Ninguno de los dos estaba dispuesto a mostrar sus cartas primero
—A ver, ¿qué tanto haces ahí parada? ¿Vas a entrar sí o no? —preguntó una chica pelirroja con aire gótico después de expulsar una nube densa de humo de cigarrillo.
Al dar un paso dentro de la habitación y cerrar la puerta detrás de mí, lo primero que noté fue a la pelirroja sentada en una silla minúscula, rodeada por un cementerio de colillas de cigarro. Ese detalle ya fue lo bastante inquietante para mantenerme quieta, tratando de entender por qué Zacharias habría entrado aquí por primera vez, pero lo que en realidad me descolocó fue la puerta que se encontraba justo detrás de ella. Una puerta más. Cerrada. Y, por la forma en que ella la custodiaba, casi podía apostar que no conducía a un baño privado.
—Chica, no tengo toda la noche —gruñó con fastidio, soltando otra calada—. ¿Entras o no?
Tenía muchas ganas de colocarle un mote. Muchas. Ella se parecía a esos personajes sombríos de caricaturas que escuchaban rock deprimente y recitaban poesía maldita en su tiempo libre; ropa ajustada negra, botas de plataforma, piercings por todos lados y maquillaje demasiado blanco como para ser pasado por alto. Pero ponerle un apodo iba a necesitar pensar, y pensar iba a requerir tiempo que, por como iban las cosas, no tenía.
Así que, en cambio, asentí sin pensarlo demasiado. Mi primer error fue dejar a mi problema sin supervisión adecuada —Kendall no contaba. No cuando lo que ella quería era emborracharse y actuar como la amiga universitaria soltera— y el segundo perderlo de vista. Ahora me tocaba recuperar terreno, por ende…
—Contraseña —pidió con tono monocorde, sin molestarse en mirarme directamente.
¿Contraseña? ¿Pero qué mierda había del otro lado? ¿Una dimensión paralela? ¿La guarida secreta de un asesino en serie? ¿La fábrica de Willy Wonka versión drogadicta?
«¿En qué diablos andas metido, Anderson?».
Fruncí el ceño. Mi mente giraba, buscaba algo coherente, pero lo único que salió, por reflejo estúpido, fue:
—¿Marihuana?
La pelirroja me lanzó una mirada tan lenta y seca que me sentí idiota por completo. Y con razón. La palabra había salido disparada sin filtro, y no como el cigarro que ella estaba acabando.
—Te daré una pista —optó, soltando el cigarro en el suelo y aplastándolo con su bota—. Es una frase.
Ah, fíjate, fantástico. Una frase. Como si no existieran millones de frases en este jodido planeta. Respiré hondo y dejé que el caos en mi cerebro hiciera lo suyo. A veces eso funcionaba.
Y entonces, ahí estaba. Otro bombillo encendido. La frase surgió sin aviso.
—Todo corre por mi cuenta, y si no, hago que corra —solté, y mi voz sonó más segura de lo que realmente estaba.
Ella sonrió, y no fue cualquier sonrisa. Era amplia, perfecta, con unos, por sorprendente que parezca, dientes blancos que me hicieron cuestionarme si estaba usando carillas o si por casualidad tenía pacto con algún demonio dental, ya que por cómo fumaba… Era imposible tener los dientes así de bonitos.
Se levantó sin decir nada más, abrió la puerta trasera y comenzó a caminar por un pasillo largo, angosto y bañado en luces rojas que parecían sacadas de un burdel de película vieja.
No me hizo falta una segunda invitación. Fui detrás de ella.
—Bienvenida a LP —dijo al llegar frente a una puerta mucho más elegante que el resto de toda la maldita hermandad que abrió de par en par—. Disfruta —agregó, antes de girar sobre sus talones y perderse de nuevo en la penumbra.
Entonces, fue ahí cuando sin poder controlarlo, mi mandíbula cayó por la sorpresa.
Esto… esto era un club. Estaba de pie en un club. Un jodido club.
LP no era el nombre de una biblioteca secreta o de una sociedad de intelectuales como en las novelas de misterio. No. Era un maldito club clandestino en donde habían luces rojas, humo denso flotando en el aire, música decente que retumbaba con bajos profundos, e idiotas jugando a ser el infierno sabía qué.
Aún con el shock recorriéndome el cuerpo, deslicé la mirada por mesas con vasos de cristal, cigarros a medio consumir, risas fingidas y… ¿en serio alguien se estaba aspirando una línea sobre un tablero de Monopoly?
—Maldito imbécil suicida —murmuré para mí.
