Su pelvis chocó con mi sexo y se detuvo. Sus músculos se tensaron, su mandíbula se apretó, cerró los párpados y le rechinaron los dientes. Era el epitome de la masculinidad. ―Hazlo ―animé en un hilo de voz, perdida en su expresión, en la contención que desdibujó sus facciones y lo hizo ver como un hombre imponente que tanto deseé tener entre las piernas. Sí, quería a mi cuñado hundido en mi interior, comiéndome los pechos, mancillando mi cuerpo, corrompiéndome hasta enloquecerme. El calor en mi piel se propagó como pólvora y supe que no quería salirme del enredo de piernas y brazos que éramos, así como tampoco me importó lo que pasara con Georgia, ella no era nada, no era nadie, y no me iba a quitar la dicha de estar con su marido, así me maldijera por el resto de mis días. Con un gru

