Capítulo 6. Recordando una media promesa.

2922 Words
-Archer Hawthorne- «Sarah…». No dejo de repetir su nombre como un maldito idiota. La sonrisa fácil tampoco se va. Desde que la vi perdida en medio de la multitud llamó mi atención. El cabello n***o brillante que le llega hasta la cintura, esos ojos que estaban rebosando de alegría, fueron el motivo principal por el que puse mis ojos en ella y ya no pude quitarlos. Era evidente que estaba disfrutando del momento y que no sabía cómo bailar, por eso no lo pensé dos veces antes de acercarme a ella. El primer pensamiento fue carnal. Me dije a mí mismo que estaba bien pasar la noche con alguien que ni siquiera sabe quién soy, que se irá en unos días porque solo es una turista más que viene de paso. Pero después de bailar con ella, sé que una sola vez no será suficiente. No es el tipo de mujer a la que estoy acostumbrado. Sumisa, obediente, de clase alta. Por ejemplo, Olenna. A pesar de que se comporta como una perra en la cama, tras una habitación, fuera de ella jamás se bebería una cerveza conmigo de la forma en que lo hizo Sarah, con despreocupación; y mucho menos bailaría en la plaza del pueblo. Su sencillez y lo poco que pude ver de ella, me ha asombrado más de la cuenta y eso es decir bastante. Hace mucho tiempo que ninguna mujer logra impresionarme, creo que sería un enorme nunca, pero Sarah lo logró sin poner mucho empeño. Me quedo en el palacio, en el salón donde se está celebrando La Mascarada, por unos minutos más. Se supone que nadie sabe que estoy aquí y nadie tiene que saberlo, tampoco. Si decidí salir con el antifaz y fingiendo ser otra persona, es porque quiero sentirme libre por un momento, olvidar la mierda que escuché a mi llegada y no tener a las personas detrás de mí con falsa cortesía y con el empeño de querer agradarme. Huir de mi familia también es un excelente incentivo. Salgo del salón del palacio como lo hacen todos los que han venido hasta aquí y me desvío para entrar por el mismo lugar que antes salí. Me quito la chaqueta y el antifaz y los dejo guardados cerca de los arbustos para buscarlo en unas horas. Nadie tiene que darse cuenta de que salí y estuve en las calles, no quiero que anden vigilando cada paso que doy. Me escabullo por la cocina, tratando de que no me vea nadie, pero mi Nana es demasiado lista como para que yo pueda pasar desapercibido. —¡Archer, querido, estás aquí! —exclama, llamando la atención de los miembros que están en la cocina y todas las miradas están sobre mí en un santiamén. Ella se acerca y me toma por las mejillas. Casi nadie sabía de mi llegada y los que sí, saben que llegué hace unas horas; y el hecho de que no me haya presentado a la celebración aquí en el palacio, sé que tendrá al menos a mi madre queriendo quitarme la cabeza. —¿Cuándo llegaste? ¿En qué momento? —Ella sigue tocándome como si yo no fuese real y es normal, puesto que esta mujer ha estado siempre para mí y tenía dos semanas sin verme. —Tranquila, nana, ya habrá tiempo para ponerte al tanto de todo, ahora debo ir a encontrarme con mi madre, porque tenemos una conversación pendiente. Me marcho con la promesa de hablar con ella y me preparo mentalmente para la conversación que sé que tendré con mi madre. Mientras camino hacia su encuentro, no puedo sacarme de la cabeza a Sarah, sé que he vuelto con un propósito, sé que tengo una misión detrás de esto y que no tengo nada seguro, pero no pierdo nada con volverla a ver. No sé qué tiene, no puedo ponerle un nombre a lo que causa en mí, pero de lo que sí estoy seguro, es que ha despertado mi curiosidad, cosa que ninguna mujer había hecho en muchísimo tiempo. Pasó rápidamente de ser un mero interés extraño, quizás una mujer para una noche, a algo más; alguien a quien quiero volver a ver. —Archer… —oigo la voz baja y dura de mi madre y me detengo en seco. No le temo, la respeto profundamente, pero sus sermones son una cosa de otro mundo—, aquí estás… Me giro