Al caer la noche Domingo aún respiraba. Su hija no se apartaba más que para comer. No había dormido desde su llegada hacia tres días y las bolsas bajo sus ojos la delataban. Suspiró cansada cuando su nana le indicó que debía bajar a pedido de Carlos. Odiaba hablar con él y en ese momento realmente no tenía ánimos para nada. En cuanto llegó al saloncito se quedó de piedra al ver a su primo acompañado por Vicente, no entendía qué estaba sucediendo y porqué el morocho la miraba con sus ojos tan fríos. Trató de controlar los nervios y se enderezó con orgullo. —Prima querida, te quiero presentar al señor Olavarría — Al ver que él actuaba como si fueran dos desconocidos decidió seguir el juego. —Un gusto, señor. Si hubiese sabido que recibíamos visitas me habría cambiado de ropa — explicó tra

