Sus manos se pelearon con las mangas y me quitó el vestido con rudeza, estirando la tela y rasgándola de varios sitios. Gemí y aspiré su fragancia. Olía exquisito, a colonia fresca, difícil de describir, pese a que el aroma de su sudor se coló por mis fosas nasales, era un aroma masculino, a testosterona pura. Cuando me liberó el primer brazo llevé la mano a su hombro y me moví sobre él sin querer, rozando su dureza. Jadeé y gruñó. ―Quieta, preciosura, que todavía tengo que ducharme antes de probarte ―siseó con la mandíbula apretada, luchando para liberar mi otra mano. ―Sí, amo Caine ―accedí en un gemido, tensándome desde los pies hasta la cabeza para retener la agitación que me impulsó a removerme, a masturbar nuestros sexos cubiertos. Aulló cuando al fin me libró del vestido ridícu

