―No, yo… ―traté de explicar, pero me quedé en blanco. ―¡Joder, claro que sí! ―gritó molesto, arrinconándome contra la puerta, desnudo, con sus manos apresándome, haciéndome sentir pequeña pese a que estábamos a la misma altura. Tragué saliva con dificultad. ―De todos lo he escuchado. Les he oído decir que eres mucho más de lo que merezco, que soy tan poca cosa que no saben cómo es que me he metido entre tus piernas. Algunos hasta dudan de mi hombría ―siguió gritando, furioso, y una de sus manos se fue a mi pecho, oprimiéndome con dureza. Abrí la boca en un grito acallado. Mi vista se difuminó a causa de las lágrimas, de las mil agujas que pincharon mis globos oculares. Mi corazón se estremeció y, por primera vez, le temí a Hans, en especial cuando sentí su erección apretando mi abdomen,

