Los días en Aguascalientes habían comenzado a encontrar su ritmo. La pequeña hacienda rebosaba de vida: las uvas creciendo firmes bajo el sol, los rosales floreciendo con fuerza en el jardín, y María, cada vez más serena, había aprendido a sonreír con libertad. Ramiro salía cada mañana a supervisar los campos. María, por su parte, se encargaba de organizar la contabilidad, preparar las comidas con productos frescos del mercado, y cuidar del hogar que ambos habían construido con tanto esfuerzo. Aunque había momentos en que el pasado golpeaba la memoria como una ráfaga, los brazos de Ramiro eran refugio suficiente. Meche, la leal Meche, los visitaba una vez al mes, llevando quesos, dulces y noticias del norte. Siempre los encontraba sonrientes, más cómplices, más enamorados. Cada vez qu

