Salgo del depósito con pasos pesados, como si algo invisible estuviera tirando de mis pies. Mis manos tiemblan, todavía aferradas al libro que ni siquiera recuerdo haber recogido. Intento tomar aire, pero siento que el pecho se me cierra.
María está en el mostrador, atendiendo a un cliente. Me lanza una mirada rápida, arqueando una ceja, pero el hombre que me estaba esperando desvía mi atención. Él me observa con expectación, como si llevara siglos aguardando.
Me detengo frente a él, obligándome a sonreír, aunque sé que parece forzada.
—Aquí tiene su libro —digo, entregándole el ejemplar con manos temblorosas.
El hombre asiente con una sonrisa educada, toma el libro y se marcha sin notar el caos interno que estoy viviendo. Mientras la puerta se cierra tras él, siento que el aire regresa lentamente a mis pulmones, pero antes de poder recuperarme del todo, la voz de María me vuelve a traer a la realidad.
—¿Todo bien? —pregunta, pero no puedo responder. Mi boca está seca y mi cabeza es un torbellino. Me siento como una espectadora en mi propio cuerpo, atrapada en la escena de una película de terror.
Espero, en silencio, hasta que el otro cliente se va. Apenas suena la campanilla cuando María vuelve a dirigirse a mí, esta vez con más urgencia.
—Eugenia, ¿qué pasa? Pareces haber visto un fantasma.
Me dejo caer en la silla detrás del mostrador, suspirando. Miro a María, mi respiración aún agitada, y finalmente suelto lo que he estado intentando procesar desde que salí del depósito.
—Creo... creo que me estoy volviendo loca, María.
Ella suelta una risa suave, aunque preocupada.
—No me digas que sigues con eso de los vampiros. —Se inclina hacia mí, apoyando los codos en el mostrador—. Te dije que tanto libro de ficción iba a hacerte mal.
La miro con incredulidad, incapaz de explicar que lo que acabo de vivir no es solo parte de una imaginación desbocada. Esto es real, pero ¿cómo se lo explico? ¿Cómo le digo que tengo dos vampiros detrás de mí? ¿Qué una manada de hombres lobo está intentando impedir una guerra por mi culpa? ¡Hasta yo siento que es una locura!
María me observa, esperando una respuesta, pero ¿qué puedo decirle? No es como si pudiera soltar de golpe todo lo que está pasando sin que me mire como si hubiera perdido la cabeza. Me paso una mano por el cabello, tratando de organizar mis pensamientos, aunque sea un poco.
—María, no es solo eso... —comienzo, dudando si continuar—. Es que... hay cosas que están pasando. Cosas que no tienen sentido.
Ella se me queda mirando un momento, con una mezcla de curiosidad y preocupación.
—¿Qué cosas? —pregunta, más seria ahora.
Respiro hondo, pero no sé por dónde empezar. ¿Le cuento lo de Edwin? ¿Lo de Mauricio? ¿O mejor le digo que los libros no tienen nada que ver y que el mundo entero parece haberse vuelto loco a mi alrededor?
—No sé cómo explicarlo sin que suene ridículo —susurro, más para mí que para ella.
María me estudia con detenimiento antes de hablar.
—Mira, Eugenia, sé que a veces las cosas pueden parecer extrañas, pero no creo que estés loca. Tal vez solo necesitas tomarte un respiro de tanto misterio y ficción. ¿Qué tal si hacemos algo divertido este fin de semana? Una salida, solo para despejar la mente. Invitamos a Lola y Francisco…
La idea de desconectarme de todo por un rato suena tentadora, pero sé que no es tan sencillo. Lo que está pasando no es algo de lo que pueda escapar tan fácilmente. De alguna manera, me he visto arrastrada a esto y, por más que quiera, no puedo fingir que no es real.
—Puede ser —respondo finalmente, intentando sonar más tranquila de lo que me siento—. Tal vez sea buena idea.
María me sonríe, dándome una palmada suave en el hombro.
—Eso es lo que necesitas. Ya verás cómo todo se siente menos caótico después de emborracharte un poco. —Me guiña un ojo y no puedo evitar soltar una risita.
El resto del día transcurre en una neblina de pensamientos. Mientras atiendo a los clientes y organizo libros, no dejo de pensar en lo que me dijo María. "Despejarme" suena bien, pero no es como si pudiera evadir todo lo que está ocurriendo solo con un par de tragos y una salida con amigas.
Finalmente, cuando la jornada laboral termina, me despido de María y, sin mucho plan, me encuentro caminando hacia La Taza Mágica. Hay algo reconfortante en ese lugar; su ambiente acogedor y el olor a café recién hecho siempre me ayudan a poner las cosas en perspectiva. Quizá repetir mi ritual de los viernes me devuelva algo de la cordura.
Entro al café y el familiar sonido de la campanilla me recibe. Pido mi infusión de siempre y me siento en mi mesa favorita, junto a la ventana. Me quedo mirando la taza humeante, tratando de dejar que la calidez del ambiente me envuelva. Sin embargo, una sombra en la esquina de mi ojo me pone en alerta.
—Deberías haber aprendido la lección del viernes. —La voz de Edwin resuena a mis espaldas, y mi cuerpo se tensa de inmediato.
Levanto la vista y lo veo, de pie junto a la mesa, con esa mirada penetrante que me hace sentir atrapada, pero, esta vez, la rabia que he estado conteniendo todo el día sale a la superficie.
—¿Y por qué debería? —respondo en un susurro, con más agresividad de la que pretendía—. No voy a quedarme encerrada en mi casa por culpa de unos vampiros que jamás pedí conocer. Esto no es mi problema, Edwin.
