Luego de dos horas de intenso debate entre la joven y su amigo, Anselmo apareció en el saloncito. El hombre no había visto a su hermana ya que se encontraba en el campo terminando de solucionar unas cuestiones con algunos equinos que se negaban a obedecer. Llegó agotado, sucio y transpirado, pero con una enorme sonrisa en el rostro al ver de nuevo a la castaña en aquella bella finca. Sofía no dudó en abalanzarse a los brazos de su querido hermano y estrujarle la cintura mientras le contaba lo mucho que lo extrañaba. Anselmo le devolvió el gesto mientras miraba a Juan Pedro parado unos metros más allá. — ¿Y qué Dios ha sido el que nos regaló el milagro de tener a Juan acá? — preguntó haciendo sonreír al hombre. — En algún momento hay que volver, querido amigo — dijo acercándose a él para

