanto sus acciones me decían… ¿qué? ¿Nervios? ¿Irritación? ¿Teatro? Por lo que sabía, podía ser tanto todo como al mismo tiempo nada. Sí, podía haber indicado un mal comienzo para ellos, pero no era estúpida. Eso también podía ser una táctica: darte falsa confianza, jugar a los débiles para hacerte caer. Inhalé despacio. Me forcé a ignorarlos por un segundo. Mis dedos bajaron a mis dos cartas y las repasé en mi mente como un mantra: as de corazones, tres de trébol. Si en las próximas rondas salía un rey de corazones y un nueve del mismo palo, o quizás un rey más cualquiera, entonces tendría una victoria asegurada. Aplastante. Demoledora. Como me gustaban las cosas. —¿Otra cosa que desees apostar, o ya quieres retirarte? —inquirió Rush. Su tono era bajo, ligero… pero había veneno escondido en ese ritmo relajado. Y ese brillo en los ojos... Ladeé la cabeza con intención. «Cosita hermosa», pensé, saboreando el insulto con una sonrisa. «Lo primero que deberías saber de mí es que no me doy por vencida tan rápido». Me quité el reloj. No uno cualquiera. Uno caro. Uno con algo de historia. Uno que, si perdía, dolería. Lo dejé sobre la mesa con la misma calma con la que me lo quité, haciendo que Rush sonriera. No esa sonrisa ladina de antes, no el gesto burlón con el que creía tener el control. No. Esta fue otra. Una que traía algo peligroso detrás. Un destello diferente. Un brillo en los ojos que no supe traducir… pero que sentí como un zumbido bajo la piel. Y en ese instante supe dos cosas: él no estaba jugando solo por el placer de ganar ni yo tampoco. Y eso, para ambos, era con exactitud lo que hacía todo más interesante; Rush quería el control. Yo… iba por su ego. —¿Quién eres? —preguntó—. ¿Nueva? Le sostuve la mirada sin parpadear. —¿Por qué la pregunta? —Conozco a todos los de aquí. Y da la casualidad que contigo no me he cruzado nunca. Levanté una ceja. —¿Y no cruzarte con gente que de seguro tiene una vida fuera del radar de tus narices te impide dormir por las noches? —respondí con mi mejor tono sarcástico. El que usaba cuando quería pinchar, pero con gracia. Un par de risas se escaparon de los lados de la mesa. Puntito para mí. —Lo hace cuando es una cara nueva a mitad del segundo semestre de muchos. —Qué horrible es ser tú, entonces —dije, soltando un suspiro lastimoso. Rush, sin perder su maldito aplomo, solo dijo: —Nombre. Quise escupirle un: “vete a la mierda”, pero lo que salió fue: —Larissa —espeté con desgano, como si ese nombre me resbalara. Porque, bueno, en cierto modo lo hacía. —Voy —anunció Rise, interrumpiendo lo siguiente que fuera a decir Rush. Movió unas fichas y las lanzó al centro, subiendo la apuesta de su amigo. Tal vez por presión, tal vez por orgullo… o tal vez porque su ego también era más grande que su sentido común. Dirigí la vista hacia Riden. El amargado del trío mantenía el ceño fruncido como si acabara de oler algo podrido y casi me hacía esbozar una diminuta sonrisa. —No —gruñó, molesto. Rush negó con la cabeza, divertido, y Rise soltó una carcajada ahogada. Riden, visiblemente frustrado por haber quedado fuera, ocupó el puesto de dealer improvisado de Rise y giró la cuarta carta comunitaria con toda la delicadeza de un hombre a punto de lanzar una mesa por el balcón. La miré: rey de corazones. Por consiguiente, por dentro, bailé. Como loca. Como si el universo me hubiese guiñado un ojo y me hubiese dicho: “te estoy dando la oportunidad que me pides, queda de ti barrer el suelo con su orgullo”, tan solo porque me faltaba el as de corazones y el juego lo tendría en el bolsillo. Perdí la cuenta de cuantos agradecimientos le dediqué al universo mientras mantenía mi cara imperturbable. Primero muerta que dejar que un gesto delatara el caos eufórico que tenía en el pecho y creía que Rush también pensaba lo mismo, ya que cuando miró sus cartas no me dio nada. Ni siquiera movió un músculo. Y para ser sincera, si