-Archer Hawthorne-
Me zafo la corbata con irritación, me siento cansado como la mierda y no hay manera en la que pueda descansar antes de esta noche. Me bajo del jet y en cuanto bajo veo mi auto aparcado dentro del hangar, pero no veo a William por ningún lugar.
Frunzo el ceño ante eso, pero luego recuerdo que el jet real no estaba disponible hoy y me pregunto qué carajos esté haciendo mi padre por estos días. No es que sus decisiones alguna vez las comente conmigo.
Después de dos semanas lejos de casa, ya es hora de regresar. Viajar por Europa para alimentar los lazos con nuestros aliados, me dejó agotado, pero siendo completamente sincero, prefiero estar saltando de un país a otro, antes de estar encerrado en esta isla que a veces me causa claustrofobia.
Amo mi país, no hay manera en que yo quisiera cambiar ese hecho alguna vez, pero mi rechazo está más vinculado con mi posición y menos con mis gustos o preferencias. Ser preparado para sentarme en el trono de Astley algún día en el futuro cercano ha sido una constante en mi vida y últimamente más pesado que de costumbre. Padre está demasiado raro, mencionando el tema de mi matrimonio como si le urgiera emparejarme de una vez. Lo que considero estúpido, porque no necesito ninguna mujer a mi lado para asumir mi cargo y gobernar como él y todos los ciudadanos esperan.
Ruedo los ojos y sigo mi camino, tratando de olvidar todo a lo que hoy estoy regresando.
El Rolls Royce se siente como casa cuando me subo. Pocas veces llevo chofer, a pesar de que debería ser estrictamente necesario. Pero me basta con los dos autos de seguridad que me seguirán en cuanto ponga este bonito y caro capricho fuera del aeropuerto. El asiento de cuero personalizado con el escudo real se siente como una segunda piel en cuanto me recuesto y me tomo un segundo para calmar mi frustración. Las manos en el volante me ofrecen algo de la libertad que necesito creer que tengo a la hora de tomar decisiones.
«Al menos por un segundo puedo fingir eso».
Es rara la manera en que se siente, porque sé que en mis manos hay más que poder y decisión, hay todo un reino esperando que los guíe en unos cuantos años. Y lo haré, no tengo dudas de mis alcances, de mi preparación, a fin de cuentas he sido moldeado para ello. Sin embargo, en segundos como estos, quisiera tener algo de voz en lo que mi propia vida respecta. Algo más que solo elegir conducir a solas a través de la ciudad que me vio crecer y donde se me respeta por ser el hombre, más que el príncipe, el heredero al trono.
Suelto un suspiro que parece más un gruñido y pongo el auto en movimiento. Salgo del hangar derrapando como si estuviera en una jodida carrera de autos y siento la adrenalina corriendo por mis venas cuando atravieso la cerca de salida y me alejo de los dos autos que deben seguirme para ofrecer seguridad.
Miro por el espejo retrovisor el momento exacto en que se dan cuenta que van a tener que pisar el acelerador a fondo para alcanzarme y el cosquilleo de la emoción corriendo por mis venas me ofrece algo de alegría en medio de todo.
Pocos minutos después me veo atravesando la ciudad por todas esas calles que me gusta caminar de vez en cuando y que estas dos semanas extrañé más de lo pensado. Espero que en cualquier momento mi guardia se presente, pero mientras me alcanzan, prefiero disfrutar de la soledad. Cuando me canso de dar vueltas por las calles que no están repletas de puestos vendiendo máscaras, tomo rumbo al palacio. En cuanto me incorporo a la avenida principal, veo que lo hacen los dos autos que deben custodiar mi traslado siempre. Y sonrío, porque me salí con la mía, aunque sea en algo tan sencillo como esto.
Tomo el camino que lleva al palacio y cuando atravieso la alta verja que protege el terreno real, siento que mi sonrisa se borra y todo lo que me atormenta regresa con más fuerza. Lejos queda el hombre que siente, en este lugar eso no está permitido.
Me bajo del auto en cuanto lo dejo en mi aparcamiento privado. El ala oeste es toda mía, ventajas de ser el príncipe heredero, por lo que estoy solo con mis pensamientos y alejado de todo lo que mi padre tiene que hacer en este lugar. Subo a mis habitaciones pensando cuánto tiempo le tomará a mi madre presentarse para recordarme que hoy es la Mascarada y espera mi asistencia, por más ridículo que sienta el hecho de aparecer en el piso superior al salón de baile como si fuera inalcanzable y ser anunciado con el resto de la familia.
