Los días en la hacienda comenzaron a tomar ritmo para María.
Iba a la secundaria por las mañanas, siempre con el cabello bien peinado, con una falda prestada por Meche y una sonrisa que contagiaba. En las tardes, ayudaba en la cocina, lavaba nixtamal, recogía huevos del gallinero… pero lo que más disfrutaba eran las horas en las caballerizas.
Allí la esperaba siempre Julio, el hijo del capataz, su compañero inseparable desde aquel primer día.
—¡Apúrate María! Si terminas de darle de comer a “Nube”, te enseño a cepillarle la crin a “Centella”.
—¡Ya voy! —gritaba ella mientras se apresuraba con los cubos de alimento.
Julio tenía su edad, trece años, pero parecía mayor. Tenía las manos curtidas por el trabajo y una sonrisa franca, de esas que dan seguridad. Cada tarde, los dos reían, se ensuciaban de heno, corrían detrás de los potrillos recién nacidos.
Desde su ventana en el despacho, Ramiro los observaba.
Al principio, solo como quien ve a dos niños jugando. Pero después de algunas semanas, comenzó a quedarse más rato viendo. Se detenía a medio firmar un contrato. Fingía que hablaba por teléfono. Pero en realidad, lo único que hacía era vigilar esa risa… la risa de ella.
Un día, mientras Meche le servía café, le habló sin mirarlo:
—¿Ya se fijó patrón que la niña no se separa del hijo del capataz?
Ramiro fingió indiferencia.
—Son de la misma edad… no tiene nada de raro.
—Sí, patrón… pero María ya no es la misma niña. Hasta se pone moñito en el cabello para ir a verlo. Y Julio se le queda viendo como si fuera princesa.
Ramiro tragó saliva. Esa imagen se le clavó como espina en el pecho.
—Bah… cosas de escuincles —gruñó.
Pero esa noche, mientras caminaba por la hacienda, los vio desde lejos, sentados juntos en la barda del potrero, riéndose de algo que solo ellos sabían. Julio le dio un empujón cariñoso a María, y ella se dejó caer en el pasto, riendo como loca.
Y algo dentro de él se revolvió.
No entendía por qué…
Pero no le gustaba verlos tan cerca.
No sabía por qué, pero sentía que la estaba perdiendo… aunque nunca fue suya.
> "No sé por qué me molesta… si sigue siendo una niña. ¿Qué me está pasando?" —pensó Ramiro, mientras su propia conciencia empezaba a llenarse de dudas.
El sol se colaba entre las rendijas del granero. Era tarde de domingo, y aunque la hacienda estaba más tranquila de lo habitual, las risas de Julio y María seguían alegrando las caballerizas.
—Cierra los ojos —le dijo Julio con una sonrisa nerviosa.
—¿Por qué? —respondió María, desconfiando, pero divertida.
—Solo hazlo, no seas desconfiada…
Ella obedeció. Sentía los latidos en la garganta. A pesar de que lo conocía desde que llegó, en esos días algo había cambiado entre ellos. Julio la miraba distinto.
Cuando abrió los ojos, él le tendía una flor silvestre, y con voz temblorosa le dijo:
—Me gustas, María… Desde siempre me gustas.
Ella lo miró sorprendida. El corazón le dio un brinco. Lo quería, sí. Le tenía confianza, seguridad… cariño. ¿Pero amor?
No estaba segura.
Aún así, sonrió y tomó la flor.
—También me gustas, Julio.
Y con ese gesto inocente, nació su primer noviazgo.
Desde la terraza de su despacho, Ramiro presenció la escena. No podía escuchar lo que decían, pero lo entendió todo con solo ver el gesto.
La flor.
La sonrisa.
La mirada.
Se levantó de golpe. Caminó hacia el corral y llamó a Julio con voz firme.
—Julio, dile a tu padre que venga a las cinco. Necesito que me ayude a cargar las cajas para el viaje.
—¿Viaje, patrón? —preguntó María, siguiéndolos con la mirada.
Ramiro volteó y bajó el tono al verla. Esa expresión inocente que le clavaba directo al pecho.
—Sí, María… Mañana salgo para Tijuana. Asuntos de la asociación de ganaderos.
—¿Y… cuánto tiempo se va a ir? —preguntó ella bajito, sin mirarlo directo.
—Unas semanas… tal vez un mes. Depende.
Ella bajó la mirada, y Ramiro lo notó.
—No te preocupes, Meche te cuidará. Y Julio… bueno, ya veo que estás muy bien acompañada.
María sonrió con timidez, pero por dentro sintió un vacío.
No quería que él se fuera.
No entendía por qué…
Pero su presencia en la hacienda era parte de su calma. De su rutina. De sus sueños.
Esa noche, María no quiso cenar en el comedor. Se fue temprano a su habitación, abrazando la flor que Julio le había dado… pero con la mente en el patrón.
En ese hombre que la miraba como nadie más la había mirado.