no venía de mí, aquel maldito dominio era irritante. Rise lo imitó, pero con menos éxito: su ceja tembló, hizo una mueca fugaz. Ahí estaba la grieta. Pequeña, pero suficiente para saber que no estaba tan seguro de sí mismo como pretendía. La penúltima ronda de apuestas arrancó sin necesidad de palabras. Rise miró sus cartas de nuevo, luego la combinación en la mesa. El silencio en la terraza se volvió espeso, nadie se atrevía a respirar muy fuerte por miedo a romper la tensión. Las únicas cosas que se escuchaban eran las respiraciones contenidas de los presentes y el suave crujir de una silla al moverse. Al final, Rise soltó un suspiro resignado, como quien aceptaba que estaba por entrar a un infierno de manera voluntaria, y lanzó cuatro fichas al centro. Seguía jugando. Bien por él. —Tienes un acento marcado. Ruso, al parecer. ¿Qué haces aquí? —retomó el espécimen con patas. Me tragué un gemido de fastidio. El ente regido del infierno era la definición perfecta de una contradicción insoportable: jodidamente sexy y, al mismo tiempo, un dolor monumental en el culo. —¿Qué tan acostumbrado estás a que te den toda clase de información de a gratis cuando tienes la respuesta a una neurona de distancia? —Rush solo entrecerró los ojos en mi dirección y esperó. Ahí no me contuve al resoplar—. Vengo de intercambio, ¿ya estás feliz? —espeté, tan estresada como harta. Su risa fue profunda, casi animal, de esas que salen desde el pecho, que te golpean bajo la piel sin pedir permiso. Parecía más bien una trampa divina enviada para probar mi paciencia. El pecho le subió y bajó como si el maldito universo lo estuviera acariciando en cámara lenta. Y ahí estaba de nuevo esa estúpida cosquilla en el vientre. Te odio. Te quiero en mi cama. Te quiero perdiendo. —No —respondió al final, aún con la sonrisa brillando en su cara—. ¿Qué más apuestas? No tenía idea si quería desnudarme por puro placer o empujarme a un abismo solo por deporte. Lo más probable era que quisiera hacer ambas, pero no le iba a dar el gusto. Sin perder el tiempo, me quité los aretes que Kendall me había regalado en mi cumpleaños. Eran de oro blanco, con pequeños diamantes incrustados. Hermosos, costosos y, de nuevo, significativos. Me los había dado con esa sonrisa orgullosa suya y un “te mereces más cosas así, tonta”. Y ahí estaba yo, colocando su regalo en una mesa de apuestas por puro orgullo. ¿Me sentía un asco de persona? Por supuesto. Incluso el nudo en mi garganta fue casi físico. —¿Son importantes para ti? —preguntó Rise, con los ojos puestos en mi rostro, no en los aretes. Le lancé una mirada cargada de significado, de esas que gritan “no jodas más” sin mover los labios. Él entendió y solo asintió en silencio. Rush, por su parte, miró sus cartas. Luego miró a Rise. El tipo suspiró como si acabaran de golpearlo en el estómago y, en un acto de rendición muy poco digno, soltó las cartas sobre la mesa. El irritante espécimen soltó una carcajada, bastante divertido con la escena y sonrió aún más cuando Rise le sacó el dedo del medio. Con ese gesto, el turno volvió a tocarle al caliente y exasperante ser humano frente a mí. ¿Me esperaba el movimiento que lanzó? No. Sin embargo, eso no impidió que lo terminara de hacer. El muy cabrón empujó todas y cada una de sus fichas al centro. Sin dudar. Sin temblar. Había sido el mejor all in que había presenciado en mi vida; tan determinado, tan… él. Aquello hizo que mi cuerpo de forma inconsciente se tensara y que el corazón me latiera en las costillas como si estuviera encerrado ahí a golpes porque ¿qué diablos? ¿Había perdido y solo estaba tratando de no quedar como un idiota? ¿O acababa de ganar y estaba apostando hasta la respiración por puro placer de verme caer? Con el muy maldito, era difícil saberlo. Todo en su rostro estaba bajo control. Era demasiado frustrante. —Patéale el culo de mi parte —murmuró Rise, inclinándose hacia mí—. Le hace