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1347 Words
Cuando despierto al otro día, vuelvo a estar sola. El recuerdo de Edwin y de cómo me dormí entre sus brazos anoche está solo en mi mente, ni siquiera sé si es verdad o si es mi imaginación. Todo esto me parece una locura. ¿Isabella? ¿Vida pasada? ¿Reencarnación? Leí suficientes libros en mi vida como para saber que todo eso es fantasía, pero ahora… Suspiro y me estiro en la cama, juntando fuerzas para levantarme. Me quedo un momento más en la cama, mirando el techo mientras mi mente se enreda en pensamientos confusos. ¿Cómo es posible que todo lo que conozco, todo lo que siempre pensé que era real, esté siendo cuestionado de esta manera? Es como si mi vida se hubiera convertido en un libro de fantasía, pero yo soy la protagonista, y no estoy segura de si me gusta. Finalmente, me obligo a levantarme. Mis pies tocan el suelo frío, y esa sensación me ancla un poco más en la realidad. Me dirijo al baño, buscando algo de normalidad en mi rutina diaria. Mientras me lavo la cara, el reflejo en el espejo me devuelve la mirada de una mujer que parece igual de desconcertada que yo. —Isabella… —murmuro el nombre en voz baja, probando cómo suena en mis labios. ¿Cómo puedo ser alguien que no recuerdo haber sido? ¿Y por qué eso me hace tan especial, o más bien, tan peligrosa? Mientras camino hacia la librería, mi mente no deja de dar vueltas sobre todo lo que ha sucedido. Todo parece sacado de una historia de ficción, pero aquí estoy, viviendo esta locura en carne propia. Necesito respuestas, y no sé a quién acudir. Graciela, la mejor amiga de mi madre, podría ser una opción ya que hace lecturas de cartas de tarot y sabe algo acerca de las vidas pasadas, pero no me siento cómoda confiándole todo esto. Ella es del tipo que comparte todo con mi madre, y eso es lo último que necesito. Tal vez María pueda ayudarme de alguna manera. Al entrar en la librería, encuentro a mi compañera acomodando libros en el mostrador. Su expresión despreocupada me da un poco de tranquilidad, aunque mi estómago sigue hecho un nudo. ¿Cómo le voy a preguntar algo así sin sonar como una completa chiflada? Dejo que pase un poco de tiempo antes de acercarme a ella. —Oye, María, ¿tú conoces a alguien que sepa sobre… vidas pasadas? —suelto, intentando sonar casual, aunque por dentro estoy en pánico. María levanta la vista, llena de curiosidad. Siento un pequeño nudo de nervios en la garganta. —¿Vidas pasadas? Vaya, eso sí es raro de oír viniendo de ti. Pues, sí, conozco a alguien. Una clienta de la librería que viene por libros de esoterismo. ¿Por qué lo preguntas? —Oh, solo por curiosidad —miento, forzando una sonrisa—. Me crucé con algo en internet y me dio curiosidad. María asiente, aunque es evidente que no está del todo convencida. —Claro, curiosidad —expresa con tono burlón—. Te paso el contacto si quieres, pero… cuidado con esas cosas, Eugenia. A veces es mejor no meterse en temas que pueden ser un poco turbios. Aprecio su advertencia, pero siento que no tengo elección. Necesito entender qué está pasando. María me pasa el contacto de Ester, una supuesta experta en esoterismo y vidas pasadas. Mientras lo anoto en mi teléfono, la campanilla de la puerta de la librería suena, anunciando la entrada de un cliente. Agradezco a María rápidamente y me dirijo al mostrador, intentando despejar mi mente de las conversaciones extrañas. El cliente es un hombre mayor, de aspecto amable, con gafas redondas y un sombrero de ala ancha. Se acerca a mí con una sonrisa y una lista en la mano. —Buenos días —saluda, con un tono tranquilo—. Estoy buscando un libro que encargué la semana pasada. ¿Podrías verificar si ya ha llegado? —Por supuesto —respondo, sonriéndole de vuelta—. ¿Cuál es el título? —"El jardín secreto de la mente" —responde, mientras me entrega su lista para asegurarse de que no me equivoque. Reviso rápidamente en el sistema y, efectivamente, el libro está en el depósito, listo para ser recogido. —Ya llegó, solo necesito ir al depósito a buscarlo. No tardo. El hombre asiente y se queda esperando en el mostrador mientras me dirijo hacia la parte trasera de la tienda. A medida que me acerco al depósito, la sensación de inquietud vuelve a surgir. El lugar está más frío de lo habitual, y una extraña opresión en el pecho me acompaña mientras busco el libro entre las estanterías llenas de polvo. Finalmente, encuentro el volumen de "El jardín secreto de la mente" en una de las estanterías más altas. Al estirarme para alcanzarlo, noto que mi mano tiembla ligeramente, como si algo dentro de mí ya supiera lo que está por venir. Cuando bajo el brazo y me doy la vuelta, lo veo. Mauricio está allí, de pie junto a la puerta del depósito, observándome con esa intensidad que me hizo estremecer la primera vez que lo vi. Su presencia llena el pequeño espacio, haciendo que el aire se sienta pesado y cargado de electricidad. —Eugenia —dice con voz suave, pero cargada de malas intenciones—. Me alegra encontrarte sola. Mi corazón late con fuerza en mi pecho, pero intento mantener la calma. Doy un paso hacia atrás, chocando contra la estantería detrás de mí. —Mauricio, ¿qué estás haciendo aquí? —pregunto en un susurro. —Vine a reclamar lo que siempre ha sido mío —responde, dando un paso hacia mí. La distancia entre nosotros se reduce, y la intensidad en sus ojos es abrumadora. Siento el calor de su aliento y el olor a sándalo que lo rodea. El miedo se apodera de mí, pero también hay algo más, una atracción involuntaria que me asusta aún más. Sus ojos brillan con una mezcla de deseo y posesividad que hace que me sienta atrapada. —No soy Isabella —digo, intentando sonar firme, aunque mi voz tiembla ligeramente. Mauricio sonríe, un gesto que es tanto seductor como peligroso. —No, no lo eres —responde, mientras levanta una mano y la pasa suavemente por mi mejilla—. Pero llevas su alma, y eso es lo único que me importa. Me siento dividida entre el impulso de empujarlo lejos y la extraña sensación de familiaridad que su toque provoca en mí. Cierro los ojos, intentando aclarar mi mente, pero su cercanía me consume. —Mauricio, esto no está bien… —murmuro, luchando por mantener la cordura. —No puedes negarlo, Eugenia. Lo que siento por ti va más allá del tiempo y del espacio, y sé que también lo sientes —su voz es un susurro cálido en mi oído—. Eres mía, siempre lo has sido. Mi respiración se vuelve errática, y mi mente se llena de confusión. Abro los ojos, decidida a no dejarme llevar por sus palabras. —No soy Isabella, y nunca seré tuya —replico con más fuerza de la que siento realmente. Mauricio se detiene por un instante, su expresión cambia, y puedo ver un destello de dolor en sus ojos, pero rápidamente es reemplazado por esa misma determinación posesiva. —Tal vez no hoy, pero el destino siempre nos une de nuevo, Eugenia. Esta vez no te dejaré ir. El aire en el depósito se siente cada vez más denso, y aunque quiero apartarme de él, me siento incapaz de moverme. Entonces, escucho la voz de María, llamándome desde la tienda principal, preguntándome si está todo bien. Mauricio suelta un suspiro, como si el momento se hubiera roto, y retrocede ligeramente, aunque sus ojos no se apartan de los míos. —Nos veremos pronto, Eugenia —promete antes de desaparecer en la penumbra del depósito, dejándome sola con el libro en las manos y el corazón acelerado.
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