La prisión olía a metal oxidado y desinfectante barato. El silencio entre pasillos no era paz, era contención: de gritos, de lágrimas, de vidas que se habían detenido. El eco de los pasos de Ana María resonaba como martillazos en el pecho de María, quien estaba sentada en un banco de concreto con la mirada perdida, las muñecas heridas por las esposas, y el corazón apretado por la traición, el dolor… y el abandono. María no levantó la vista cuando la celadora le dijo que tenía visita. —No quiero ver a nadie —susurró, sin energía. —Esta visita no la vas a querer rechazar —respondió una voz firme, aguda, de mujer con mundo. María levantó los ojos lentamente y se encontró con Ana María Bárcenas, vestida con un conjunto beige claro, el cabello recogido con elegancia, los ojos claros idéntic

