El sol de Aguascalientes parecía distinto. Más tibio, más amable. María lo sintió apenas bajó del tren, con la mano entrelazada a la de Ramiro, quien la miraba con una sonrisa tranquila, como si hubiera encontrado algo que llevaba toda su vida buscando. Llevaban ya varios días viviendo en una pequeña hacienda vinícola, en las afueras de un pueblo sereno, rodeado de viñedos y montañas. El paisaje era distinto a La Herradura, pero no menos hermoso. El aire olía a uva fermentada, a tierra húmeda, a nuevas oportunidades. Ramiro había comprado la propiedad con lo que había vendido de sus terrenos en el norte. Tenía planes de restaurar las instalaciones, convertir la vieja hacienda en un lugar productivo, con manos justas, con tierra limpia de rencores. María, aunque aún sentía una mezcla de