Los largos pasillos me dan la bienvenida y casi que suspiro con alivio cuando nadie me intercepta.
Casi.
La esquina antes de tomar rumbo a mi habitación principal, me cruzo con alguien que esperaba no ver por un tiempo.
—Mi príncipe —la voz sin aliento de Olenna me llena los oídos y me cuesta mucho no contraer el rostro ante lo mucho que su presencia alimenta a mi parte ya irritada—, no sabía que estabas de regreso. Aunque esperaba que así fuera, porque no te pierdes ni una Mascarada.
Los ojos marrones de la mujer ante mí brillan con la victoria al tenerme ante ella. Y es mi culpa, para qué negarlo. Las veces que me la he follado le he hecho creer que realmente tiene una oportunidad conmigo y viendo la frustración que siento ahora, bien que podría desquitarme con ella.
Le dedico una sonrisa, la que está destinada a mojar y quitar bragas como si fuera un jodido hechizo. No soy muy partidario de las mujeres dóciles, me gusta el fuego del desafío, pero situaciones desesperadas necesitan soluciones desesperadas. Olenna van Holden es la hija del duque de Altair, se supone que esté prohibida para estas travesuras, pero no puedo hacer mucho cuando se me ofrecen de esta forma en mi propio terreno.
El duque lo entendería y creo, para mi mayor frustración, que la impulsaría a meterse en mi cama.
Deshago la distancia y los ojos de Olenna brillan con entusiasmo. Levanto mi mano y acaricio su mejilla, un ligero roce que le saca un gemido.
—No, no me lo pierdo —aseguro, recordando sus palabras de antes, mientras llevo mi mano hasta su larga trenza castaña y gruesa. Hago un puño y jalo, de repente la tengo a mi merced.
Olenna gime cuando el pinchazo de dolor del gesto la recorre. Inclino su cabeza hacia atrás y dejo su garganta al descubierto.
—¿Sabes que está prohibido recorrer esta parte del palacio? —Bajo mi boca hasta su cuello y sin tocarla del todo, paso mis labios por toda su piel expuesta. Ella jadea como un perro sediento—. No soy amante de los curiosos imprudentes que se mueven por mis habitaciones como si fueran suyas. ¿Estás en busca de un castigo?
La expresión de Olenna pasa por todo tipo de emociones. Pero la más fuerte de todas es la aceptación, la excitación que siente con solo verse sometida a mí de esta manera.
Arquea su espalda y su escote se pega a mi pecho. Miro sus tetas, recorriendo mi lengua por mi labio inferior; quizás sí que tengo hambre de ella después de todo. En momentos como este puedo olvidar quién es la mujer que tengo ante mí, las consecuencias de follarla hasta dejarla sin sentido y luego seguir mi camino. Varias veces la he llevado a la casa de la ciudad, solo por querer darme un capricho en una noche solitaria y abrumadora. Cogérmela en uno de mis dormitorios no será problema.
Tomo la decisión en una fracción de segundo. Gruño cuando suelto su cabello y la tomo por la cintura, la levanto y ella rodea sus piernas alrededor de mis caderas. Estrello mi boca contra su cuello y la llevo conmigo hasta la puerta más cercana. Olvidándome del príncipe azul y siendo el monstruo oscuro que ella vino a buscar.
Intenta tomar mi boca, pero basta otro gruñido para que se detenga.
—Ya sabes cómo funciona, Olenna, no me hagas pararlo todo.
La lanzo sobre la cama antes de recibir una respuesta de su parte, no estoy para sus dramas existenciales. Sabe bien que mi boca no es algo que comparto, no al menos contra la suya. Le toca conformarse con besos en el cuello si quiere más de esto.
La tomo por las caderas y la dejo en el borde del colchón, meto mis manos por debajo de su vestido sin dejar de mirarla y quito sus bragas sin preguntar nada más. Su mirada extasiada es suficiente; más sus propias manos sacando sus tetas de su minúsculo encierro en ese escote que no deja nada a la imaginación.
Mi polla está dura y lista para la acción. Estas dos semanas he estado tan cargado de trabajo que no había podido liberar mi estrés de la manera en que me gusta y mejor disfruto. Pero ahora se acabó el celibato impuesto.
—Cógeme, Archer. Haz de mí lo que quieras.