falta una buena derrota para estabilizar su lado humanitario y dejar de ser tan jodidamente orgulloso. Eso me agarró fuera de base, más fue suficiente para que reaccionara. Por ello, le devolví una sonrisa de lado. Cierto, presencié el mejor all in de mi vida, pero... no debía olvidar que yo también sabía jugar. —Antes de que Rise voltee la última carta —intervino Rush de pronto—, tengo algo que apostar que podría ser más interesante. Me incliné un poco hacia atrás, cruzándome de brazos. —¿Qué? ¿Acaso tener la posibilidad de verme desnuda no te basta? —No —replicó un segundo después, sin pestañear. Alcé una ceja, invitándolo a seguir. Ese brillo en sus ojos tenía forma de trampa, pero aún no podía descifrarla del todo—. Si yo gano, te dejas de basuras evitativas y me dices quién realmente eres. Mantuve una ceja alzada, convencida de que mi rostro permanecía inexpresivo. A pesar de ello, las alarmas en mi mente resonaban más fuerte que antes, y la conciencia me reprochaba con dureza por haber cedido a la arrogancia. A simple vista, se notaba que no era un rostro más. Su presencia entera revelaba, clamaba que había mucho más en él. Pero lo ignoré. Desoí la sensación de peligro, la advertencia que me instaba a alejarme al verlo. Me confié. Y por eso... —Hay algo que no me permite tragar esa imagen de chica prodigio, con excelentes notas que seguro te respaldan y una transferencia obtenida a mitad de semestre —añadió, sereno, seguro, como si supiera que había tocado un nervio. Tranquila, le di una mirada a sus dos amigos. —¿Siempre es así de paranoico? —Rise fue el único que soltó una carcajada. Riden, por otro lado, se limitó a ignorarme por completo al tiempo que veía su teléfono. Suspirando, volví mi vista al idiota, pasando por alto las sirenas que estaban a nada de dejarme sorda—. ¿Y si yo gano? —pregunté, manteniendo la voz suave, como si no acabara de dejarme al borde del colapso nervioso. Él me sostuvo la mirada. Retador. Altivo. Un imbécil delicioso… pero peligroso. —No lo harás —sentenció con una seguridad que me irritó más de lo que debería. —¿Y si. Yo. Gano? —repetí, esta vez con una paciencia tan medida que rozaba la amenaza. Se encogió de hombros, despreocupado. —Allá tú. No sé si fue por impulso, por ego, o por el deseo puro de hacerlo morder el polvo con su maldita lengua. Quizás todo a la vez. Quizás estaba condenada desde el momento en que lo vi. Acepté la apuesta. Rise, que seguía disfrutando la escena como si le pagaran por cada gota de tensión s****l, volteó la última carta. Esa última carta que me hizo pasar por un infierno. Esa última carta que me hizo entender —tiempo después— que aceptar esa misión había sido una locura de proporciones bíblicas. No obstante, debía admitir que al leerla, me congelé mientras mi cabeza se llenaba de un millón de... —Bien. Ahora muestren sus cartas —dijo Rise, tratando de sonar neutral, pero con la expectativa colgando de cada palabra. Rush fue el primero. Tiró sus cartas con la tranquilidad de quien se creía invencible. Póker. El muy maldito había hecho póker. Cuatro reyes perfectos. Las risas, suspiros —algunos hasta lujuriosos— de las chicas a su alrededor no se hicieron esperar. —Bueno, por ahora Rush va ganando —comentó Rise, estudiando las cartas—. Ahora, cielo, tus cartas. Mis ojos se clavaron en Rush, que me sonreía como si acabara de dejarme desnuda frente a una multitud. Y sí, la sonrisa era hermosa. Sus dientes perfectos, los dos hoyuelos, su ego inflado hasta el cielo. —No te avergüences, cariño. Para la próxima podrás… No terminó. Porque yo ya había lanzado mis cartas al centro de la mesa. Un murmullo colectivo se extendió por la terraza como una ola. Rush parpadeó. Una vez. Dos. Su sonrisa desapareció como si nunca hubiera existido. Lo que quedó en su rostro fue una mueca pura de incredulidad… y algo más. Levanté la cabeza hacia él, y la sonrisa autosuficiente que tenía