2/ imágenes

668 Words
Naru Me quedé inmóvil. Tragué saliva y observé cada detalle que pude. La espalda ancha. Los brazos cubiertos de tatuajes. La forma en que sus músculos se tensaban bajo la piel. Por primera vez entendí por qué algunas personas hablaban de la belleza masculina. Un gemido ahogado me sacó de mis pensamientos. Él había terminado. Solo fue un segundo. Un segundo en el que giró ligeramente el rostro y sus ojos se dirigieron hacia la puerta. Hacia mí. Salí de allí tan rápido como pude. Tomé las carpetas de mi escritorio y fui directo a la sala de juntas. Debía ordenar los documentos y fingir que no había visto nada. Absolutamente nada. Sin embargo, aquella imagen se repetía una y otra vez dentro de mi cabeza. Mientras acomodaba las carpetas, vi entrar a Zac, uno de los empleados del tercer piso. -Hola. Tú eres Naru, ¿verdad? Asentí sin levantar demasiado la vista y continué trabajando. -Espero que lo que viste hace un rato no salga de esa boquita. Como verás, tengo cierta influencia por aquí. Volví a asentir. No tenía ninguna intención de hablar sobre aquello. Entonces él se acercó y me empujó el hombro para obligarme a mirarlo. Mis gafas, que ya estaban dañadas, salieron despedidas. -Responde cuando alguien te habla. Me agaché rápidamente para recogerlas. Pero él las pateó más lejos. Sentí un nudo en el estómago. Zac terminó recogiéndolas y me las lanzó. Uno de los cristales terminó de romperse. Aun así, me las coloqué. Sin ellas apenas podía ver. No dije nada. Nunca sabía qué decir en situaciones así. Terminé de organizar las carpetas como pude y regresé a mi escritorio para recoger mis cosas. Cuando pedí el elevador ya había varias personas dentro. Entré en silencio. Piso tras piso, la gente fue bajando hasta que solo quedamos tres personas. -Escuchaste lo que te dije, ¿verdad? No dirás nada. Sentí una mano apretando mi hombro. Reconocí aquella voz al instante. Era el hombre de antes. -Tranquilo, amor. A este tonto ya le quedó claro. Levanté la vista. Zac estaba allí. Y junto a él estaba Kan. Volví a bajar la mirada inmediatamente. Las puertas se abrieron y salí casi huyendo. Durante el trayecto a casa observé mis gafas rotas. Mi abuela no debía verlas. Eran costosas y no era el mejor momento para gastar dinero en unas nuevas. Entonces, sin quererlo, aquella imagen volvió a aparecer en mi mente. Su espalda. Sus brazos. El calor que había sentido al verlo. Una extraña sensación recorrió mi cuerpo. Pero desapareció en cuanto recordé quién era. Mi jefe. Y además un idiota. Un idiota que salía con otro idiota. Cuando llegué a casa, mi abuela ya había cerrado la fonda. -Te dejé la cena, hijito. Me voy a descansar. Me besó la frente y desapareció por el pasillo. Fui directamente a darme una ducha. Pero el agua caliente no consiguió borrar las imágenes que seguían apareciendo en mi cabeza. Si tuviera que describirlo... Diría que tenía ojos color miel. El cabello largo hasta los hombros. Un perfume intenso y masculino con un ligero aroma a tabaco. Vestía de n***o casi siempre. Y tenía un gusto horrible para elegir hombres. Salí de la ducha y me observé en el espejo. Yo era todo lo contrario. Bajo. No demasiado musculoso. Mi cabello oscuro apenas llegaba a las orejas. Mis ojos eran negros. Y mis pestañas, demasiado largas para mi gusto. Además, según Tania, tenía un problema enorme. Era exageradamente tímido. Después de cenar tomé el móvil y busqué información sobre Kan. Nieto de uno de los mayores empresarios del país. Heredero de un importante grupo automotriz y de publicidad. Había sido relacionado con varias mujeres, aunque nunca con ninguna relación seria. También tenía una hermana menor. Sus padres habían fallecido cuando él tenía nueve años. Miré las fotografías durante varios minutos. Cada una parecía mejor que la anterior. Finalmente apagué la pantalla. Debía dejar de pensar en él. Pero esa noche mi mente se negó a obedecerme.
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