Noé cerró con cuidado la puerta de la habitación, asegurándose de no despertar a Amalfi ni a los gemelos. Había pasado un largo rato desde que la convenció de que se acostara.
—Necesitas descansar, Amalfi. Deja que yo me encargue del resto —le había dicho con una firmeza que no admitía discusión.
Y finalmente, después de un día agotador, su hermana cedió, confiando en él como lo había hecho siempre.
Se hacercó a las camas pequeñas donde Eva y Emilio dormían profundamente, con las caritas hundidas en las almohadas.
Noé sonrió al verlos, aunque su expresión se ensombreció rápidamente. Cubrió a cada uno con una manta, asegurándose de que estuvieran cómodos y protegidos.
—No tienen la culpa de nada —murmuró para sí mismo, sus ojos llenos de ternura mientras acariciaba suavemente la cabecita de Emilio—. Pero ese desgraciado…
Su mandíbula se tensó al recordar todo lo que Amalfi le había contado.
La humillación, el desprecio, el abandono.
Noé apretó los puños, sintiendo un odio creciente que casi lo hacía temblar.
—Si estuviera en mis manos, Owen Farah ya estaría pagando por cada lágrima que le hizo derramar —masculló entre dientes, dirigiendo una mirada dura hacia la ventana, como si pudiera ver a Owen en ese preciso instante—. Cobarde. Maldito cobarde.
Dio un par de pasos por la habitación, con las manos en la cintura, intentando controlar su rabia.
Su hermana no se merecía nada de eso.
Amalfi era dulce, compasiva, y siempre había puesto a los demás por encima de sí misma. ¿Cómo era posible que alguien como Owen no hubiera visto su valor?
—Te voy a encontrar, Owen Farah —gruñó, esta vez en voz baja pero cargada de determinación—. Y cuando lo haga, vas a desear no haber nacido.
Noé caminó hacia la puerta, pero se detuvo un momento antes de salir. Miró de nuevo hacia Amalfi, que respiraba con calma por primera vez en días, y a los niños, que dormían sin saber del caos que los había rodeado.
—Por ellos. Por ella —susurró, apretando los puños—. No descansaré hasta asegurarme de que ninguno de ustedes vuelva a sufrir por culpa de ese hombre.
Con esa promesa sonando en su mente, salió de la habitación, cerrando la puerta con cuidado detrás de él.
Pero dentro de su corazón, una tormenta estaba en marcha, y sabía que no se detendría hasta que Owen Farah pagara por todo el daño que había causado.
*****
En la majestuosa mansión O’Neill, el lujo se desbordaba por todos los rincones.
Las lámparas de cristal relucían bajo la tenue iluminación, y las mesas estaban adornadas con manteles blancos de encaje y centros de mesa con flores exóticas.
La anfitriona de la noche, Margareth O’Neill, recorría el lugar con un porte imponente, supervisando que todo estuviera en perfecto orden.
Después de todo, no todos los días se formalizaba el compromiso de su adorada hija Roxanne, o Rox, como todos la llamaban.
—¿Han llegado las langostas? —preguntó Margareth al jefe de cocina, sin detenerse a esperar una respuesta mientras ajustaba un candelabro.
—Sí, señora. Todo está en orden —respondió el hombre, intentando seguir su ritmo.
Margareth asintió con satisfacción y regresó al salón principal, donde los invitados comenzaban a llegar.
Los murmullos llenaban el ambiente, cargados de curiosidad y emoción.
Era el evento del año, y Margareth no escatimaría en gastos para celebrar el compromiso de Rox con el prestigioso CEO inglés, Owen Farah.
Rox, por su parte, estaba en la cima del mundo.
Vestía un vestido rojo entallado que resaltaba su figura, y su cuello estaba adornado con un brillante collar de diamantes, regalo de su prometido.
Su sonrisa era radiante mientras recibía a los invitados junto a Owen, quien mantenía su postura fría y elegante, como si el mundo girara a su favor.
—¡Hija mía! —exclamó Margareth al acercarse a ellos—. Estás espectacular, y tú también, Owen. Un verdadero caballero.
—Gracias, Margareth —respondió Owen con una inclinación leve de cabeza, aunque su atención se centraba más en la copa de vino que tenía en la mano que en las palabras de su futura suegra.
—Mamita, ¿no crees que somos la pareja perfecta? —intervino Rox, abrazando a Owen por la cintura y mirando a su madre con ojos brillantes.
—Perfecta, mi amor. Este compromiso es todo lo que soñé para ti —dijo Margareth, estrechando la mano de Owen con fuerza—. Estoy segura de que serás un esposo excepcional para mi Rox.
Owen esbozó una sonrisa forzada.
—Eso espero, Margareth. Haré todo lo posible para mantenerla feliz.
—No tengo dudas de ello —insistió la mujer, orgullosa.
Mientras tanto, un grupo de mujeres cuchicheaba en una esquina, observando a Rox con algo más que admiración.
—¿Te has fijado en el anillo? —susurró una—. Es gigantesco. Debe valer una fortuna.
