No me las había pedido y, por un instante, no supe si le interesaba la idea o solo me estaba zafando de esa sensación intoxicante que hizo reaccionar mi cuerpo ante su dominio, de ese resquemor extraño que me invadió con sus palabras, con sus preguntas que escondían un deje singular, o quizá era porque él me intimidó deliciosamente. Mis pasos fueron cortos, rápidos, sin parecer desesperados. Me obligué a no correr, a no ser evidente, a no revelar el hechizo que me plantó frente a él e hizo que mis pezones respondieran. Sí, me sentí desnuda, desnuda frente a un desconocido. ¡Al diablo con la venganza!, ya no estaba tan segura de seguir con el juego. La realidad superó mis ideas, no me vi siendo una seductora, al contrario, parecía una cobaya asustada, lista para dejarse devorar por el gra

