Me apoyé en su pecho, arqueando la espalda, a punto de dejarme llevar por la pasión que despedía su voz, esa demanda que me exigía rendirme ante el único hombre que supo cómo tratarme. Mordí mi carrillo y negué con un ligero movimiento. ―¿Qué escondes, hermanita? Dímelo, dime por qué hueles a leche de almendras, a algo dulce, por qué tu piel está suave y pegajosa ―musitó subiendo su mano en mi abdomen, deteniéndome con la otra. No me moví, no podía. ―Nick… yo… ―Vamos, princesa, dímelo, necesito saberlo… ―dijo en un hilo de voz, desesperado, apretándome la piel, al tiempo que se pegaba más a mi culo, enloqueciéndome como solo él sabía hacerlo. ―Estoy lactando, estoy cargada de leche ―solté en un jadeo sin pensar, pegándome más a su m*****o duro, moviendo la cadera sin ser consciente d

