2- Llamar a la policía

3323 Words
Mildred Me pongo de rodillas antes de poder pensarlo demasiado. No pienso en si esto me hace parecer demasiado ansiosa ante un hombre que acabo de conocer y que probablemente nunca volveré a ver. No me preocupa a quién se lo va a decir. Solo quiero su polla en mi boca. Jadea cuando arrastro mis labios por su m*****o aún vestido, y en algún lugar por encima de mí, registro el sonido de su mano golpeando la pared. Luego le bajo los pantalones y los bóxer, y ahí está, gordo y ya goteando, así que lo lamo. Andrés maldice. Otras gotas caen sobre mi lengua, así que cierro los ojos, pongo las manos sobre sus muslos y lo tomo. Andrés gime. Es muy fuerte y rebota en la pared sobre mí, este sonido desesperado y salvaje. Soy lenta y cuidadosa, dejándolo frotar contra mi lengua y paladar, y cuando esta lo más adentro que puedo, sus caderas se contraen y jadea. —Mierda— espeta, así que continuó. Me gusta hacer mamadas, pero me encanta oír a alguien perder la cabeza porque tiene la polla en mi boca. Dios mío, ¿está Andrés perdiendo la cabeza? —Dios, Mildred— dice. —Mierda, que bien esta. Tu boca. Mírate— Ya está jadeando, con su voz entrecortada, y le agarro los muslos un poco más fuerte, intento tomarlo un poco más profundo. Gime cuando lo hago, los músculos bajo mis manos tiemblan por el esfuerzo de contenerme. Mi falda todavía está alrededor de mi cintura y estoy mojada de nuevo o todavía mojada de antes, quién sabe, y tan excitada que duele. Sigue maldiciendo, balbuceando tonterías sobre lo jodidamente perfecta que es mi boca cuando siento su mano en mi cara. Aprieto mis manos sobre sus muslos y me aparto un poco, preparándome. Pasa un pulgar por mi pómulo, sorprendentemente suave. Cuando abro los ojos y lo miro, me mira con asombro y los ojos muy abiertos. —Eres tan jodidamente bonita así— murmura, y dejo que mis ojos se cierren, luego continúo. —Tan hermosa. Mierda. Tu boca es increíble, simplemente jodidamente perfecta— Su pulgar recorre mi pómulo de nuevo, suave y extrañamente tierno, y es difícil no inclinarme hacia él. —¿A ti también te gusta esto? — murmura, la sal goteando sobre mi lengua. —Creo…— se interrumpe con un jadeo y un gemido. —Creo que sí. Creo que te estás mojando escuchándome. Así— Lo miro de nuevo, solo la cabeza de su polla en mi boca, y la dejo deslizar lentamente entre mis labios, empujando mi lengua en la raja mientras lo hago. Se que mis ojos están llorosos y mi delineador de ojos probablemente sea un desastre, pero nadie me ha mirado nunca como Andrés me mira ahora mismo, una combinación de adoración y hambre que me hace sentir como un postre elegante, rogando por ser comido. Me balanceo hacia atrás y me pongo de pie. Y antes de estar completamente de pie. Andrés me está besando, con la lengua metida en mi boca, su mano todavía sujetando mi cara. Su polla resbaladiza se frota contra mi muslo, y mierda, apuesto a que ahora mismo podría darme la vuelta y apoyarme contra la pared y… —¿Dormitorio? — pregunto, parpadeando, para quitarme las lágrimas de los ojos un par de veces. —¿Por favor? — A Andrés se le corta la respiración, sus pupilas están dilatadas, su cabello oscuro revuelto alrededor de su cara. Me mira como si quisiera darme un mordisco. Y lo dejaría. —Vamos— dice, y me agacho bajo su brazo y le guio. Pierdo mi camisa en el pasillo y mi falda junto a la cama, mi teléfono golpeando contra el suelo. Ups. Andrés me apoya contra la cama, ya sin camisa y luego me sube a ella antes de inclinarse, con una rodilla entre mis piernas abiertas, y besarme. —Los condones están en el cajón— le digo, con los talones en su espalda baja. —Me lees la mente— murmura. Momentos después, el también está completamente desnudo. Sus ojos no me abandonan mientras saca la caja de condones y también una botella de lubricante de mi cajón. Dejo que una mano deslice por mi torso, entre mis pechos, hasta la parte interna de mis muslos, solo para ver como sus ojos siguen el movimiento. —¿Qué? — pregunto, después de haberlo hecho dos veces más. —Solo estaba pensando en cuanto te deseo— dice, abriendo un condón y poniéndolo. —Podríamos follar