Gatita.
PVO Nyzen.
Mansión de verano de los Blackwood. Washington.
—¡He dicho que te vas a casar con la Srta. Romanov y punto, Nyzen!
El sonido del bastón de mi padre y su intensa mirada, cargada de rabia, que veo reflejada a través de la ventana, no admitían una negativa como respuesta.
Pero obviamente, él no estaba en condiciones de darme esa orden.
Sabía muy bien por qué. Aun así, me había sacado de la fiesta de disfraces de mi amigo para decirme estas tonterías.
—Mira, Nyzen, eres mi heredero universal, el accionista mayoritario de todas nuestras empresas —dijo con ese tono casi suplicante—Su familia nos iguala en nombre y peso. Empieza a pasar tiempo con ella, conócela, cásate y ten un hijo que siga nuestra línea, Nyzen.
Golpeé enfurecido la ventana que tenía frente a mí y volteé a verlo.
—No puedo, lo sabes, padre —dije, controlando mi voz—Sabes que no puedo darte lo que deseas. Si tanto quieres un nieto, un heredero, bien, tienes a mis hermanos. ¿Por qué no se lo pides a ellos?
Mi padre negó con la cabeza, ablandando un poco la mirada.
—La junta ya nos está presionando, Nyzen. Además, ellos saben que tú eres el mayor, mi heredero directo. Nevan no sabe nada de negocios y tu hermana es una soñadora mimada que apenas termine la universidad, entenderá a las malas cuál es su principal deber.
“Seguro ya le consiguió un esposo y ella ya no podrá negarse"
—La misma excusa de siempre —me burlé, ignorando sus palabras.
Mi padre, que a pesar de ser una persona respetable en el mundo de los negocios y de que, junto a mí, logramos posicionar a nuestra familia entre las cinco más poderosas del país, no es tan amable como aparenta.
Es un maldito déspota al que solo le importan el poder, el honor y alcanzar algún día el nivel de las familias más influyentes. Y yo, como su primogénito, soy quien debe soportarlo todo.
—Nyzen, hijo, sé el problema que tienes, pero eso no es impedimento para que te cases y tengas un heredero. Solo uno, el necesario para tener el control absoluto.
Por más que lo intentara, él no iba a ceder. Lo conocía.
—Padre, estoy de vacaciones, en el cumpleaños de Ben. ¿Podríamos hablar de eso cuando regrese a Nueva York?
—Bien —soltó un suspiro mientras se ponía de pie—Pero ya no hay nada que pensar, Nyzen. Además, tú estuviste de acuerdo con esa opción para tener un heredero.
Hice un gesto de restarle importancia y tomé la máscara para salir, sin darle más vueltas a la conversación con mi padre.
Al llegar, ya con la máscara puesta —pues el cumpleaños de mi amigo había caído justo en Halloween—, decidí ahogar toda mi frustración.
—Un whisky, el más fuerte que tenga —pedí en la barra, mientras Ben sonreía con sarcasmo.
—Ese carácter, déjame adivinar. Tu padre vino a joderte con lo mismo, ¿o me equivoco?
El barman me entregó la copa. La acabé de un solo trago y la golpeé contra la barra.
—Sí, a eso vino.—Volvió a burlarse.—Pero tu padre tiene un punto a favor, Nyzen. Tus hermanos menores no saben nada de negocios y tú eres el CEO del Grupo Blackwood.
—¿Y dices que por eso tengo la obligación de casarme y darle su primer nieto? ¿Es eso?
—No, no, no, por supuesto que no, amigo. Es solo que, hasta que no le des lo que desea, no te va a dejar en paz.
—Soy estéril, lo sabes. —Apreté la copa entre mis dedos—Y eso no lo puedo cambiar.
—Lo sé, pero hoy en día la ciencia está avanzada y...
—Sí, ya lo sé. Mi padre me lo recuerda a cada segundo.
—¿Y entonces?
—Quiere que conozca a la heredera de los Romanov. Supongo que ya le advirtió sobre mi condición, porque insiste en que tenga un hijo por el método artificial.
—Y no está mal. Es una buena opción.
—Mierda, ¡¿tú también, Ben?! —gruñí, y él soltó una carcajada—. Sí que te pareces al destartalado de mi hermano menor.
—Uy, para mí es un honor ser comparado con nuestro querido exsenador.
—Para eso es lo único que es bueno —me burlé.
Recordar al despreocupado de mi hermano menor, Nevan, me ayudó a apaciguar un poco la rabia que mi padre me había provocado.
Lástima que no tuviera talento para los negocios. De lo contrario, tendría un motivo para lanzarlo al matadero en vez de a mí.
—Olvidemos este incidente, Nyzen, y vamos a disfrutar con unas amigas que estoy seguro de que te encantarán. Además, son tus últimos días aquí. Vamos, distráete.
