La hacienda parecía más silenciosa que nunca, como si las paredes también lloraran la ausencia de Meche y la tragedia que había desgarrado sus entrañas. El canto de los gallos, el crujir de la madera, el chispear de las brasas... todo sonaba lejano para Ramiro. Ana María se sentó frente a él, en la galería donde se sentía menos prisionero. El cielo estaba nublado y el aire olía a tierra húmeda. Ella lo miró con dulzura y gravedad. —Ramiro… no esperes que María te perdone de un día para otro. Lo que vivió fue traumático. Tú también estás roto. Lo único que puedes hacer ahora… es esperar. El tiempo es el único juez que no se equivoca. Él no respondió. Se limitó a bajar la vista y contemplar sus piernas dormidas. El pantalón ancho que cubría sus muslos apenas disimulaba lo evidente: ya no

