El despacho de la abogada Renata Santillana olía a café fuerte, tinta reciente y papeles viejos. Ana María entró con decisión, su bolso colgado del brazo y una carpeta gruesa en la mano. No era una mujer débil. No más. Renata la recibió con una mirada firme detrás de unos lentes de montura gruesa. Había leído el expediente con la minuciosidad de una cirujana. Sabía que estaban a punto de iniciar una guerra contra la memoria de hombres poderosos y corruptos. —Lo que propones no es fácil —le dijo sin rodeos—. Quieres revocar la declaración de tu propio hermano, que fue el principal testigo contra María. Quieres abrir el pasado de Rosendo Bárcenas, un hombre con influencias hasta en el infierno. Y quieres probar que todo fue manipulado desde dentro. Ana María asintió sin parpadear. —Y sé

