La herida había sido profunda, pero Estela seguía viva. En la enfermería del reclusorio la estabilizaron de emergencia antes de trasladarla al pequeño hospital municipal, donde fue recibida con pronóstico reservado. Durante dos días completos estuvo entre la vida y la muerte, con fiebre alta y un hilo de voz que apenas alcanzaba a musitar oraciones a medias. Pero en la tercera noche, su cuerpo venció al peligro. Cuando abrió los ojos, lo primero que preguntó fue por María. —¿Está bien? ¿La sacaron de ahí? —Sigue en el penal, doña Estela, pero está bien —le respondió la enfermera con suavidad—. Usted debe descansar. Su testimonio va a ser importante. Estela cerró los ojos, asintiendo débilmente. Sabía que no podía guardarse más nada. La habían querido matar por hablar, pero si se callaba