dibujada me nació desde el estómago. —Escalera real de color, precioso —canté, despacio, saboreando cada sílaba como un golpe directo a su ego. Hubo un momento de absoluto silencio. Luego, Riden susurró: —Mierda —su cara era la misma que la de Rush. Como si hubieran presenciado un milagro—. Le has ganado. Sorprendida por su reacción, lo miré. —¿Es en serio tan sorprendente? —pregunté. —¿Sorprendente? ¡¡Es un maldito logro!! —exclamó Rise, tan impactado como los otros dos. Rodé los ojos, pero no pude evitar que una sonrisa me curvara los labios. Porque sí. Había barrido el piso con Rush. —¿Ves? Nunca subestimes a tus rivales —solté, mirando al espécimen derrotado. Él aún no salía de su trance. Seguía ahí, con la mandíbula apretada, el ego hecho pedazos, y los ojos puestos en mí como si intentara descifrar algo que ya no tenía solución. Las risas de Rise y Riden rompieron la tensión como una aguja en un globo, y eso bastó para que el ambiente volviera a recomponerse con rapidez: la música volvió a sonar, la multitud se dispersó poco a poco, y todo parecía como si nada hubiese pasado con la única diferencia de que yo que acababa de barrer el suelo con el ego más grande que había conocido en toda mi maldita vida. Con la dignidad intacta y el orgullo ondeando, me levanté de mi silla. Recogí mis aretes, mi reloj, mi sostén, dejé el dinero sobre la mesa sin mirar atrás y me dirigí a la puerta, actuando como la jodida reina que acababa de destronar a un conquistador. Ya había cumplido con mi cometido: humillar a Rush delante de medio mundo. Ahora tocaba volver a la realidad y encontrar —para mi desgracia— al insufrible de Zacharias Anderson, si es que no se había evaporado con algún trago más fuerte que su personalidad. Pero justo cuando mi mano tocó el pomo de la puerta, una mano —firme, grande, caliente— se posó en mi hombro, obligándome a detenerme. Me giré con lentitud, con esa mirada entre advertencia y burla que solía dar antes de soltar una daga verbal, pero cuando mis ojos chocaron con los de él, se me olvidó una vez más cómo diablos se le hacía para respirar. Él estaba ahí, tan cerca que sentía el calor de su cuerpo filtrarse por mi ropa. Sus ojos, jodidamente intensos, me volvían a estudiar como si pudiera arrancarme las capas una a una sin siquiera tocarme. Y lo peor era que no me molestaba la idea. Su mandíbula marcada, la vena de su cuello un tanto hinchada, la tensión de sus hombros. Todo en él gritaba autocontrol contenido. Deseo encapsulado. Y, mierda, lo sentí. Sentí esa electricidad brutal que se instalaba en la boca del estómago y empezaba a subir como un incendio lento, lujurioso, inevitable. Aún así, ladeé la cabeza con una ceja alzada, confundida. ¿Qué la humillación pública no le había sido suficiente? ¿Ahora también quería ganarse un golpe en su bonita mandíbula por ponerme una mano encima sin permiso? —No me dijiste qué querías —soltó él, con la voz más grave de lo normal. No fue solo lo que dijo, sino cómo lo dijo. Esa mezcla entre reto, susurro y amenaza. Esa voz que parecía hecha para decir cosas indecentes al oído. Mi cara debió demostrar la confusión que nadaba en mí porque rodó los ojos, exhaló por la nariz y precisó: —La apuesta, Larissa. Ganaste. Ahora dime qué quieres. Una sonrisa se me escapó, lenta, como si me lamiera los labios sin querer. No por gusto, sino porque la tensión entre nosotros era tan espesa que podía cortarse con un maldito cuchillo de postre. «Ah. Eso». Sin embargo, para su desgracia, aún no iba a jugar esa carta. —Si te llego a ver una vez más —susurré, dejando que mi voz bajara una octava, suave, casi sensual sin proponérmelo—, te lo haré saber. Y me fui. Pero juro por todo lo sagrado que cuando pasé de él, su olor —a cuero, humo y algo peligrosamente masculino— se me metió en el pecho como una condena y esa maldita tensión quedó en el aire como pólvora esperando una chispa. Bajé las escaleras