6

1478 Words
Ya en la comodidad de mi cama, no puedo dejar de preguntarme cosas. ¿Cómo es posible que haya lobos y vampiros? ¿De dónde aparecieron y por qué tan repentinamente? ¿Por qué solo me rodean a mí? ¿De verdad puedo confiar en Edwin? Gruño y no dejo de dar vueltas, sobrepensando. Va a ser una noche larga, sin dudas. Necesito respuestas, y sé que no voy a encontrarlas en un libro de fantasía. No puedo dejar de pensar en todo lo que ha ocurrido. La idea de lobos y vampiros no solo es surrealista, sino aterradora. ¿Por qué me está pasando a mí? ¿Por qué Edwin? Y, sobre todo, ¿qué quiere de mí? Las preguntas giran en mi cabeza, negándome cualquier posibilidad de descanso. Doy vueltas en la cama, enredándome entre las sábanas como si eso pudiera atrapar las respuestas que necesito. Miro el reloj; las horas pasan y la oscuridad se siente más pesada. Mi mente sigue trabajando, sin detenerse, mientras el mundo a mi alrededor duerme. De repente, siento un peso en la cama. Mi cuerpo se tensa al instante. El pulso se me acelera cuando giro lentamente la cabeza. Ahí está Edwin, sentado en el borde de mi cama, observándome con una expresión que mezcla preocupación y algo más que no puedo descifrar. —Edwin —susurro, la sorpresa evidente en mi voz—. ¿Qué estás haciendo aquí? Él se inclina hacia mí, y al hacerlo, noto algo que no había percibido antes. Su piel no es fría como debería ser la de un vampiro; es cálida, casi reconfortante. Lo miro, confusa. —Tu piel... —digo, dejando que la frase quede colgada en el aire. —No todo es como lo describen en los libros, Eugenia —responde en tono burlón, con una pequeña sonrisa en los labios, pero hay algo más detrás de esa sonrisa, algo que no puedo identificar. Me quedo mirándolo, esperando una explicación. Edwin suspira, y en la penumbra de la habitación, sus ojos parecen brillar. —No soy como los otros vampiros —admite finalmente, sin apartar la mirada de la mía—. Hay mucho que no entiendes aún, pero quiero que sepas que no tienes que tenerme miedo. No a mí. Quiero creerle, pero no puedo ignorar el hecho de que la noche ha sido una locura de revelaciones y encuentros sobrenaturales. Necesito respuestas, pero no sé si estoy preparada para lo que puedan significar. —Entonces... ¿por qué estás aquí? —pregunto, tratando de mantener la calma. Edwin me mira por un largo momento antes de responder, como si estuviera decidiendo cuánto decirme. —Estoy aquí porque quería asegurarme de que estés bien —dice finalmente—. Y también porque no quería que pasaras esta noche sola. Sus palabras deberían reconfortarme, pero solo añaden más preguntas. ¿Por qué me protegería un vampiro? ¿Qué hay en mí que lo hace querer quedarse? —Quiero saber la verdad —insisto, sentándome en la cama—. ¿Qué está pasando realmente, Edwin? Su expresión se oscurece un poco, pero asiente, como si hubiera esperado esta pregunta. Edwin se queda en silencio por un momento, su mirada fija en la oscuridad más allá de la ventana. Finalmente, vuelve a mirarme, y veo algo que nunca había visto en él: una mezcla de tristeza y añoranza. —Hay algo que necesito que sepas, Eugenia —comienza, su voz suave pero cargada de emoción—. No eres la primera mujer que me importa… y no eres la primera mujer por la que lucharía. Eres increíblemente parecida a alguien que amé hace mucho tiempo. Su nombre era Isabella. Y no solo yo la amaba... Mauricio también. Mi corazón se detiene por un segundo al escuchar ese nombre. Me quedo inmóvil, sintiendo el peso de sus palabras. —Isabella era hermosa, valiente, y tenía un espíritu libre, muy parecido al tuyo —continúa, sus ojos llenándose de recuerdos—. Ambos estábamos locamente enamorados de ella, pero al final, ella eligió quedarse conmigo. Mauricio nunca pudo aceptarlo. Después de que Isabella murió, juró que, si alguna vez volvía a encontrarla, en cualquier vida futura, haría todo lo posible por vengarse. Los vampiros sabemos que las reencarnaciones existen, y aunque el cuerpo pueda cambiar, hay almas que son idénticas. Me