Él gira alrededor de su escritorio y me mira con severidad y asombro. —No se suponía que disfrutaras de eso —dice. Miro hacia abajo—. Estás siendo castigada. Se supone que debes sentirte mal. —Sí, lo hago —digo sin estar muy convencida. —Quítate la parte de arriba —dice mientras se desabrocha la suya. Me quito con cuidado la blusa conservadora de colegiala católica y me dejo puesto el sujetador blanco. Él tira su propia camiseta al suelo y puedo ver su pene por primera vez. Es grande. Bonito. Me distrae un poco. Me ve mirándolo y se detiene para mirarme con enojo. Muevo la mirada hacia su rostro. —Quítate el sujetador —me dice con severidad. Eso me pone aún más nerviosa. Todas las persianas venecianas están abiertas y deja entrar la luz del día. Cualquiera puede vernos. Pero me q

