Todo había comenzado sin que ninguno de los dos lo notara.
Naru había captado la atención de Kan de una forma que cualquiera habría confundido con simple atracción física. Sin embargo, aquello comenzaba a sentirse diferente. Más profundo. Más peligroso.
-¡Pídele perdón, imbécil!
Esas habían sido las palabras de Kan al ver que Zac se había atrevido a humillar a Naru.
No era que hubiera ocurrido algo especialmente grave. Lo que realmente lo irritaba era la actitud de Naru. No se defendía. Bajaba la cabeza. A todo respondía que sí.
Y eso le molestaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Si Naru era así con el resto del mundo, era asunto suyo. Pero cuando Kan estaba presente, aquello no debía volver a suceder.
Además, aquella nota...
La pequeña picardía escondida entre aquellas palabras seguía rondando en su cabeza. Le resultaba imposible ignorarla. ¿Cómo alguien tan tímido podía atreverse a escribir algo así?
Al llegar a la oficina le esperaba un día interminable de reuniones.
Sin embargo, apenas bajó del ascensor, algo llamó su atención.
El cubículo de Naru estaba vacío.
Frunció el ceño.
Entró en su oficina y llamó a su secretaria.
-Tú. ¿Dónde está el chico de gráficas?
-¿Naru? Fue a realizar trabajo de campo a uno de los frigoríficos.
Kan levantó la mirada.
Eso no tenía sentido.
-¿Quién fue con él?
-Nadie. Fue solo. Debería regresar alrededor de la una de la tarde.
La expresión de Kan se endureció.
-¿Necesita algo más?
-No. Déjalo así. Sal.
Tenía reuniones. Clientes. Contratos.
No podía perder tiempo pensando dónde estaba Naru.
O al menos eso intentó decirse.
Las horas pasaron lentamente.
Cuando finalmente aflojó la corbata, la puerta se abrió.
Zac entró sonriendo.
-Hola.
Kan ni siquiera levantó la vista.
-Veo que has estado muy ocupado...
Zac apoyó una mano sobre su hombro.
Kan se apartó inmediatamente.
-Sal.
-¿Sigues enojado, bebé?
Kan levantó la mirada.
La sonrisa desapareció del rostro de Zac.
-No me llames así.
Su voz fue fría.
Cortante.
-Tú eres solo alguien con quien pasé el tiempo. Nada más. Ahora sal de mi oficina.
Zac apretó los dientes y se marchó.
Kan observó el reloj.
Las dos de la tarde.
Y Naru seguía sin aparecer.
Se puso de pie.
Tomó las llaves y el teléfono.
-Tú.
La secretaria acudió enseguida.
-Pásame la dirección exacta donde enviaron al equipo de gráficas.
-Sí, señor.
Minutos después ya estaba conduciendo.
Mientras avanzaba por la carretera realizó una llamada.
-Averigua quién autorizó ese trabajo de campo.
Colgó sin esperar respuesta.
Llevaba más de una hora manejando cuando divisó una figura caminando a un lado del camino.
Delgada.
Encorvada.
Aferrada a una mochila.
Kan giró bruscamente el vehículo y frenó frente a el.
Naru levantó la cabeza.
Primero pareció asustado.
Después, al reconocerlo, mostró un alivio que no logró ocultar.
Kan descendió del vehículo.
-¿Qué haces caminando?
-Estuve esperando el transporte de la empresa, pero nunca llegó. La persona que me trajo no podía quedarse.
Kan lo observó en silencio.
Estaba agotado.
Tenía frío.
Y aun así intentaba fingir que todo estaba bien.
-Sube.
Naru no se movió.
-He dicho que subas.
Esta vez obedeció.
Cuando rodeó el vehículo, Kan vio la sangre en su rodilla.
Su mandíbula se tensó.
-¿Qué pasó?
-Nada. Me caí.
Kan arrancó el vehículo.
-Espero que sea verdad.
-No estoy mintiendo.
La firmeza inesperada en aquella respuesta lo sorprendió.
-Ocultar cosas se parece bastante a mentir.
Naru guardó silencio.
-Te preguntaré una última vez. ¿Qué pasó?
Naru tragó saliva.
Sus dedos se aferraron con fuerza a la mochila.
-Nada importante.
Kan apretó el volante.
Aquello comenzaba a irritarlo.
No entendía por qué.
Quizás era verlo tan dispuesto a soportarlo todo.
Tan acostumbrado a callar.
Tan convencido de que debía arreglárselas solo.
Y por alguna razón, eso le enfurecía.
Más adelante divisó un hotel.
Tomó una decisión sin pensarlo demasiado.
Entró al estacionamiento y detuvo el vehículo.
-Baja.
Naru lo miró confundido.
-Estoy bien. Puedo ir a casa.
-Baja.
La voz de Kan no admitía discusión.
Cuando Naru dudó, Kan abrió la puerta y lo ayudó a bajar.
-Te darás una ducha. Haré que laven tu ropa y luego me explicarás qué ocurrió.
-Mi abuela se preocupará.
-¿Ese es el problema?
Kan extendió la mano.
-Dame tu teléfono.
Naru lo observó sorprendido.
-Llamaremos y le avisaremos dónde estás.
Por primera vez, la tensión en sus hombros pareció disminuir.
Más tarde, cuando regresaron a la habitación, Kan dejó el botiquín sobre la mesa.
Escuchó el sonido del agua proveniente del baño.
Y se quedó inmóvil.
Intentando ignorar los pensamientos que comenzaban a acumularse en su cabeza.
Cuando la puerta se abrió, levantó la mirada.
Naru salió con el cabello húmedo.
Parecía más joven.
Más frágil.
Más real.
Y aquello resultó mucho peor.
Porque Kan descubrió que no era únicamente deseo lo que sentía.
Era algo que comenzaba a instalarse bajo su piel.
Algo que lo volvía cada vez más incapaz de apartar la mirada.
-Gracias por el botiquín -dijo Naru.
Kan tomó asiento frente a él.
-Siéntate.
-Puedo hacerlo yo.
-Lo sé.
Tomó el desinfectante.
-Pero esta vez lo haré yo.
Naru terminó obedeciendo.
Mientras limpiaba la herida, Kan observó cómo apretaba las sábanas para soportar el ardor.
Aquello hizo que algo se retorciera dentro de él.
En eso él colocó la crema y suavemente soplo sobre la herida haciendo que esa sensación colocara la piel de gallina de Naru.
No se podía disimular todo su cuerpo sentía en casa soplido una bocanada de fuego que lo recorría por completo.
Con cuidado terminó de curar la rodilla y colocó el vendaje.
-Listo.
Naru asintió.
-Gracias.
Kan se puso de pie.
Lo observó durante unos segundos.
Demasiados segundos.
-No tienes que temerme.
Naru bajó la mirada.
Y Kan comprendió que aquella frase era una mentira a medias.
Porque si seguía acercándose a él de esa manera, muy pronto sería incapaz de mantener la distancia que todavía intentaba conservar.