Sollocé y llevé mi mano al pezón. ―Niña mala, no hagas eso ―reprendió y se agarró el pene con la mano, acariciándose el tronco con pereza. Gimoteé. Podía hacerlo por él, podía tocarlo con la delicadeza que necesitaba o podía usar mi boca como lo hacía con Daniel para que se corriera en mis labios y llenarme con su deliciosa leche. Vi a mi marido en mi suegro, pero también lo vi a él. Se parecían tanto, solo que Aiden era… diferente, menos demandante, pese a que el ardor brotó de sus pupilas oscurecidas, deseando corromperme, siendo más dulce cuando quería cogerme con fuerza. Volvía a sollozar y apretarme el pezón que sacó dulce leche de mis tetas un poco más relajadas gracias a sus succiones. ―¡Mierda! ―bramó y se apretó la base, y estiró el cuello, llevando su cabeza hacia atrás, hac