de dos en dos hasta llegar al pasillo con más puertas que paciencia me quedaba. Me detuve, volviendo a escanear el lugar como si fuera una maldita operación táctica y después de tomar una respiración profunda, fui a por ello. Mis manos pasaron por el pomo de cinco puertas cerradas y siete claramente ocupadas —y no por gente lavándose las manos, precisamente—. Gemidos, risitas y algún que otro golpe contra la pared confirmaban que no tenía que meterme ahí. Entonces, solo quedaba una por revisar. Recé como nunca —a la madre santísima, a la virgen de la compostura y hasta al mismísimo Dios del buen juicio— y giré el pomo. Milagro divino. Era un baño. Hecho un desastre, pero un baño al fin y al cabo. Entré y cerré con seguro, con cuidado de no tocar nada. Me tomé un par de segundos frente al espejo, volví a respirar hondo y comencé a ponerme los aretes con lentitud. El reloj fue el siguiente, encajando en su sitio con un clic definitivo. Por último, el sostén. Con todo en su lugar y como debía, salí del baño y descendí de nuevo hasta la planta baja, como si no me le hubiese insinuado a un hombre que transpiraba peligro y exhalaba orgasmos, donde el caos continuaba con la misma intensidad patética de antes, lista para encontrar a quien lamentablemente era mi responsabilidad y había olvidado por un tiempo. Lo que me recibió abajo fueron los cuerpos tambaleantes, la música mal mezclada que dolía más que una resaca sin ibuprofeno, y chicos lo bastante drogados como para no distinguir una puerta de un refrigerador. «Lindo». Tragándome un gemido de frustración, caminé entre la multitud comenzando mi búsqueda hasta que divisé a un posible problema que, si jugabas tus cartas bien, quizás me dijera donde estaba mi propio problema andante. Harris estaba hundido en un sofá n***o, rodeado de otros desperdicios humanos que se reían sin sentido alguno. —¿Dónde está Zach? —pregunté sin preámbulos, plantándome frente a él. Parpadeó lento, arrastrando las palabras como si masticara piedras. —¿Zach? ¿Quién es Zach? Conté hasta tres mentalmente para no ahogarlo con el mismo cojín que estaba abrazando. Estaba tan drogado que era probable que el imbécil no supiera ni su propio nombre. Me alejé de él sin decir una palabra, frustrada, pero continué con la búsqueda. Fui al área de la piscina. Nada. A la cocina, entre vasos rojos apilados y botellas tiradas. Tampoco. El jardín, el patio trasero, incluso revisé detrás del cobertizo donde una pareja estaba muy entretenida con sus lenguas... pero seguía sin rastro de Zacharias. Ni de él, ni de Drake, ni Kendall. Desaparecidos como si se los hubiese tragado la tierra. Molesta, agotada y harta del mundo entero, me dejé caer en una de las sillas del jardín. Era lo más alejado de la música infame que seguía retumbando dentro de la casa como una maldición sonora. ¿En serio alguien pensó que poner country mal mezclado con música indie y gritos de fondo era una buena idea para una fiesta? ¿Qué clase de tortura psicológica era esa? Me froté la cara con ambas manos, exasperada. Estaba por rendirme e irme a casa… hasta que el bombillo, ese que solía estar apagado a propósito en los momentos más importantes, se encendió de repente con un zumbido triunfal. «Bingo». ¿Cómo carajos había sido tan estúpida? Busqué en todos los rincones de la casa menos en la que debería haber sido mi prioridad. Corrí. O bueno, avancé a toda velocidad. Salí del jardín, empujé cuerpos, no pedí disculpas, pisé pies, evité manos que querían toquetearme y esquivé vasos que salpicaban gotas de líquido transparente. Nada me importaba más que esa maldita puerta. Esa que desde el principio había llamado mi atención, pero que había ignorado como idiota. En el momento que la tuve frente a mí, la giré sin pensarlo dos veces. ¿Estaría de más decir que lo que encontré dentro no era nada de lo que esperaba ver?
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