con una sonrisa, ella puede ser la reina, una mujer de carácter fuerte, aguerrida, que no admite réplicas, apegada a las reglas aristocráticas que nos rigen, pero al final del día, yo sigo siendo el hijo que no ha visto en unas semanas. —Mamá —cierro la distancia que hay entre nosotros y la abrazo, puedo sentir que la tensión que había en ella se va alejando, hasta que se relaja por completo—, ¿me extrañaste? Porque yo sí. —Eres mi hijo, por supuesto que te extrañé. —Alcanzo a ver un atisbo de impulso, uno que no se permite completar, porque la Reina de Astley no puede poner los ojos en blanco. Me guardo la sonrisa divertida por ella, prefiero tener su mejor versión por un tiempo prolongado. Soy consciente de que estoy jugando sucio y me estoy librando de sus palabras por unos minutos, pero al menos sé que con este abrazo, lo que sea que tuviese planeado decirme, será un poco menos cruel. —Sabes que tenemos que hablar —me recuerda, dirigiéndome esa mirada dura que desde niño me pone los pelos de punta. Suelto un suspiro cansado y la miro como el hijo, no como el príncipe que incumplió una norma. Al menos debo agradecer y aprovechar que es mi madre la que me enfrenta, porque mi padre sería otra historia. —Lo sé, ¿quieres hablar en el pasillo? —pregunto sabiendo la respuesta. Ella me dirige una mala mirada y me señala la puerta, para que entre en su habitación. …Las paredes tienen oídos, Archer, no lo olvides nunca… Su voz se reproduce en mi cabeza con esa frase que siempre me ha recordado una y otra vez, porque la privacidad no existe del todo cuando se trata de la realeza. Siempre hay oídos en todas partes. Asiento. Le hago caso y me dirijo hacia la sala de estar que tiene aquí y me siento. El olor a lavanda y sándalo me calma por unos segundos, mientras espero por ella. Podría decirse que es la calma antes de la tormenta. —¿Qué tienes en la cabeza, Archer? ¿Se te olvida quién eres? ¿Te olvidaste de tus responsabilidades? —exclama en cuanto cierra la puerta detrás de sí. No me está hablando mi madre, me habla la reina de Astley, puedo sentirlo en su tono de voz—. Todos estaban esperando al futuro rey, todos esperaban tu presencia en la inauguración del festival, en el baile y tú, decidiste desaparecer apenas llegaste. Entiendo su postura, como madre y como reina. Siempre hemos sido un frente unido, pero no puedo ignorar ese pinchazo de decepción que sentí cuando la escuché hablar con Annabella. Sé que no tengo elección cuando de mi posición y mi futuro se trata, pero hubiera esperado algo más de consideración, teniendo en cuanta que aparentemente pretenden ordenarme que me case con alguien y que no tengo voz ni voto en ezo. —Su majestad —la llamo por su título para molestarla, ignorando la gota de decepción en mi interior—, lamento si hice esperar, necesitaba resolver algunos asuntos antes. Mi madre camina de un lado a otro, con una de sus manos apretando el puente de su nariz. La veo, hace solo dos semanas que no lo hacía. Siempre ha sido una mujer hermosa, pero la responsabilidad de la corona y los años, no le han pasado por alto. Hoy más que nunca se ve…cansada. —Archer, sabes que esto es una cacería de brujas, que estamos en el ojo del huracán y cualquier error servirá para crucificarnos. Hemos trabajado duro para poder hacerte menos difícil la transición al trono, solo te pido algo de consideración y que cumplas con tus deberes. Trabajar duro y transición al trono son las palabras claves en esta conversación. Entiendo su punto, pero creo que es algo egoísta. Sabe bien que toda mi vida he hecho cosas por la corona, por el bien del reino y sabe que lo seguiré haciendo, solo fue una noche. «Una noche que podría convertirse en un problema», me digo sin apenas entender mis propias palabras, pero me ignoro a mí mismo. Me pongo en pie y me acerco a mi madre para detener su andar, la tomo de los brazos para que me mire. —Madre, valoro cada una de las cosas que haces