-Helena Van Holden-
«Me siento libre».
Pensé que desde el primer minuto que pisara este lugar me sentiría aprisionada y, por un momento, mientras Savoy me llenaba la mente de las escasas explicaciones que me dio, así se sintió.
Lamentablemente ya me veía frustrada, cumpliendo absurdas reglas, como el tocar a cada rato la estúpida campana. Y aunque creo que no me voy a librar de esa pomposidad aristocrática, puedo al menos por esta noche ser libre, fingiendo que soy alguien más.
La calle está llena de personas. Todas conversan fuerte y ríen a la vez. Me detengo en un par de tiendas puestas en la calle para apreciar la artesanía local y agradezco el haber traído mi propio dinero, porque sucumbo ante la tentación cuando veo a una familia fabricante de su propio chocolate. Con la boca echa agua me compro un par y sigo caminando.
En medio de una plaza hay varias personas formando un círculo, es impresionante cómo a medida que voy avanzando hacia el gran palacio, las calles están cada vez más atestadas de gente.
Puedo apreciar la música en vivo, el sonido de una gaita con un ritmo alegre y las personas aplaudiendo siguiendo el mismo. Camino más de cerca para ver el espectáculo y una sonrisa genuina se forma en mis labios cuando veo a un grupo bailando, desde niños hasta adultos mayores, todos disfrutando del momento y de este festival.
Yo, sigo pasando desapercibida. Para todos, justo ahora, solo soy una turista más que ha venido aquí por el festival y nada más.
Un niño se me acerca y me extiende la mano para que baile con él. Pienso en rechazarlo, pero nadie asegura que el palacio sea tan divertido como esto.
—Lo siento, pero no sé cómo bailar —trato de excusarme, pero las personas a mi alrededor me alientan y prácticamente me empujan a la pista de baile.
Trato de seguir los pasos de las mujeres que están bailando hasta que alguien choca con mi hombro y me sonríe. Pasa lo que parece una bufanda por mi cintura y me “roba” de mi pareja. El niño termina bailando con otra chica de su edad y yo quedo tratando de seguirle el paso a este desconocido.
Él me sonríe, pero no me toca, no lo hace aún, solo me guía con su bufanda a donde quiere que vayamos.
Seguimos dando vueltas y saltando. No puedo dejar de sonreír. Puedo oír que él también disfruta, pero no mediamos ni una sola palabra. Solo bailamos.
La música está por acabarse, puedo sentirlo cuando el ritmo se acelera.
—¿Lista para el espectáculo final? —Lo escucho hablar por primera vez y asiento.
Él toma una de mis manos y comienza a hacerme girar con rapidez, veo que las demás lo hacen y yo disfruto, pero al darme cuenta que esto haré hasta que termine la canción, lo hago con temor.
Las últimas notas suenan y doy el último giro para terminar tambaleándome en sus brazos. Creo que me voy de cara al suelo, pero él sabe cómo disimular y me atrae hacia él, tomándome por la cintura e inclinando mi cuerpo como si esto fuese parte de una coreografía elaborada.
Quedamos frente a frente por unos segundos. Con la mirada fija en el otro, aunque yo no puedo ver demasiado claro que se diga, porque todo a mi alrededor está girando.
Puedo sentir que su mano está firme en mi espalda baja, sosteniéndome para no dejarme caer. No sé cómo terminó debajo de mi blusa, pero no es muy difícil deducirlo viendo lo ancha que es y lo rápido que fue su movimiento. Mueve el dedo pulgar y de inmediato siento un escalofrío recorrer todo mi cuerpo, mi piel se eriza mientras su aliento roza mi cara. Puedo notar que tiene su dedo justo sobre esa cicatriz… lo que me trae a la realidad cuando la cabeza deja de darme vueltas.
Él me ayuda a ponerme en pie y todos a nuestro alrededor aplauden, incluidos los bailarines a nuestro alrededor. Aplaudimos a la banda y veo que se preparan para tocar otra canción, pero yo ya estoy exhausta y ni siquiera he llegado al palacio.
—¿Quieres ir por un trago? —me pregunta mi compañero de baile.