quedo en silencio, procesando lo que acaba de decir. ¿Isabella? ¿Reencarnaciones? Nada de esto parece real, pero al mismo tiempo, todo comienza a encajar de una manera aterradora. —¿Cuántos años han pasado desde entonces? —logro preguntar finalmente, mi voz apenas un susurro. Edwin baja la mirada por un momento, como si el tiempo fuera un peso que ha llevado durante demasiado tiempo. —Han pasado más de dos siglos —responde con un suspiro—. Dos siglos desde que la perdí, pero cuando te vi por primera vez, supe que una parte de ella había vuelto a mí. Y también supe que Mauricio lo sabría, lo sentiría. Eso es lo que nos ha llevado a este punto, Eugenia. Tú no eres solo una chica más para nosotros... eres mucho más que eso. Las palabras de Edwin me dejan sin aliento. La idea de que estoy en medio de un conflicto que ha estado hirviendo durante siglos es abrumadora. Pero más allá de la confusión y el miedo, hay algo en su mirada que me dice que, a pesar de todo, Edwin está dispuesto a hacer lo que sea para protegerme, tal como lo hizo en su vida anterior. —¿Y los lobos qué tienen que ver con todo esto? —Ellos sabían que cuando volviera a reaparecer Isabella, o su alma, habría una lucha entre los vampiros malos y los buenos, que pondrían en peligro a todos los humanos y expondría a los mundos que tienen que estar en las sombras. Están intentando cazarnos o, en todo caso, matarte. —¿Matarme? ¿Por qué a mí? —cuestiono con voz temblorosa. —Porque eres el motivo de la guerra. Si tú no hubieras vuelto, no se desataría el caos. El frío que recorre mi cuerpo no tiene nada que ver con la temperatura de la habitación. Las palabras de Edwin me golpean con la fuerza de un martillo, dejándome aturdida y paralizada. —No entiendo... —susurro, tratando de procesar lo que me acaba de decir—. ¿Cómo puedo ser el motivo de una guerra? Yo no soy nadie... solo soy Eugenia, una persona normal. Edwin niega lentamente con la cabeza, sus ojos llenos de una tristeza profunda. —No eres solo Eugenia, al menos no para ellos —explica, su voz suave pero firme—. Eres Isabella, o mejor dicho, su reencarnación. Para los vampiros que conocían a Isabella, tu regreso significa que los viejos conflictos, las rivalidades, y las pasiones que una vez definieron sus vidas están de vuelta. Los vampiros que amaban a Isabella quieren protegerte, pero aquellos que la odiaban... no pueden permitir que vivas, porque tu existencia reabre viejas heridas y amenazas el frágil equilibrio que existe en nuestro mundo. —Entonces, ¿soy una especie de... chispa que enciende todo? —pregunto, tratando de encontrar sentido a todo esto. —Exactamente —responde Edwin—. Eres la chispa que podría desatar un incendio incontrolable. Y los lobos lo saben. Por eso están tan decididos a asegurarse de que esta vez no haya oportunidad para que esa chispa prenda. Un nudo se forma en mi garganta, y me cuesta respirar. De repente, todo lo que creía saber sobre mí misma se siente insignificante frente a esta revelación. —Pero yo no soy Isabella —digo, casi suplicante—. No recuerdo nada de ella, no soy responsable de lo que ella hizo. —Lo sé —Edwin aprieta mi mano con un poco más de fuerza—. Pero en el mundo sobrenatural, el pasado tiene un peso que no se puede ignorar. Y mientras existas, ellos verán en ti a Isabella, no importa cuánto te esfuerces por ser solo Eugenia. El pánico comienza a tomar el control, y me doy cuenta de que estoy en un juego en el que nunca quise participar, un juego en el que mi vida y la de muchos otros está en juego. —¿Y qué hacemos? —pregunto, con la voz quebrada—. ¿Cómo podemos detener algo que parece tan... inevitable? Edwin me mira con una determinación feroz en sus ojos, una promesa silenciosa de que no dejará que nada me suceda. —Lucharemos, Eugenia —dice con firmeza—. Lucharemos por tu vida, por tu derecho a ser quien quieras ser. No dejaré que te hagan daño, y juntos encontraremos la manera de poner fin a esta guerra antes de que comience.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD