CAPÍTULO 9

1947 Words
Capítulo 9 Matrimonio, la unión de dos personas que se aman, es por eso qué, prometen ante un poderoso Dios en las alturas, quererse, respetarse y amarse por el resto de la eternidad. Es un compromiso divino consentido por la vida mientras es envidiado por la muerte, propietario de la firma autor en los sueños más bonitos así cómo también en las metas que se establecen jurando cumplir algún día. Si me hubieran dicho hace meses que me encontraría hoy de rodillas en una vía pública de la capital de lo país con un anillo en mis manos y el corazón acelerado a mil pulsaciones por segundo esperando una respuesta que me hiciera el hombre más feliz de todas las galaxias conocidas y por conocer, seguramente no lo hubiera creído, nunca fui una persona romántica, es difícil predecir el futuro, pero tengo que quitarme el sombrero para saludar con una respetuosa reverencia a las vueltas que da la vida. Mi novia, la mujer que más he amado en este plano terrenal, luego de mi madre, estaba completamente impresionada, cubría su boca utilizando sus manos, incapaz de pronunciar palabra alguna, dando pequeños brincos de alegría mientras comenzaba a agitar sus manos, las risas y el llanto luchaban una batalla épica en su garganta para decidir quien salía primero al mundo exterior, resultando en una extraña expresión de sonrisas con lágrimas pero aún siendo imposible que generara palabras. Suspiró profundamente, se tranquilizó a sí misma con toda la calma del mundo mientras el asfalto sumamente caliente por las altas temperaturas de la Habana quemaban mi rodilla, pero el sentimiento de amor era mucho más fuerte que cualquier afección humana. No era capaz de emitir palabras así que asintió con su cabeza en repetidas ocasiones tratando de contener la emoción, algo que ni siquiera intenté, sin pensarlo me dejé llevar por la euforia del momento, fue algo tremendamente mágico, recuerdo claramente que subí a la baranda de concreto que conformaban el malecón y qué gritaba con "Si" con todas mis fuerzas en dirección de la playa, quería que el resto del mundo me escuchara, esperaba que todos los países voltearan hacía mi isla olvidando su desden para con nosotros los cubanos, subido, estando de pie sobre esa baranda de concreto grité y grité tan fuerte hasta que sentir mi garganta a punto de estallar, por un segundo pude saborear como se siente ser el dueño del mundo. En tu vida, existe la posibilidad que tengas mucho dinero y todas las cosas materiales que desees, pero inexorablemente, serán estos momentos de felicidad plena lo único que tendrá valor para tí en tu lecho de muerte. La refrescantes brisas provenientes de las antillas, soplaba en mi rostro engrandeciendo mi alma, enriqueciendo mi espíritu, fue espectacular experimental esa sensación de poder absoluto, en ese preciso momento comprendí, una cosa muy importante, no necesitas dímero para ser el hombre más feliz sobre la faz de la tierra, sólo necesitas encontrar a tu alma gemela, estas frases siempre me parecieron insulsas y vacías, pero ahora todo había cambiado, la aceptación de Virginia para ser mi esposa, abrió mis ojos a un mundo nuevo, un mundo de cuentos dónde todo era posible. Bajé de esas barandas para besar los labios de mi prometida, beso tras beso y no quería parar de besar sus labios es increíble como estar con las personas que amas, termina convirtiéndose en una adicción tan agradable, aquello se transforma en tu religión, tu fuente de poder, el río que emana agua fresca que te brinda las ganas de seguir viviendo porque entiendes claramente que la vida es bella aún con su infinidad de injusticias y vale la pena vivirla aprovechando cada segundo, disfrutando al máximo cada momento al lado de ese ser especial, para mí en particular, los labios de Virginia era altamente adictivos, es científicamente imposible que algo pueda ser cada vez más dulce tras cada vez que lo pruebas, pero el amor es así, no conoce de lógicas ni de ciencias, tal vez por ello es tan perfectamente caótico. Existe un viejo proverbio c***o que asegura lo siguiente, esta leyenda asegura que cuando finalmente morimos, nuestra alma, queda atrapada en un recuerdo de nuestra elección, y que allí estaremos infinitamente repitiendo un ciclo interminable, supongo que para elegir algo tan importante debe pensarse muy bien, pues, en mi caso no tengo absolutamente nada que pensar, quisiera pasarme el resto de la eternidad observando el hermoso rostro de Virginia lleno de lágrimas y asintiendo con la cabeza mientras que yo grito mi felicidad al mundo con todas mis fuerzas hasta que el tiempo deje de ser tiempo. Continuamos nuestro rumbo sabiendo que ya nada era igual, ahora todo tenía un color de rosas, las rosas blancas que Virginia exhibía con tanto orgullo, eramos dos locos tomados de la mano paseando en un mundo de calles desiertas y personas con rencores por tradición, fuimos dos puntos coloridos en medio de una sociedad gris, extenuada por los embates del tiempo, los bloqueos económicos y los caprichos de políticos ignorantes en el tema del amor, la compresión y el respeto por la felicidad del otro. Eso eramos Virginia y yo, la pareja que siempre sonreía al pasar, la cuarta cucharada de azúcar en el café, el borrador que eliminaba el acento en la palabra "Amén" y la transformaba en un mensaje que contenía el secreto para la felicidad. Sentados en la orilla de la playa, toda la inmensidad de la arena nos servía como nuestro sillón personal, el inconfundible sonido de las olas rompiendo antes de transformarse en espuma salada nos servía como único testigo del amor que nos juramos, estoy