Lo miro, pensando en rechazar la oferta porque aún tengo un largo camino por recorrer, pero creo que voy a necesitar de ese trago antes de entrar al palacio, aún si estoy entrando como una persona diferente.
—El bar queda aquí enfrente, no es muy lejos y debes estar sedienta.
Asiento, porque tiene razón y dejo que me guíe entre las personas cuando toma mi mano como si me conociera desde hace muchísimo tiempo.
En el bar también hay música y demasiada gente, pero conseguimos espacio en la barra para ambos.
—¿Qué quieres tomar? —Me da una sonrisa y por primera vez lo detallo un poco, aunque no demasiado, porque en el lugar la luz es tenue.
—Lo que tú pidas. —Me encojo de hombros, siento mi voz ronca por lo sedienta que estoy.
Él pide un par de cervezas y nos sirven rápido dos vasos grandes del tipo artesanal. Yo no creo que me acabe eso al completo, porque no es mi bebida favorita, pero agradezco cuando el frío se desliza por mi garganta, porque después de ese baile, sí que la necesito.
—Y cuéntame… ¿Qué te trajo hasta aquí?
Me estremezco cuando de todas, decide hacer esa pregunta. La desconfianza me llena, intenta llevarse esta falsa sensación de seguridad, pero al ver su gesto tranquilo y la postura calmada, me digo que tengo que relajarme.
—¿Tan obvia soy? —Sonrío, dejando el vaso sobre la barra.
Lo miro a los ojos, de un azul intenso que evito mirar demasiado para no quedar hipnotizada. Una corriente me recorre el cuerpo con solo darle un rápido vistazo. Sus brazos cruzados sobre la barra están relajados, pero es evidente que un cuerpo duro y definido se encuentra debajo de su ropa.
Mi cuerpo todavía recuerda la forma en que se sintió contra mí cuando me sostuvo al final de la danza.
«¿Qué carajos, Helena? No puedes dejar que la atracción sea parte de esto». Me recuerdo, mientras despejo mi mente de pensamientos inadecuados.
—Bueno, justo en este pueblo, de todo el reino, la mayoría de las personas se conocen, pero no lo digo por eso. Lo digo porque eso que bailamos, es una danza típica de aquí y es obvio que no era de tu conocimiento.
Enarco una ceja, levemente ofendida. Aunque no estoy segura de que pueda ver el gesto dada mi máscara, que me cubre la parte superior del rostro.
—¿Tan mal lo hice? —exclamo con un puchero, incrédula, mientras niego.
«¿Qué mierda? ¿Es ese mi principio de coqueteo más cursi?». Me reclamo, queriendo darme dos sacudidas para recordarme quién soy, lo que hago aquí y además, pensar en maneras menos evidentes de resaltar ante un hombre extremadamente guapo.
—No, no, no —comienza a sonreír y mis ojos se mueven hasta su boca. Tiene una linda sonrisa, con dientes blancos y unos labios gruesos que se estiran de manera sexy—, lo hiciste bien…para ser una principiante.
«Calma, Helena, que tú no viniste aquí a ver sonrisas lindas y sensuales, ni a bailar con desconocidos», me regaño a mí misma.
Intento contener la risa, pero su comentario lo hace más difícil. Giro los ojos ante sus palabras y me cruzo de brazos.
—Lo dice el que casi me deja caer —le devuelvo, nada dispuesta a aceptar que soy mala en algo.
Soy un poco competitiva, es una parte de mí que acepto y a la que me aferro la mayor parte del tiempo.
—En el “casi” está la diferencia —replica y me guiña un ojo. Luego cambia de tema—. ¿Cómo te llamas?
Abro la boca para responder al instante, pero vuelvo a cerrarla cuando soy consciente de que casi meto la pata. Pienso en quién soy y lo que no puedo hacer aquí. Así que digo el primer nombre que me pasa por la mente, para continuar con mi papel.
—Sarah. ¿Y tú?
Él extiende una mano y yo la tomo, sintiendo por segunda vez ese escalofrío que sentí cuando bailábamos. Nuestros ojos se conectan y nos quedamos así, solo viéndonos por lo que parece una eternidad. El ruido a nuestro alrededor desaparece y solo somos el extraño y yo.