por mí, créeme. Estoy trabajando duro para poder dar lo mejor de mí cuando esté en el trono, estoy cumpliendo mis responsabilidades y soy consciente de todos a los que les gustaría ver arrastrándonos por piedad, pero solo fue una noche. —Insisto en ese hecho y no solo para ella. Sé muy bien lo que repetir lo de hoy me haría y también, al reino. Más cuando hay conversaciones formales sobre matrimonio puestas sobre la mesa—. Necesitaba despejar mi mente un poco, reconozco que debí llegar a tiempo, que debí estar aquí, pero todo salió bien sin mi presencia y aquí estoy. No voy a fallarte de nuevo, estaré aquí cada noche para conocer a quien quieras presentarme, para cumplir el papel que me corresponde, no te preocupes más. Aquí estoy. Lo prometo. Puedo ver alivio en su mirada y la calma que siento al verlo rivaliza con mi sentir. Sabe que cumpliré con mi palabra. Ambos tenemos un acuerdo no hablado de cumplirle al otro cuando lo prometemos y, hasta ahora, no hemos fallado. —Lo sé, hijo —acepta y cierra sus ojos, abrazándome fuerte, como la madre que es, dejando atrás a la reina implacable que tiene como prioridad número uno el reino al que representa. Me despido de mi madre minutos después, luego de hablarle a modo general de todo lo referente a mi gira por Europa y mis labores de relaciones internacionales; voy rumbo a mi habitación, con un pensamiento dándome vueltas en la cabeza. Sé que debo ver a Sarah, no importa lo que la postura de mi madre me haya adelantado sobre lo que puede venir; no hay manera en que deje de pensar en esos ojos oscuros a través de la máscara, en la sonrisa ligera, la sencillez de su personalidad y en ese hermoso cabello n***o y largo. Algo me dice que ella vendrá al palacio mañana y aunque no pretendo explicarle quién soy, debe ser más fácil para mí cambiarme para ir a su encuentro estando aquí en el palacio. Solo debo buscar a un aliado que distraiga a mi madre para poder escabullirme. No pienso fallarle, pero tampoco quiero fallarme a mí mismo. No soy de los que cree en el amor a primera vista y en ese tipo de fantasías. Creo más en las conexiones y es evidente que con ella lo hubo; no puedo dejarlo pasar. Aún no sé cómo voy a resolverlo, pero sé que voy a pensar en algo, siempre me salgo con la mía. Esto no tiene por qué ser la excepción. ---- -Helena Van Holden- Abro los ojos y estiro mi cuerpo, sintiendo un dolor agradable en mis piernas después de los eventos del día anterior. Una sonrisa se forma en mis labios cuando recuerdo lo bien que fue todo y el cambio de rumbo en mis planes. Cuando salí de esta inmensa casa no esperaba encontrarme con alguien tan desconcertante y sentirme tan increíblemente cómoda, a pesar de que fuera un desconocido. Todavía recuerdo la sonrisa fácil del hombre que no quiso decirme su nombre y mi cuerpo cosquillea allí donde sus manos estuvieron por segundos y sin intenciones…del tipo que una dama debería rechazar. —O quién dice que no las tuviera —digo en voz baja, recordando cada palabra que dijo y además, su insistencia para volver a vernos. Su manera de tocarme, de hablarme, no es la de un hombre que no está interesado en avanzar. Me río y miro al techo, sintiendo mariposas recorriendo mi estómago. La almohada bajo mi cabeza es muy suave y el colchón mucho más, no quiero levantarme, pero si no lo hago estaré aquí pensando en un extraño del que debería alejarme, porque no me conviene cumplir con esa media promesa que le hice. No hay manera en que yo pueda sentirme lo suficientemente libre como para seguir la corriente y ver hasta dónde me lleva. Una vez me sentí libre y fue solo un espejismo. Me dejaron avanzar hasta que creí que no habría punto de retorno. Solo para luego hacer añicos cada uno de mis sueños. Lo que yo consideraba libertad, fue la condena del hombre que he amado toda mi vida. Ahora tengo que vivir con el peso de mis decisiones. Casarme es la solución permanente, la amenaza que mi padre hizo