—Claro que sí, Owen Farah no es cualquier hombre. Es uno de los más ricos de California.
Rox parecía disfrutar cada segundo de la atención.
—Cariño, ¿por qué no damos el anuncio? Todos están aquí para escucharlo —dijo, mirando a Owen con una sonrisa persuasiva.
Owen asintió, dejando su copa en la mesa.
—Por supuesto, querida.
Margareth aplaudió para captar la atención de los invitados.
—¡Señoras y señores! —dijo con voz alta y firme—. Hoy es un día especial para nuestra familia. Mi hija Roxanne, mi joya más preciada, ha encontrado al hombre de su vida.
Las miradas se dirigieron a la pareja. Owen tomó la mano de Rox y dio un paso adelante.
—Es un honor para mí anunciar que Roxanne y yo estamos oficialmente comprometidos —dijo con una sonrisa calculada, como si se tratara de una declaración de negocios más que de amor.
Los aplausos llenaron la sala, y Margareth no podía contener su orgullo.
—¡Un brindis por Rox y Owen! —exclamó, levantando su copa.
Rox lo miró con adoración mientras los invitados vitoreaban y las copas chocaban en señal de celebración.
Sin embargo, en el fondo de los ojos de Owen, había algo más: una sombra de duda, una sensación de vacío que ni el lujo ni los elogios podían llenar.
En toda la noche, en la mansión O’Neill, la felicidad parecía desbordarse en cada rincón.
La música suave se mezclaba con el tintineo de las copas y las risas de los invitados, mientras Margareth O'Neill dirigía la velada con impecable destreza, como una maestra de ceremonias.
Roxanne era el centro de todas las miradas, luciendo radiante al lado de Owen, pero él no compartía el mismo entusiasmo.
Con una copa de champagne en mano, Owen se encontraba de pie junto a Rox, quien hablaba animadamente con un grupo de empresarios.
Él sonreía de vez en cuando, asintiendo en los momentos adecuados, pero su atención estaba en otra parte.
Cada pocos minutos, sacaba su teléfono del bolsillo y revisaba la pantalla con ansiedad. Nada. Ni un solo mensaje de Marcel.
—Cariño, ¿estás bien? —preguntó Rox, notando su distracción.
—Sí, claro —respondió Owen, devolviendo el teléfono a su bolsillo con rapidez—. Sólo estaba revisando unos correos.
—¿Correos? —dijo ella con una risa suave—. Owen, estás en nuestra fiesta de compromiso. Déjalos para mañana.
—Tienes razón —dijo él, forzando una sonrisa.
Sin embargo, su mente no podía desconectarse. Una y otra vez, las mismas preguntas lo atormentaban: ¿Dónde estaba Amalfi? ¿Por qué no había vuelto? ¿Cómo se atrevía a desaparecer con los niños?
—Señor Farah, un placer verlo aquí —lo interrumpió un hombre mayor, tendiéndole la mano. Era uno de los socios de Margareth.
—Igualmente —respondió Owen automáticamente, estrechando la mano del hombre mientras su mirada volvía, de forma involuntaria, al teléfono.
—Cariño, ¿por qué no vienes a bailar? —propuso Rox, entrelazando su brazo con el de él—. La orquesta es maravillosa, y no hemos bailado en toda la noche.
—Ahora no, Rox. Estoy un poco cansado —respondió Owen, apartándose con delicadeza—. Ve tú, yo te alcanzo en un momento.
Rox frunció el ceño, pero antes de insistir, Margareth apareció a su lado.
—¿Todo bien aquí? —preguntó con una sonrisa, aunque sus ojos escrutaban a Owen con curiosidad.
—Sí, mamá. Owen sólo necesita un momento —respondió Rox con un tono dulce.
—Por supuesto, cariño. Pero no lo dejes escapar mucho tiempo. Esta es su fiesta también —dijo Margareth, dándole una palmadita en el brazo antes de alejarse.
Owen se apartó hacia un rincón más tranquilo del salón. Deslizó su dedo por la pantalla de su teléfono, revisando una vez más sus mensajes. Nada. Ni una señal de Amalfi, ni una actualización de Marcel.
—Maldita sea… —murmuró para sí mismo, apretando la mandíbula.
Un mesero se acercó con una bandeja de bebidas.
—¿Champagne, señor?
—No, gracias —respondió Owen, agitando la mano con impaciencia.
En ese momento, la risa de Rox resonó desde el centro del salón.
Ella se veía feliz, disfrutando de la atención, rodeada de admiradores. Owen la observó por un instante, pero no sintió nada. Sólo vacío. ¿Esto es lo que quería?
Sacudió la cabeza y volvió a mirar su teléfono. «Amalfi… ¿Dónde demonios estás?»
*****
En una playa privada de las Maldivas, Theo Farah se recostaba bajo una sombrilla, con un cóctel en una mano y su tableta en la otra.
Las olas susurraban suavemente mientras ojeaba las noticias del día. Todo parecía perfecto hasta que su mirada se posó en un titular que lo dejó sin aliento:
“El exitoso CEO Owen Farah anuncia su compromiso con la socialité Roxanne O’Neill”