—Un gusto conocerte, Sarah, es un lindo nombre.
No me pasa desapercibido que no dice el suyo, solo cambia de tema. Comienza a hablarme de las tradiciones del lugar, de los años que tiene este festival y de lo mucho que les emociona a los habitantes cuando llegamos a estas fechas, porque la economía del pueblo incrementa al llegar gran cantidad de turistas, como yo.
Me habla de los atractivos de la isla y me pregunta cuánto he podido conocer. Por primera vez en lo que va de noche, no miento.
—Prácticamente acabo de llegar, no he tenido tiempo de recorrer nada. Supongo que en su momento lo haré.
—¿Quieres que te lleve a mi sitio favorito cerca de la playa?
La propuesta suena tentadora, pero aunque finja ser otra persona, debo ser consciente de mi posición y no puedo estar yendo a un lugar que no conozco, con un desconocido; aunque no sería la primera vez que tomo una loca y mala decisión en mi vida.
—Quiero ir al palacio, disfrutar del festival. Después de eso, en otro momento, quizás acepte la invitación —rechazo con disimulo su propuesta, a pesar de que suena más que atractiva para mí.
—¿En serio vas al palacio? —pregunta él, sorprendido.
Asiento, sin entender su pregunta ni tono de voz. Se supone que está abierto a todos durante el festival. O al menos eso fue lo que escuché.
—¿Tú no?
—No estaba en mis planes, pero puedo acompañarte —vuelve a sonreír y maldigo que mis ojos se muevan siempre hasta su muy comestible boca.
«Maldición, esto se está complicando y yo no soy tan fuerte».
—No quiero que cambies de planes por mí, puedo llegar por mi cuenta —insisto en rechazar su compañía, es lo mejor.
Me pongo en pie, para que sepa que ya estoy por marcharme, pero él imita en automático mi gesto.
—¿Qué mejor plan que acompañar a una hermosa dama por el lugar hasta el palacio? —Lo miro con curiosidad y una emoción desconocida ocupando cada parte de mí.
«¿Todos los hombres de aquí son así?», me pregunto, pero yo misma me respondo.
No lo creo. No, los de la realeza o los que trabajan para la misma, los que están acostumbrados al orden y la etiqueta. Esos jamás dejarían que alguien como yo bebiese una cerveza en un bar.
Y como hoy no soy Helena, sino Sarah, acepto la propuesta. ¿Qué mejor que caminar estas calles con alguien que las conoce muy bien?
Ambos salimos del bar caminando uno al lado del otro, mientras disfrutamos de todo lo que hay. Debo admitir que me siento cómoda a su lado, soy yo misma, sin necesidad de fingir ningún estúpido comportamiento adecuado para los estándares de la sociedad.
Llegamos al palacio y si antes estuve asombrada con lo que vi en la casa donde me estoy hospedando, esto me deja boquiabierta.
El desconocido, porque aún no sé su nombre, está parado a mi lado, sonriendo.
Si esto es solo la fachada, no quiero imaginar todo lo que hay dentro.
Camino a su lado, pasamos por las amplias puertas y por primera vez, me fijo en la vestimenta de las personas, cosa que hace que me detenga en seco. Soy consciente de la vestimenta de mi acompañante y aunque no va demasiado formal, puede pasar desapercibido, pero yo, estoy en jeans y camiseta, como si fuese a cualquier club.
«¿Cómo no iba a saber que esto tendría que ser elegante?».
—Creo… creo que debo irme —titubeo.
Por primera vez y aunque tengo un antifaz y la mayoría de las personas de aquí también, incluyéndolo, no quiero atraer más miradas de las necesarias.
—¿Por qué? Querías venir al palacio y estamos aquí.
Creo que voy a parecer una tonta con lo que diré, pero me da igual.
—Mírame —murmuro, derrotada, cuando le hago una seña para que se percate de mi vestimenta.
Su perfecta ceja se levanta por debajo del borde de su máscara con mi petición. Una sonrisa ladina se forma en su boca y me obligo a no mirarla, es demasiado atrayente.
—Lo he hecho desde el primer momento.