seguro que si alguien va a esa playa en la Habana y escucha con mucha atención, escuchará entre los sonidos del mar un mínimo susurro que dice " Te Amo Virginia". - ¡quedé totalmente sorprendida con esas rosas colocadas allí! , ¿cómo hiciste para dejarlas en ese lugar y tener tiempo para volver conmigo? . - preguntó mi prometida recostada de mi pecho mientras contemplábamos el horizonte. - ¡un buen mago jamás revela sus secretos! . - respondí con una pequeña sonrisa. - ¡¡¡Isócrates!!! , ¡claro, así fue cómo pudiste estar seguro de que nadie más las tomaría! . - dijo Virginia sonriendo sorprendida. Mientras yo sólo respondía con sonrisas. - ¿crees que realmente seremos felices allá? . - preguntó calladamente Virginia mirando fijamente al horizonte, dónde se supone, estaría la florida. - ¡no lo creo . . . estoy seguro! . - afirmé con mucha sobriedad tomando sus mejillas y mirándola a los ojos. - ¡oh! , ¡otra cosas que quería preguntarte Aramis! . ¿cúando será la ceremonia? . - preguntó Virginia inocentemente. - ¡eeeh! , ¡cómo en cuatro horas! . - respondí haciendo un gesto sarcástico de mirar mi reloj de pulsera aunque no traía uno. - ¿qué? , ¿cuateo horas? , ¿pero te has vuelto completamente loco? . - dijo Virginia levantándose asombrada. - ¡si! , ¡existe un lindo lugar cerca de tu casa el cuál es muy discreto dónde podremos casarnos sin que tu padre se entere, en este momento tu madre y mi amigo Isócrates, se encuentran adornándolo para llevar a cabo la ceremonia, también convencí al cura de la parroquia para casarnos en secreto durante la noche. Sin lujos, sin muchos invitados, y sin que nadie lo sepa, pero seremos esposos antes los ojos de Dios que es lo único que importa . - respondí con mucho orgullo jugando con su cabello. - ¡la verdad no me importa dónde sera nuestra boda, siempre que esté a tu lado ese lugar, será perfecto. - respondió Virginia Agreste, la mujer que cambió mi mundo y lo transformó en un paraíso. - ¡No lo intentes Virginia, por más que trates, no lograras que me enamore aún más de ti. Ya te amo con todo el sentimiento que puede generar mi corazón. - le dije mirando sus ojos, esos espejos en la ventana de su alma que reflejaban pasión y transmitían felicidad. - ¡es hora de irnos Virginia, tu madre debe arreglarte antes de que el cura llegue al lugar indicado. - le dije tomando su mano para marcharnos. Me había convertido en todo un manojo de nervios, no entendía porque sentía tanto miedo. Cuando estaba completamente seguro de que Virginia aceptaría darme en sí en sagrado matrimonio, además sólo estaríamos cinco personas en la ceremonia. Pero aún así temblaba, aún no sé si esto era provocado por la emoción o la ansiedad, pero el momento de acercaba y debía demostrar seguridad. Al llegar al lugar elegido para llevar a cabo el casamiento fue como entrar a un sueño estando despierto, bajo la protección de la naturaleza, en los confines del río dónde ví desnuda a Virginia por primera vez los arreglos, las flores, un pequeño arco hermosas telas de colores colocado especialmente para ella y para mí. Es increíble como de cosas tan sencillas, de objetos que vemos al diario, pueden nacer obras de artes tan magistrales. Siempre lamenté no tener el dinero suficiente para celebrar una enorme boda con muchos lujos, por todo lo alto como lo merecía la mujer de mi vida, pero finalmente comprendí, que no se trata de prestigio, se trata de el amor que sientas por esa persona y viceversa. Mi mejor amigo Isócrates Campos obviamente tenía que ser el padrino de mi boda, el único ser humano parado a mi lado en ese lugar frente al cura de la parroquia y el pequeño arco que aguardaba por la unión de dos almas gemelas que se amaban con locura. De pronto, entre los árboles que nos rodeaban, bajo la luz de la luna, apareció la novia más bonita que ha podido existir en la historia de el universo, ese vestido carecía de glamour y confecciones costosas, pero era vasto en amor de madre, puesto que fue la precisamente la madre de Virginia, quien pasó toda la noche anterior realizándolo a mano con algunas cortinas viejas que guardaba en su casa. Jamás la pobreza ha sido. Ni será sinónimo de impotencia. Tomada del brazo de su madre, Virginia Agreste llegaba al altar llevando en sus manos el ramos de rosas que le había regalado horas antes. La ceremonia inició entre oraciones, sermones y votos de amor, lo que más recuerdo de ese ritual es la expresión de felicidad en el rostro de Virginia cada que volteaba a mirarla, luego de entregar los anillos, la celebración finalizaría con un apasionado beso digno de la mejor novela de amor jamás escrita. Luego de la boda, el lugar privilegiado para nuestra luna de miel sería debajo del muelle de la playa, una sabana blanca nos serviría de cama, la luna y estrellas serían nuestras linternas personales, como música clásica, teníamos las olas del mar, la mejor orquesta de la naturaleza. Ambos de rodillas y frente a frente tomados de la mano, mirándonos a los ojos sin emitir palabras pero diciéndolo todo con nuestras pulsaciones que latían en un mismo ritmo, ese día nos entregamos en cuerpo y alma, fuimos un sólo ser en una velada inolvidable. Nunca me cansaré de decir que la vida es innecesariamente irónica, mientras Virginia y yo realizábamos un juramento de amor, en otro lugar de la isla se llevaba a cabo otro juramento, pero en este caso, era un compromiso de odio. Amelia Campos tomaba el cuchillo más afilado que hallaría en la cocina para guardarlo en su mochila, prometiéndose a sí misma que nunca más Joaquín Perez volvería a hacerle daño.
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