¿Zach había estado aquí? ¿Aquí, con Harris, en este desfile de degeneración absurda? No podía terminar de involucrarse en algo sano, ¿verdad? ¿Dónde quedó la opción de meterse a un club de lectura, aprender ajedrez o siquiera tocar una jodida guitarra? No. Tenía que arrastrar su culo problemático al único lugar donde podías conseguir una sobredosis, un embarazo y una pelea a puñetazos, todo en la misma noche. ¿Por qué cada que tenía la oportunidad de cambiar su vida tenía que ir por el peor camino?
Sacudí la cabeza, intentando despejar la frustración que amenazaba con hacerme perder el foco. Tenía que encontrar al grupo con el que había venido, luego encontrar a Zach y después, si me sobraba tiempo y energía, matarlo yo misma.
Pasé entre miradas lascivas de varios imbéciles que no sabían la diferencia entre una mujer y una advertencia, y me planté en uno de los taburetes de la barra, girando el asiento para analizar cada detalle del lugar.
—¿Algo de tomar? —preguntó el bartender, un tal Max, según su chaleco.
—Long Island, por favor —pedí, girando el asiento para dedicarle mi atención.
Sí, al llegar le había dicho a Kendall que emborracharse no era inteligente, pero vamos. Había tenido una noche de mierda, cargada de tensión s****l, frustración y adrenalina. Entonces, ¿qué era un poco de alcohol para aliviar las ganas que tenía de prenderle fuego a todo el lugar, con Zacharias Anderson dentro?
Max me sonrió como si supiera qué tipo de noche estaba teniendo. En cuestión de segundos, mi vaso estaba listo.
—¿Algo más? —Cuestionó, señalándome con la cabeza.
Estuve a punto de preguntarle si había visto a un mocoso con complejo de suicida llamado Zacharias y a su incondicional hermano puesto que Kendall estaría con él, pero el desechable vibró justo antes, así que negué con mi cabeza. Max se alejó.
Lo saqué con rapidez y contesté.
—¿Ebria? —Oí la impecable voz de Harrison.
Resoplé con fastidio.
—Estoy todo menos eso —respondí.
—Dame un informe.
Tomé el vaso y le di un buen sorbo. Sentí como la bebida se deslizaba por mi garganta. El sabor era dulce, ligado a una dosis de alivio momentáneo.
«Um, té helado sabroso».
—Hay un club —dije, manteniendo la voz baja pero firme—. Drogas, alcohol, juegos de mesa y decadencia juvenil en estado puro. Zach está aquí —bueno…, técnicamente no lo había visto aún, pero…
Harrison soltó una maldición ahogada al otro lado de la línea.
—¿Por qué ese chico no puede ser un maldito problema normal? —refunfuñó.
—Dímelo a mí —repliqué.
—¿Lo has pillado en algo?
—No... todavía —ni siquiera sabía si estaba por el lugar a ciencia cierta, pero conociéndolo, lo más probable es que apareciera como un bendito conejo mágico en cualquier momento—. Estoy en eso.
—De acuerdo —respondió, y colgó.
Soltando un largo suspiro, guardé el teléfono. Miré el vaso, lo giré entre mis dedos y luego me lo llevé a los labios otra vez. Me bebí todo de un trago. Que se jodiera la cautela.
Giré en el taburete otra vez, cruzando una pierna sobre la otra y escaneé el salón. El lugar tenía mucha más clase que la orgía visual que se desarrollaba afuera. Más luces tenues, más terciopelo, menos vómito emocional en las paredes. Acogedor, si se podía llamar así a un club donde la mayoría fingía ser gángsters y la autoridad estudiantil fingía que no veían nada.
Quienes estaban aquí, la gran parte hombres, jugaban a parecer refinados: camisas abiertas, relojes falsos de lujo y miradas entrenadas para parecer indiferentes. Todo eso hasta que llegabas a la mesa del rincón, donde tres imbéciles estaban metiéndose algo por la nariz como si no supieran que el infierno les aguardaba con una cuchara de plata.
Y ahí estaba yo, preguntándome qué carajos hacía Zacharias envuelto en eso. ¿Qué era lo que buscaba realmente? ¿Diversión? ¿Caos? ¿Un pase directo a la muerte? Cuando tenías a los mafiosos más letales de Rusia e Italia con la mira puesta en tu nuca, la última idea racional sería meterte en un club clandestino con luces rojas y olor a sudor, coca y testosterona.
—¿A quién buscas? —preguntó una voz excitante que me perforó la espalda baja como una descarga eléctrica.
Juro que me tensé. Cada músculo, cada tendón, cada puta neurona.
No necesitaba girar para saber quién era. Esa voz tenía dueño, y ese dueño sabía con exactitud lo que hacía con ella, así que no respondí. Por su bien. Por el mío. Todavía quería guardarme esa carta blanca, ese pase sin culpa para follármelo hasta sacarme el alma por la boca, y si giraba en ese instante, si lo miraba, perdería todo control.
