Sin pensar, Lena se acercó al escritorio, y le entregó sus bragas empapadas con sus fluidos. Moran extendió las braguitas rosadas y hasta un poco infantiles y observó lo mojadas que estaban. Ni siquiera tuvo que acercárselas a la nariz para sentir su perfume afrutado, era aroma almizclado que lo alteró al punto de querer saltar sobre la jovencita y cogérsela contra el escritorio. Las dobló como si tal cosa y las dejó sobre el escritorio. ―Bien, vaya a la camilla ―ordenó, poniéndose de pie, sin importar que viera la erección pugnando por salir de la bragueta. Lena observó la entrepierna del doctor y se relamió, gimiendo, estremeciéndose al ver el bulto grande y poderoso. No pudo evitarlo, su deseo le ganaba al raciocinio. Giró para encaminarse a la camilla, mostrándole el trasero a Mor