Sus palabras terminan de desbaratar el poco sentido común que me queda y me dejo caer sobre ella para chupar con ansias sus pechos llenos. Mis manos grandes abarcan toda su piel expuesta y muerdo sin contenerme sus pezones duros. Sus gemidos llenan mis oídos y su cuerpo se retuerce debajo del mío, deseoso del siguiente paso.
Olenna baja sus manos y las lleva hasta mi bragueta, como una experta libera mi polla y jadeo cuando hace un poco de presión contra mi glande. Abandono sus pechos y me concentro en buscar un condón, quiero follarla de una vez, liberar todo este estrés y seguir con mi vida como si nada.
Con la goma ya en mano, dejo que ella me acaricie con sus manos y dedos largos. Toma confianza y termina medio arrodillada en la cama mientras me da placer con su boca. Cierro mis ojos y disfruto del calor de su lengua, hasta que me pone a punto y yo corto la mierda, porque si me corro en su boca no voy a follarla.
La hago caer sobre el colchón una vez más, ahora con su culo en pompa para cogerla desde atrás.
La penetro con un solo empellón y espero solo unos segundos a que se acostumbre a mi tamaño. Está más que mojada y puede con todo lo que tengo para ofrecerle. Me muevo contra ella sin pausa, golpeo sus nalgas una y otra vez, mis caderas ardiendo de lo fuerte que lo hago. Encajo mis dedos en la piel morena y guío sus movimientos contra mí cada vez que la penetro.
Olenna grita mi nombre sin cortarse ni un segundo, jadea desesperada por el orgasmo y cuando siento que cae en la espiral del placer, me dejo llevar yo también. Bramo por mi liberación y cierro los ojos por unos segundos para concentrarme en lo que me importa ahora.
El silencio cae en la habitación, solo roto esporádicamente con algún murmullo proveniente de Olenna. Me salgo de ella, doy un paso atrás, quito mi condón y lo boto en el cesto de basura que hay al lado del escritorio que decora esta habitación. No le doy un segundo vistazo a Olenna mientras me acomodo el pantalón y la camisa.
Escucho su risita detrás de mí cuando me abraza por la espalda. No dejo que sus manos se apoyen en mi pecho, sin embargo, me da tiempo contenerla por las muñecas.
Me giro a tiempo de ver su puchero.
—Si sabías que no estaba, qué haces aquí —pregunto con el ceño fruncido y olvidándome con cada segundo de lo que acaba de pasar aquí.
La suelto y me dirijo a la puerta.
—He estado viniendo con mi padre los últimos días, con la esperanza de verte y pasar el rato.
Ignoro la parte en la que ella viene a verme y me quedo con la información del duque viniendo al palacio. Finjo desinterés, pero pregunto de igual forma.
—¿Por lo del festival? Tengo entendido que este año tu familia se encarga de la mayoría de los eventos.
Olenna se arregla el vestido y busca sus bragas que quedaron tiradas en el piso.
—No, es algo más. Mi padre no me ha querido decir, pero yo… —se corta y llama mi atención.
Busco su mirada y veo el triunfo en ellos porque logró decir algo que me detuvo de seguir mi rumbo al pasillo y lejos de ella.
Enarco una ceja y Olenna suelta otra de esas risitas que me ponen de mal humor.
—Suelta la mierda si vas a hacerlo, Olenna. Si quiero información después de dos semanas fuera, será tan fácil como pedirla.
Me cruzo de brazos y la miro a la espera. Por supuesto que no será tan fácil como lo hago sonar, pero no voy a otorgarle el placer que busca. No este.
Termina de arreglarse y viene a mí con una sonrisa radiante.
—Escuché algo sobre un compromiso —confiesa y me cuesta todo mi autocontrol contener mi expresión.
Los pelos de mi nuca se erizan y la rabia comienza a acumularse en mi pecho sin control. Pero no le muestro.
—¿Qué tipo de compromiso puede incluir a un duque con el rey, Olenna? —Mi voz suena amenazante incluso para mí.
Ella frunce el ceño y se remueve en el lugar, incómoda. Se muerde el labio, pero no me pasa por alto el brillo en sus ojos. Esa sensación de victoria que no la abandona, por lo que esto puede significar.
—Creo que mi padre está ofreciéndome en matrimonio, Archer —dice sin titubear.
Levanto la barbilla un poco, aunque no lo suficiente como para tomarlo como un reto. Me estremezco imperceptiblemente al pensar en eso.
«No hay una jodida manera en la que yo acepte eso».