—Sé que me estás escuchando. Incluso te pusiste tensa —insistió, y juro por Dios que mi taburete giró por voluntad propia. No. Por la suya.
Entonces, ahí estaba él. Su camisa negra semiabierta. Esos ojos grisáceos con los que podría matar y al mismo tiempo ponerme a suplicar. El maldito era una contradicción vestida de deseo. Perfecto. Peligroso. Maldito.
—Rush —solté su nombre como si fuera una droga, intentando que mi voz no traicionara todo lo que mi cuerpo ya gritaba.
Me sonrió y eso fue peor. Su boca, sus malditos hoyuelos, esa expresión como si supiera lo que estaba haciendo en mi cabeza y estuviera disfrutando cada segundo de mi tortura silenciosa…
«Hijo de perra».
—Sé que ese es mi nombre, pero no pregunté eso —dijo, señalando mi vaso vacío—. ¿Tomas?
Alcé una ceja y casi se me escapaba un bufido. «No. Claro que no. Estoy acá con un vaso porque quiero parecer escenografía», pensé para mis adentros.
—Sí, Rush, tomo. No tanto como me gustaría esta noche, pero lo hago —contesté con ironía—. ¿Por qué? ¿Vas a preguntarme también por qué tomo?
Su risa fue un golpe bajo. Profunda, rasposa, como si cada nota estuviera diseñada para joderme los pensamientos y derretirme las bragas.
Lo peor: funcionó.
Sentí la humedad crecer entre mis piernas con una facilidad que me indignó.
—No sería cortés preguntar eso —murmuró con esa voz que debería estar prohibida después de las diez de la noche—, pero si quieres hablar de ello, estaré prestando toda la atención que quieras.
Él era una maldita caja de sorpresas. Un enigma con sonrisa de pecado y modales que daban ganas de quitárselos a mordidas. Era exasperante lo mucho que me gustaba su descaro.
—Me gusta tu intento de coquetear —dije, con una sonrisa ladeada, relajándome contra el borde del taburete, aunque por dentro quería aplaudirle de pie.
«De pie y sin ropa», si se me permitía añadir.
Su risa volvió a nacer en su garganta, áspera y deliciosa, y yo apreté las rodillas. «Maldita sea». Ni siquiera estaba haciendo demasiado. Solo hablaba y me miraba como si ya me conociera desnuda.
—¿Qué haces por aquí?
Sacudió la cabeza como si la respuesta fuese demasiado cara para darla gratis.
—No, preciosa. Si tú no me contestas, yo no tengo por qué hacerlo —se encogió de hombros y le hizo una seña a otro bartender. Esta vez, fue uno mucho mayor que el que me atendió; a ese sí se le notaba la experiencia—. Dos Old-Fashioned, Jack. Por favor.
Le di una mirada escéptica. ¿Old qué?
—Como ordene, señor Massey —respondió el hombre, tan rápido que no me dio tiempo a disimular mi sorpresa. Preparó los tragos como si lo hiciera dormido, los estrelló con destreza frente a Rush y desapareció como si fuera parte del decorado.
«Uh, ¿señor Massey?».
Rush me acercó uno de los vasos con toda la calma del mundo y esbozó una sonrisa pequeña.
—¿Quieres? —preguntó como quién no quería la cosa.
Lo miré con la ceja arqueada, señalando el vaso.
—¿Apareceré en tu cama drogada y atada?
Su risa fue tan ronca, tan baja y tan jodidamente s****l que me recorrió la entrepierna como una corriente eléctrica.
—No necesito drogarte para que acabes en mi cama, princesa —dijo, guiñándome un ojo con ese descaro con el que se debería multar a la gente—. Además, la somnofilia no es lo mío.
«Dios santo en calzoncillos».
Rodé los ojos, sonreí sin poder evitarlo y le arranqué el vaso de la mano. Si iba a pecar, que fuera con estilo. Le di un buen sorbo y… Jesucristo.
¿Qué diablos acababa de tomar? ¿Por qué se sentía como si estuviese bebiendo desde el maldito cielo? Ese toque de dulzura… Ese punto medio que suavizaba el bourbon que se notaba que tenía…
Puede que haya soltado un gemido suave y del todo involuntario. Tal vez. A esas alturas no confirmaba ni negaba nada. Pero el espécimen me miró como si acabara de hacer un striptease solo para él.
Me aclaré la garganta, intentando disimular el rubor que me trepaba por el cuello.
—Entonces… —empecé a decir, pero no pude seguir.
Alzó su mano y, con una confianza devastadora, deslizó su pulgar por la comisura izquierda de mi boca.
Un toque.
Un solo toque, y mi sistema nervioso se fue a la mierda.