en su despacho flota en mi cabeza y me hace recordar lo que está en juego si me atrevo a probar fuerza una vez más. Solo por eso me levanto, con la sombra del encierro a mi alrededor, recordándome que salir al exterior disfrazada no resolverá mis problemas, solo será una amarga ilusión. Alguien llama a la puerta y me saca de mis pensamientos. Al siguiente segundo me doy cuenta que llamar fue solo una formalidad, porque la puerta se abre y dos figuras entran al amplio dormitorio cargando con una bandeja de desayuno y lo que parece una percha llena de…¿ropa de señora cincuentona? —¿Qué carajos? —pregunto, entre sorprendida y horrorizada, al ver toda esa cantidad de ropa extremadamente formal. No me corto al hablar así, las dos mujeres que están a mi cuidado aquí saben que no soy la típica dama de sociedad a la que suelen servir, puedo ser yo misma al menos con mi boca de camionero. Ana, con la que tuve una conexión aún mayor ayer, luego de que me ayudara en la tienda de su hermana, sonríe. Diana llega a mi lado y me mira, a la espera de que me siente y acepte la bandeja que con tanto cariño me ofrece. —Lo tomaré en la mesa, gracias —digo, señalando la mesa circular detrás de ella. No soy ninguna debilucha que tienen que ponerle la comida en la boca. Me sonríe y deja todo encima de la mesa. Me incorporo del todo, todavía un poco abrumada, y puedo ver una bandeja bien surtida desde mi posición. Además de una orquídea decorando un sencillo jarroncito y un periódico doblado en el costado. Pestañeo varias veces y miro a Ana. No soy extraña a este tipo de atención, pero nunca Henrrieta, mi madre, entró a mi habitación llevando una percha con rueditas repleta de ropa que bien podría usar la Reina Isabel II. «¿Esos son trajes de falda y chaqueta? Con el calor que hace no me veo usando esas cosas». Mi mueca de desagrado debe ser evidente para Ana, porque ella ríe sin poder evitarlo. —Lo sentimos, señorita… —Ah, ah…ya acordamos que en privado solo sería Helena. Ahora dime por qué esas cosas tan feas están en mi habitación tan temprano en la mañana… —Después de ver tus tenis sucios ayer, sabíamos que sería un horror —exclama Diana, riendo también. A pesar del horror que siento, hay algo divertido en todo esto. Y el hecho de compartir este momento con dos mujeres que no me juzgan por ser como soy, aunque soy una desconocida y posiblemente futura reina de este país, lo hace mucho mejor. —Mi primer decreto será tenerlas conmigo… —susurro, levantándome al fin y dejando que mis pies descalzos hagan contacto con el piso frío. Ellas dos se miran, sonríen agradecidas y con las mejillas sonrojadas. —Gracias, señorita…digo, Helena —murmura Ana y en lo que yo me muevo hasta la mesa, mirando mi desayuno con un hambre voraz, escucho su voz a mis espaldas—. Esta muestra de conjuntos es lo que debe llevar a partir de hoy para sus clases de etiqueta, por orden de la reina, según el emisario. Agradezco no haber tomado mi sorbo de café, porque de seguro hubiera terminado ligado con mi saliva y esparcido por todos lados. —¿Qué acabas de decir? —Me giro y veo a Diana primero, luego a Ana, ambas me observan con caras resignadas. —La reina Clarissa ordenó que usted tuviera clases de etiqueta cada día, también asistirá a los eventos principales del festival, donde la realeza tiene confirmada su asistencia. Un escalofrío me recorre. No he conocido a nadie de la familia real, mi contacto solo ha sido con el emisario que olvidó decirme todo esto ayer cuando se despidió. Las palabras de mis padres, esa amenaza que lograron meter en mi cabeza, vuelve a recorrerme. Estoy a la merced de ellos, lo sabía desde antes de sacar un pie de mi casa. De nada sirvió que anoche me sintiera libre, que bailara con un desconocido y que hiciera una promesa. No significa nada cuando ya perdí el control de mi vida. Y más me vale entenderlo antes de que pueda creer otra cosa.
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