Kan
Llegó.
Maldita sea, llegó.
La bolsa estaba sobre mi escritorio. Al tomarla, encontré los lentes y una nota escrita por él.
"Gracias, pero no puedo aceptarlo
No estaría bien por respeto a mi novio y al suyo prefiero que no."
Arrugué el papel entre mis dedos y lo lancé a la basura.
Tomé el teléfono y llamé a mi secretaria.
-Niña, ven a mi oficina.
Ni siquiera recuerdo su nombre. Tampoco me interesa.
Hace poco tuve que integrarme a la empresa por petición de mi abuelo. ¿Me gusta esto? No. Claro que no. Pero soy su único nieto y debo ayudarlo.
La gente nunca me ha importado demasiado.
Sin embargo, desde hace unos días hay alguien que no consigo sacar de mi cabeza.
Un par de ojos.
Unos ojos enormes, tímidos y expresivos.
Lo observé durante días sin que se diera cuenta. Y cuando descubrí que me espiaba mientras me comía al idiota de Zac, me fascinó.
En esos ojos vi de todo.
Deseo.
Curiosidad.
Y algo más.
Algo que lograba aliviar el estrés que cargo todos los días.
Cuando descubrí lo de Zac me enfurecí. Y cuando hablé con mi secretaria y me contó sobre él, terminé todavía más interesado.
Su vida estaba detallada en su expediente.
Demasiado detallada.
-¿Me llamó, señor?
Le hice una seña para que entrara.
-Dame la dirección del empleado del sector ocho. El de gráficas.
-¿Pasó algo?
Levanté la mirada.
-Nada que sea de tu incumbencia.
Ella salió de inmediato.
Minutos después regresó con una hoja de papel.
Tomé la dirección y salí de la oficina.
Bajé al estacionamiento y subí a mi auto. No suelo usar chofer, salvo en ocasiones especiales.
La dirección estaba a unos cuarenta minutos.
Perfecto.
Mientras conducía, la imagen de sus ojos volvía una y otra vez a mi mente.
Su timidez.
Su manera de esconderse.
Su esfuerzo por pasar desapercibido.
Era perfecto.
He estado con muchos hombres en mi vida.
Demasiados.
Nunca me quedé con ninguno.
Todos quieren algo más.
Una relación.
Sentimientos.
Compromisos.
Y yo nunca he querido dar nada de eso.
Al llegar, descubrí que la dirección pertenecía a un pequeño restaurante familiar.
Entré.
-Hola.
Una chica joven se acercó sonriendo.
-¿Una mesa?
Miré alrededor intentando encontrar alguna señal de que aquel lugar también fuera su casa.
-¿Aquí vive Naru?
La chica sonrió más.
-Sí. La dueña es su abuela. Él llega en un rato porque nos ayuda después del trabajo.
Perfecto.
-Lo esperaré.
-¿Desea pedir algo?
Me senté mientras me quitaba el saco.
Poco después apareció una mujer mayor.
Me puse de pie por respeto.
-Hola Tania me dijo que eres amigo de Naru. Qué bueno que viniste.
-Sí. Quería traerle esto.
Le entregué la bolsa.
-Lo dejó en la óptica. No se preocupe por el pago, la empresa se hizo cargo.
La mujer abrió la bolsa y sacó los lentes.
-Mi niño... No sabía que estaba trabajando sin ellos. Muchas gracias.
En ese momento él entró.
Lo vi cruzar la puerta apresuradamente, sin mirar a nadie.
-¿Sabe qué? Tráigame el plato del día.
La mujer se marchó y yo me acomodé las mangas de la camisa.
No pensaba irme.
Otra empleada me dejó un vaso de jugo y los cubiertos.
El lugar era humilde.
Muy distinto a los restaurantes que frecuento.
Entonces apareció él.
Llevaba un delantal y seguía sin lentes.
-No sé qué pretende, pero...
-Comer. Eso pretendo.
Intentó responder, pero su abuela llegó antes.
-Hijo, siéntate a comer con tu compañero y dale las gracias por los lentes.
Naru me miró a mí y luego a ella.
-Abuela, voy a ayudarte. No puedo sentarme.
-No te preocupes. Todo está bajo control.
Otra chica se acercó.
-Sí, Naru. Ya terminamos aquí.
-Tania, hija, tráele los lentes.
Su abuela prácticamente lo obligó a sentarse frente a mí.
Un plato de sopa apareció entre los dos.
-No le harás un desaire a tu abuela.
Naru bajó la mirada y comenzó a comer.
Yo hice lo mismo.
Momentos después, Tania dejó los lentes junto a él.
-Póntelos.
Naru los sacó del estuche y obedeció.
Cuando levantó la vista sentí algo extraño en el pecho.
Era hermoso.
Sus labios eran suaves y pálidos.
Su nariz perfecta.
Las pestañas largas.
Y aquellos ojos...
Maldita sea.
Aquellos ojos.
-Por favor -murmuró-. No quiero problemas.
Tomé una servilleta.
Me incliné hacia adelante.
Y limpié una pequeña mancha de sopa de la comisura de sus labios.
Naru se quedó inmóvil.
Sorprendido.
Mirándome como si no entendiera lo que acababa de pasar.
-¿Cuál sería el problema? Si es tu novio, deberías dejarlo.
La voz de su abuela me hizo sonreír.
Dejé la servilleta a su lado y seguí comiendo.
-No me responderás o volverás a mandarme una nota.
Naru levantó la cabeza.
Sus ojos chocaron con los míos.
Y por un instante el resto del mundo desapareció.
-Por favor...
Eso fue todo lo que dijo.
Después se puso de pie.
-Ya terminé. Con permiso.
Y salió casi huyendo.
Yo terminé mi comida con calma.
Dejé sobre la mesa tres veces más de lo que costaba el plato.
Y me marché.
Cuando subí al auto envié un mensaje.
"Hasta que seas mío, vendré a comer aquí todos los días."
Encendí el motor.
Y conduje de regreso a mi apartamento.
Pero su boca seguía grabada en mi mente.
Y eso era un problema.
Porque cuanto más pensaba en ella, más difícil se volvía ignorar lo que me provocaba.
Entré al apartamento.
Atravesé el largo pasillo hasta mi habitación mientras me quitaba la ropa.
Abrí la ducha.
El agua caliente cayó sobre mi cuerpo.
Intenté apagar aquel deseo.
Intenté olvidar.
No funcionó.
Cerré los ojos.
Y apareció él.
Su cabello.
Sus pestañas.
Su voz temblorosa.
Su mirada.
La excitación me golpeó con fuerza.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi razón.
Y por más que intenté detenerme, no pude.
Lo quería a él.
No a nadie más.
Cuando finalmente logré calmarme, apoyé la frente contra la pared de la ducha.
Respirando con dificultad.
Pensando.
Entendiendo.
Abrí los ojos lentamente.
Y fue entonces cuando lo supe.
Naru iba a ser mío.