Los días en prisión pasaban lentos, pero no vacíos. María había aprendido a sobrevivir entre el frío de las paredes, el olor a humedad y la hostilidad disfrazada de rutinas. Cada noche lloraba en silencio, recordando a Meche, el rechazo de Ramiro, las palabras de Martín del Campo resonando como puñales en su mente. Pero en medio de todo ese infierno, había un rostro que se volvió su refugio: Estela, la interna más antigua del pabellón, una mujer de voz ronca, mirada dura y corazón firme. Estela le regalaba compañía, consejos, incluso a veces parte de su comida. Y aunque al principio no hablaba mucho, poco a poco comenzó a confiar en María, hasta que una tarde, después del conteo, mientras se sentaban juntas a coser trapos para la cooperativa, le dijo: —Tienes ojos de montaña, niña. De es

