—Oh, papi—, le digo, —me encanta cogerte—. —A mí también me encanta, cariño—, dice. Luego me besa mientras lo monto con fuerza. Me apoyo con las manos en sus hombros. —¿Vas a hacer que me corra, papi?— susurro en sus labios. —Siempre, nena—, murmura. Me aparto del beso mientras me concentro en empujarlo con fuerza dentro y fuera de mí. Les demostraremos. Cada vez que cogemos, ganamos. Reboto desesperadamente sobre su pene, casi estoy ahí. Estoy sudando, jadeando y gimiendo. Él agarra mis caderas y me ayuda a embestirlo con más fuerza. Siento que mi cuerpo se sacude mientras el placer extremo explota dentro de mí. Gimo, me estremezco y echo la cabeza hacia atrás. Él sigue instándome a subir y bajar con sus manos. Sigo follándolo aunque estoy distraída por mi propio placer. Se corre