—¿Crees entonces que puedes convertirte en la princesa consorte? —insisto, lo más calmado que puedo mantenerme y llevando esto como si me diera risa, en vez de alimentar mi ira.
Se sonroja. Ella malditamente se sonroja, a la par que una sonrisa desquiciada se forma en su boca.
—Es lo que siempre he deseado. Por eso estoy aquí, para mostrarte todas las formas en las que voy a complacerte cuando seas mío. Yo ya soy tuya, de todas maneras.
Lucho contra el impulso de poner los ojos en blanco. Si no desestimo su estupidez es porque de mi padre espero cualquier cosa. Y no pretendo negarle a ella esta posibilidad cuando puedo verme obligado a aceptar.
—Entiendo.
Asiento en su dirección y salgo de la habitación. En el pasillo, pretendo dirigirme a mi habitación privada, pero no quiero que Olenna sepa con certeza cuál es.
—Nos vemos, Olenna.
—¿No vas a decir nada sobre…?
La corto antes de que diga algo más.
—No tengo nada que aportar a eso. Si resulta ser cierto ya lo sabremos. Ahora, por favor, déjame solo, fueron muchas horas de viaje y dos semanas agotadoras. Necesito descansar antes de la Mascarada.
La dejo atrás sin verificar que se va, aunque estoy bien pendiente del sonido de sus pasos. No la escucho por unos segundos, como si le hubiera costado entender mis palabras. Pero al final se convence que no habrá nada más por hoy y se va.
Volteo sobre mi hombro cuando ya no se oye nada y veo el pasillo vacío. Suspiro de alivio y al instante la rabia se manifiesta en forme de puños.
«No puedo creer esto, tiene que ser un movimiento desesperado por parte de Olenna».
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No pude descansar un carajo, a pesar de no haber recibido visitas inesperadas.
El tema de un posible compromiso me dejó pensando de más y ahora no puedo quitarme de la cabeza la posibilidad de que así sea. No me veo estando casado con Olenna, no es mi tipo por más que me guste follarla de vez en cuando. Suficiente tengo de su disposición a sentirse ya como la dueña.
…cuando seas mío.
«Sí, cómo no», pienso irritado al recordar sus palabras tan seguras.
Me levanto de la cama cuando me resigno a no dormir nada y me meto al baño para darme una ducha caliente que alivie mis tensiones. La pongo lo más caliente que puedo soportar y disfruto del vapor cubriendo todo a mi alrededor. Cuando salgo con una toalla envuelta en mi cintura, voy directo a mi vestidor y me visto con lo primero que encuentro.
No se me ha olvidado que hay normas de etiqueta en este maldito castillo, pero me importa una mierda ahora mismo. Me pongo unos jeans y una camisa que al menos disimule mi estilo desenfadado. Miro el reloj y es casi la hora de que abran las puertas del ala sur del palacio.
Mi madre debe estar por aparecer.
Termino de vestirme y antes de salir, tomo la máscara por si decido ponérmela después de todo. Una vez en el pasillo, escucho pasos de tacones y reconozco las voces de mi madre y mi hermana.
Me meto en la habitación más cercana, donde antes me follé a Olenna y espero que pasen para no tener que encontrarme con ellas. Tengo ganas de ver a Annabella, pero no será con mi madre justo ahora, solo quiero deshacerme de todo por hoy.
—¿Crees que él estará de acuerdo, mamá? Archer no quiere casarse, no lo veo aceptando este compromiso así como así.
Su pregunta, que se escucha amortiguada a través de la puerta que nos separa, me pone tenso. Sabía que esto era algo serio, ¡maldición!
Espero la respuesta de mi madre y mientras lo hago, mi corazón late desenfrenado. Mis manos en puños otra vez.
—No es su decisión.
Cierro los ojos al escuchar su evidente declaración, el cierre del tema. Porque esto será una orden del rey y no hay forma de evitar la responsabilidad.
Las escucho llamar a mi puerta antes de abrir y entrar en mi habitación. En cuanto escucho que no hay nadie en el pasillo, salgo de mi escondite y me largo de una vez. Tengo que intentar lidiar con la mierda que se me viene encima y no creo que estando en la compañía de ellas pueda lograrlo. Si esperan encontrarme para asistir a la Mascarada, lo llevan claro.
Porque por primera vez en años, el príncipe Archer Hawthorne, estará ausente en el inicio del festival.
El solsticio de verano puede sobrevivir sin mí.