Los rayos de sol entraban tímidos por la ventana del hospital cuando la enfermera empujó la silla de ruedas hasta la puerta de la habitación. Ramiro estaba vestido con una camisa abotonada, pantalón de lino y unas botas que ya no lograba sentir. Las piernas no le respondían. Su cuerpo, fuerte, erguido por tantos años, ahora dependía de la fuerza ajena para moverse. —Listo, señor Bárcenas. El médico dejó la orden de seguimiento. El proceso es largo, pero no imposible —dijo la enfermera, intentando sonar optimista. Ramiro no respondió. Solo asintió con la cabeza. En el fondo, no era solo su cuerpo el que estaba roto. Era su corazón, su confianza, su sentido de dirección. Todo lo que conocía había estallado en pedazos el día que escuchó a Julio decir aquellas palabras. Desde entonces, dudab

