La fiesta ya había terminado, los invitados se marchaban entre risas y despedidas efusivas. La música, ahora más tenue, sonaba lejana. María se sentía en una especie de limbo. Julio conversaba con Martín sobre los preparativos de la boda, mientras Meche hablaba emocionada con una tía lejana. Nadie notaba su ausencia cuando decidió salir por la parte trasera de la hacienda. La brisa nocturna acariciaba su vestido mientras caminaba sin rumbo por el empedrado, hasta llegar al corral. El cielo, estrellado como pocas veces, parecía arder encima de ella. Y fue entonces que lo vio: Ramiro, de espaldas, con la camisa arrugada, bebiendo directo de una botella de tequila, apoyado contra la cerca. María tragó saliva. El corazón le palpitaba en el pecho. Se acercó. No sabía qué iba a decirle, solo s