Su comentario me deja la mente en blanco por un instante, sobre todo porque su voz se escuchó rara, pero reacciono rápido.
—Hablo de mi vestimenta, todos tienen vestidos y trajes y yo, yo tengo jeans y… —hablo, mientras miro a todos lados.
—Estás mucho más hermosa que muchas de las mujeres que vienen aquí con vestido, así que vamos, quieres conocer el palacio y a eso hemos venido. —Vuelve a tomarme de la mano como lo hizo cuando terminamos de bailar y me guía hacia dentro.
Mi espalda se endereza un segundo antes de aceptar que me gusta la sensación de su mano contra la mía, mucho más al escuchar su halago, pero me digo que tengo que concentrarme en lo verdaderamente importante.
Seguimos adelante y tal como pensaba, la opulencia, la elegancia y excentricidad abundan en este lugar.
Los invitados están reunidos en un hermoso salón, que a primera vista nos deja ver unos enormes ventanales que dan hacia balcones que muestran el mismo mar. Aunque ahora solo lo deduzco, porque solo hay oscuridad. El salón está iluminado por un gran candelabro de cristal y un cuarteto de cuerdas armoniza el ambiente.
Aquí, todo es diferente. No se siente la misma vibra que hay en las calles. Todo es mucho más reservado, elegante, menos divertido.
Él toma un par de copas y me da una, mientras vemos a varias parejas bailar en medio del lugar. Observo todo, tratando de buscar algún rostro que me sea familiar, alguien que parezca de la realeza, pero no encuentro a nadie.
—¿Deseas compartir otra pieza de baile conmigo? —Su voz vuelve a ser profunda.
Lo miro con los ojos abiertos. Hay algo en él que no se siente fuera de lugar en este salón, a diferencia de mí.
—¿Aquí? —pregunto y comienzo a negar.
—¿Por qué no? —Hay curiosidad en su tono.
Lo miro, porque es más que obvio. Ya le dejé saber mi preocupación. Pero él solo rueda sus ojos, que ahora puedo ver bien que son de un azul profundo, como el océano.
—Recuerda que nadie te conoce —señala sin darme una oportunidad de justificarme—, ven, bailemos juntos.
Me arrastra a la pista de baile y puedo notar todas las miradas sobre nosotros. Me acerca a su cuerpo y pone su brazo alrededor de mí. Puedo sentir que mi corazón se acelera y muy dentro de mé, sé que esto no es correcto.
Bailamos, pero mis nervios van en aumento con cada minuto que pasa. Necesito regresar y pensar con claridad.
—Debo irme —digo de pronto y me alejo de él en busca de la salida, pero puedo sentir sus pasos detrás de mí.
—Sarah, espera —me toma del brazo justo cuando llego a la puerta y me detiene—, te acompaño a tu hotel —insiste, pero niego.
—Necesito estar sola —soy sincera.
—¿Volveré a verte?
Su voz suena desesperada y esa idea me deja momentáneamente sorprendida. Pero me digo que es solo una idea.
Pienso en lo que me pide y la verdad es que es una promesa que no sé si puedo cumplir. Hay mucho que debo pensar, estar aquí ya es un error que estive dispuesta a asumir, pero llevarlo más lejos será solo un problema para mí.
Pero no puedo decirle esto a un extraño.
—¿Cuál es tu nombre? Así podré buscarte luego.
Él titubea. Así como yo lo hice antes. Pero se recompone rápido.
—Te lo diré después, si vuelvo a verte. —Él insiste y no me suelta, yo solo sé que necesito irme—. Por favor, Sarah. El festival apenas comienza, dime que puedo verte aquí o en la plaza mañana, en algún lugar, pero promete que volveré a verte antes de que te marches a casa.
Asiento, más que por compromiso, lo hago porque necesito que me deje ir.
—Lo prometo —asiento y él me suelta.
Pero su mano se desliza de la mía con lentitud, como si supiera que no debe hacerlo, porque mi promesa sonó hueca. Sin embargo, sonríe, esta vez con todos sus dientes blancos y perfectos.
—Entonces hasta la próxima vez, hermosa Sarah. Te estaré esperando.
Me guiña un ojo y me deja ir.