así, pero a nadie le gusta la postura del misionero regular. Y podrías darte la vuelta, pero creo que preferiría ver tu cara cuando te corras de nuevo— Me incorporo sobre mis manos, estiro un pie y planto dos dedos de mis pies contra su muslo, cálido, musculoso y ligeramente peludo. Deja caer una mano sobre él y me acaricia el empeine suavemente, y me hace estremecer. —Dime como me deseas si tienes tantas opiniones— digo. Voy a optar por algo desenfadado y seductor, pero mi corazón va a mil por hora, respiro con demasiada dificultad, y mi respiración sale entrecortada y gutural. Andrés deja escapar un suspiro cuidadoso y su mano se detiene. —Mueve las almohadas— Me acerco y las tiro fuera de la cama. Momentos después, está sentado contra mi cabecero de terciopelo verde y yo estoy de rodillas, viéndolo echarse lubricante en la mano y luego acariciarse. Me encantan las manos bonitas y también aprecio una buena polla, y por suerte para mí, Andrés tiene ambas. Puede que me quede mirando un poco. —Puedes mirar, si eso es lo que quieres— dice. —O podrías venir aquí— Me arrastro. Son dos pies y es la forma obvia de llegar porque ya estoy de rodillas, pero aún así es algo. probablemente me sentiré rara por la mañana, pero para entonces ya se habrá ido, así que que importa. Probablemente sea una mierda que se sienta más fácil así, siendo la aventura de una noche de vacaciones de algún tipo. Si nunca lo voy a volver a ver, no importa si actúo como la zorra cachonda que aparentemente soy. Por la mañana se habrá ido y volveré a ser la misma de siempre. Me arrodillo sobre su regazo y me inclino para besarlo. Todavía tiene la mano en su pene, pero ancla la otra en mi pelo y no tira, pero si me agarra, sus dedos se enroscan entre los mechones y se cierran. Hago un ruido vergonzoso en su boca, y el aprieta su agarre un poquito y raspa con sus dientes mi labio inferior. —¿Estás lista para mí? — pregunta, y luego sus dedos resbaladizos están entre mis piernas, las yemas contra mi abertura, volviendo a rodear mi clítoris. Ahora tira con la mano que está en mi cabello, lo suficiente como para inclinar mi cabeza hacia atrás, exponiendo mi garganta, y me balanceo hacia él. —Mala pregunta. Has estado lista y ansiosa desde que te subiste al asiento trasero de ese auto, ¿verdad? — Trago saliva con fuerza, con la cabeza todavía hacia atrás. —Antes de eso— digo, y me deslizo sobre él de golpe. Andrés jadea y sus ojos se abren de par en par, luego se quedan entreabiertos, con el pecho agitado, ambas manos como hierro en mis caderas. Me mantienen en mi sitio, sus dedos clavándose tan fuerte que dejarán marcas. Espero que dejen marcas. —Quédate quieta— murmura con la cabeza apoyada en el cabecero. —Y dime cuando quisiste follarme por primera vez— —Cuando me besaste por primera vez contra la pared, tal vez— murmuro, apretándome a su alrededor a propósito. Hace un pequeño sonido. —¿Te gustó eso? — pregunta con voz gutural y destrozada. —¿Cuándo tus amigas estaban todas allí, bebiendo y riendo? ¿Querías follarme entonces? — Si. Que Dios me ayude, sí. Desde el segundo en que miré al otro lado de la barra y lo vi mirándome fijamente, alto, con cabello oscuro hasta los hombros, ojos oscuros, piel cobriza y jeans rotos. ¿Parece latino, tal vez? Se mece ligeramente, todavía tirando de mi hacia abajo sobre él, y mi memoria se vuelve borrosa. —Quería llevarte al baño y agacharme sobre el lavabo— digo, las palabras saliendo de mi sin mucha intención. —No me importaba si la gente me veía— —Creo que me habrías dejado hacerlo— dice con fuerza, y ahora nos movemos juntos con fuerza, sus manos todavía en mis caderas, sus ojos fijos en mi rostro. —Creo que te habría gustado dejar que la gente te viera córrete en mi polla en el baño de un bar. Creo que te habría gustado verte en el espejo. Pero te deseaba antes de eso— Agarro la parte superior de mi cabecero, presionándola con fuerza, e intento concentrarme. —¿Cuándo te dije que me llamaba Mildred? ¿Cómo en los libros infantiles con las monjas? — Andrés lame un pezón, lo raspa con los dientes. Lo chupa hasta que gimo. —Antes de eso— dice, y le da otra mamada fuerte. —Te vi