Él me mira con algo que parece una mezcla de sorpresa y frustración, pero no retrocede. En su lugar, se sienta frente a mí, sin ser invitado.
—Lo que pasa es que ahora es tu problema —responde con tono suave, pero no menos firme—. Te guste o no, estás involucrada, y no quiero que te lastimen.
—¿Y crees que yo quiero estar aquí, atrapada en este lío? —Mi voz tiembla de la mezcla de furia y miedo—. No pedí esto.
Edwin me mira, sus ojos azules cargados de algo que no logro descifrar. Me siento atrapada entre la furia y el pánico, pero no voy a ceder. No esta vez.
—Sé que no lo pediste —contesta—. Pero eso no cambia el hecho de que ahora estás en peligro. Si sigues desafiando las advertencias, va a ser más difícil mantenerte a salvo.
—¡No me importa! —exclamo, sorprendiendo incluso a mí misma con el volumen de mi voz—. No voy a vivir mi vida huyendo, Edwin. No puedes esperar que me esconda porque tú y tus amigos inmortales tienen problemas entre ustedes.
Edwin aprieta la mandíbula y por un segundo pienso que va a replicar, pero en lugar de eso se queda en silencio, observándome como si intentara comprenderme mejor.
—No se trata solo de mí —responde finalmente—. Se trata de lo que viene. Mauricio no va a detenerse, y hay otros que ya saben de ti. Estás en el medio de algo más grande de lo que crees, Eugenia.
Ruedo los ojos, sintiendo una mezcla de impotencia y frustración. Es como si siempre estuviera un paso atrás, sin poder controlar nada de lo que me rodea.
—¿Cómo me libero de Isabella? —inquiero.
Me mira con expresión confundida.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Tiene que haber una forma de limpiar mis vidas pasadas, quiero liberarme de Isabella y hacer de cuenta que esto no existió jamás.
Edwin me mira, visiblemente desconcertado, como si no hubiera esperado que yo mencionara algo así.
—¿Limpiar tus vidas pasadas? —repite, inclinándose hacia mí—. Eugenia, no puedes simplemente borrar lo que eres o lo que fuiste. Isabella es parte de ti, de alguna manera. No puedes deshacer algo que ha estado conectado contigo por tanto tiempo.
Me cruzo de brazos, sintiendo una oleada de frustración. No quiero escuchar eso. Quiero una solución, algo que me saque de este caos.
—¿Y por qué no? —replico—. Yo no pedí ser arrastrada por toda esta historia de vampiros, vidas pasadas y maldiciones. Si Isabella es la razón por la que estoy atrapada en esto, entonces quiero deshacerme de ella. Quiero que todo desaparezca.
Edwin suspira, como si sopesara cada palabra que va a decir a continuación.
—No es tan sencillo. Isabella no es solo una sombra del pasado, Eugenia. Es parte de tu esencia, aunque lo niegues. Y si intentas “limpiarla” o eliminarla, podrías perder mucho más de lo que imaginas.
—¿Qué podría perder? —pregunto, mi voz cargada de desafío. No entiendo qué más podría tener en juego cuando ya siento que mi vida está patas arriba.
—Tu vida —responde él con firmeza, pero noto el dolor en sus ojos—. Podrías morir, Eugenia.
Las palabras de Edwin me golpean como una bofetada fría. Mi corazón se acelera y, por un momento, el mundo a mi alrededor parece detenerse.
—¿Morir? —repito en un susurro.
Él asiente, con la mirada clavada en la mesa, evitando mis ojos como si no quisiera ver mi reacción.
—Sí. Isabella es tu alma, no puedes vivir sin alma. En realidad, podrías, pero serías como un muerto viviente, una persona en trance, un estado vegetativo…
El concepto de vivir sin alma me aterra más que la idea de morir. ¿Una vida sin emociones, sin propósito? No sería vida en absoluto. Trago con dificultad, sintiendo un nudo en la garganta.
—¿Y ustedes? —pregunto de repente, sorprendida incluso de que mi mente haya ido en esa dirección—. Los vampiros... ¿tienen alma?
Edwin levanta la mirada lentamente. En sus ojos hay algo que no había visto antes, una mezcla de tristeza y resignación.
—Es complicado —responde después de una pausa—. Algunos dicen que la perdemos al convertirnos, que es el precio que pagamos por la inmortalidad. Otros creen que sigue ahí, solo que queda atrapada en la oscuridad. —Hace una pausa, como si eligiera con cuidado sus siguientes palabras—. Pero te diré esto: con el tiempo, los vampiros empiezan a sentir que lo que nos queda de alma se desvanece, se corrompe. Y cuando eso pasa... nos convertimos en algo mucho peor.
Me quedo mirándolo, procesando lo que me acaba de decir. No había considerado que los vampiros pudieran estar luchando con algo tan fundamental como el alma. Había pensado en ellos como criaturas que solo existían en la oscuridad, pero ahora, viendo el dolor en sus ojos, me doy cuenta de que la historia es mucho más complicada.
—¿Tú sientes que... te estás desvaneciendo? —pregunto, casi sin aliento.
Edwin baja la mirada de nuevo, sus manos se cierran en puños sobre la mesa.
—A veces —admite en un murmullo—. Y eso es lo que más me asusta, Eugenia. Porque si pierdo lo poco que queda de mí, no seré diferente de Mauricio o de cualquier otro monstruo que haya perdido el control.
Un escalofrío me recorre el cuerpo. Ahora no solo estoy enfrentando mis propios miedos, sino también los de Edwin. Y, de alguna manera, me siento más conectada a él en este momento. Ambos estamos luchando con algo que no podemos comprender del todo.