A pesar del fastidioso momento que mi padre me hizo pasar, tomo el consejo de mi amigo y decido pasar la velada con unas lindas acompañantes.
Pero todas me parecen... interesadas.
Así que, con disimulo, regreso a la habitación del hotel y decido darme un baño. Sin embargo, un inesperado golpe en la puerta me detiene.
—Seguro es la bebida que pedí.
A pesar de estar casi listo para meterme a la ducha, decido abrir la puerta. Pero para mi sorpresa, no era el encargado del servicio. Era una mujer.
Llevaba un disfraz de gatita acompañado de un antifaz que cubría gran parte de su rostro.
—O-oye, ¿estás bien?
La joven castaña niega con la cabeza y, por la manera en que camina, enseguida comprendo que está borracha.
—P-por favor... ¿puedo quedarme aquí?
Intenté negarme, pero había algo en sus ojos, en su olor, que me impedía hacerlo. Además, aquel atuendo tampoco ayudaba demasiado a mantener bajo control mis impulsos.
«Es solo una noche. Una noche sin compromiso»
La mujer, que parecía tan ansiosa como yo, se lanzó a besarme, un largo e intenso beso, y aquel fue el comienzo de una noche desenfrenada y nada tranquila.
Ella seguía sin quitarse el antifaz mientras sus manos recorrían mi pecho. Parecía inexperta, pero curiosamente, eso solo hacía que todo resultara mucho más interesante.
—¿Y cómo te llamas misteriosa gatita?.—Indago al verla bajarse la parte superior de su atuendo y mostrar unos hermosos pechos con pezones rosados.
—Mmm, no sé, solo quiero que me cojas.—Sonrío ante tal respuesta.
Hago lo que pide, me quito la toalla, ansioso como nunca antes de probarla. No es que no haya tenido antes sexo con otras, pero esta mujer hace que pierda la cordura.
Poco a poco, subo hasta llegar a ella, que continúa mostrando una imagen pecadora y demasiado tentadora.
—Bésame, príncipe... bésame hasta...
No le permito terminar y la beso.
Su sabor es delicioso, exquisito, incluso mejor que el whisky. Ella se aparta apenas unos segundos y desliza sus manos hasta encontrar las mías, guiándolas hacia sus caderas.
—Tómame... ya no puedo, príncipe.
—¿Segura?—La hago girar, dejando que nuestras miradas vuelvan a encontrarse.—Porque una vez que comience, no pienso detenerme.
La dama no me responde, al contrario, empina más aquel hermoso trasero y ladea un poco rostro, mueve sus cabellos a un lado, suficiente para verla morderse el labio.
—Bien, tú lo has pedido, gatita.
Tomé mi corbata y até sus manos por detrás, así solo tendría el control absoluto, y ella sería mi puta, a mi merced. Un deseo morboso que pensaba cumplir hoy.
—E-espera, u-usa condon, ¿Sí?
—Tranquila, no será necesario, soy estéril.—Me acerco por detrás y le susurro al oído.—¿No es una mejor opción, gatita?
—Sí...creo sí...—Ahora soy yo quien se muerde el labio.
—Y ahora, voy a estar dentro de mí.—Me abro paso, ante su estrecha vagina.—¿Lo sientes?
—Sí, sigue.—Gimotea.—Quiero sentirte más.
Contenerme es casi imposible. La paciencia no es mi mejor virtud, y la sensación que estoy sintiendo de entrar lento, y ser un caballero, me importan un maldito comino.
Así que de un solo tirón, entro en ella, que se estremece, yo igual.
_¡Ahhhh!.—grita al sentirme por completo.
«Bien, no me culpes gatita»
Lo siguiente que sigue, son unas brutales embestidas, gritos, jadeos y la más maldita erótica experiencia de mi vida. Una sensación orgásmica que se repite varias veces durante la noche, dejándome completamente seco—por primera vez en mi vida—hasta que tras el último clímax, nos lleva a caer agotados sobre la cama.
La gatita ronronea sobre mi pecho, con los ojos cerrados y la respiración todavía agitada. Yo, aún excitado, le doy un último beso en los labios, disfrutando de aquellos suaves y deliciosos labios.
—¿Quién eres, gatita? ¿Quién?
Estoy a punto de quitarle el antifaz, pero...
—Señor Blackwood, tiene una llamada de su madre. Dice que es urgente.
—Carajo.—Mascullo, molesto por aquella interrupción, aunque tampoco puedo dejar a mi madre esperando.—Ya voy.
Me visto lo más rápido que puedo y bajo hasta el lobby del hotel.
—Espérame, gatita. Enseguida vuelvo.
Pero, para mi mala suerte, cuando regreso, aquella gatita con la que cumplí algunas de mis más morbosas fantasías ya no está.
Mi gatita se había escapado.Y encontrarla...
Fue prácticamente imposible.