al otro lado de la barra y quería preguntarte si podía comerte por debajo de la mesa— La próxima vez— digo, y suena mi maldito teléfono. Suena tan fuerte que ambos saltamos, y luego me río. —Mierda. Lo siento— murmuro contra su cabello. —¿Necesitas contestar? — Dejo de moverme y lo miro. Conmigo encima así, soy uno o dos centímetros más alto, así que estoy mirando hacia abajo. —¿Hablas en serio? — —Solo me aseguraba— —Estoy ocupada— El timbre se detiene y vuelve a empezar un momento después. —Insistente— dice Andrés. —Alguien realmente quiere hablar contigo— —¿Lo hacen? — mierda, este es el ángulo perfecto. Cada movimiento de sus caderas lo lleva profundamente al punto exacto, disparando placer a través de mis extremidades. —Pueden…— Se me ocurren tres cosas. Una, mi teléfono está en vibración las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Solo suena si alguien de mi lista de contactos importantes ha llamado al menos tres veces seguidas. Dos. Cuando me fui con Andrés, salude a Emily y luego le señale la puerta, lo que es retrospectiva no es la afirmación más clara. Y tres, literalmente he visto a mis amigas borrachas llamar a la policía cuando no pueden encontrar a un m*****o de su grupo. —Mierda. Van a llamar a la policía— digo y me arrastro fuera de Andrés. Hace un ruido de sorpresa y me suelta, con el pecho agitado y el pelo alborotado. —¿La policía? — repite. —No les dije a Emily ni a Theresa a donde iba cuando me fui— digo, manoseando mi falda tirada, con el teléfono todavía sonando y mi coño palpitando tristemente. —Están borrachas, las he visto hacerlo antes. Lo siento, solo dame un… Hola, Emily— —¡Mildred! — grita, por encima del estruendo de fondo. —¿Estás viva? ¡Desapareciste! — —Perdón por irme del bar. Pensé que me habías visto. De verdad que no puedo…— —¿Con ese tipo? — habla con alguien al fondo, en voz alta. —¿El del pelo? — Ese tipo del pelo sigue sentado en mi cama, y ahora vuelve aponer una mano sobre sí mismo y empieza a acariciarse. Intento no pensar en lo mucho que preferiría estar sentada sobre eso que gritarle a mi amiga borracha. —Si, él— digo y camino hacia adelante. Planto una rodilla en la cama. Andrés levanta una ceja. —Parecía sospechoso— continua Emily. Andrés se frota el pulgar sobre la punta de la polla, y hace que sus caderas se flexionen. Mierda. —¿Pam dijo que su ropa tenía agujeros? ¿Necesitas que vayamos por ti? — —¡No! — grito, y ahora estoy arrodillada en la cama, deslizando mi otra mano por el muslo de Andrés, y oh, Dios mío, necesito que Emily cuelgue el teléfono de una manera que no la preocupe. —Estoy bien. Estoy totalmente bien— —¿Cuál es la contraseña? — pregunta, y Andrés me hace un gesto con el dedo para que me acerque. Lo miró fijamente, con las cejas levantadas, y me muerdo el labio. Se encoge de hombros levemente, con la mano todavía moviéndose sobre su pene. —¡Mildred! — —¿Qué? — Balanceo un pierna hasta que estoy a horcajadas sobre Andrés, casi tan cerca como antes. Extiende la mano para jugar con un pezón, y tengo que apretar la mandíbula para no hacer ruido. Se inclina hacia adelante hasta que su boca esta justo al lado de mi oreja. —Shhh— todo mi cuerpo se estremece. —Mildred— dice Emily, y mierda ahora suena un poco preocupada. —Contraseña— De alguna manera me he deslizado hacia adelante en el regazo de Andrés, aún más cerca, la punta de su polla jugueteando contra mi clítoris mientras la mantiene quieta. Mierda. mierda, estoy al teléfono y no debería restregarme contra él, ni siquiera un poco, pero lo hago. —Jirafa— supongo, porque no tengo ni idea de cuál es la contraseña. Muevo mis caderas, y la cabeza de la polla de Andrés se desliza de mi clítoris para acurrucarse entre mis labios, y mierda, podría, podría simplemente. —No, la cambiamos el mes pasado, ¿recuerdas? — —¿A que la cambiamos? — Andrés no se mueve, solo soy yo, frotándome contra su polla como si estuviera en celo o algo así, y gracias a Dios no lo volveré a ver porque esto es vergonzoso. —¡No puedo decírtelo! ¡Eso nie, ne-niega el sentido de tener una contraseña! — Esta vez me dejo hundir sobre el solo un poco. Dejó que la gorda cabeza de su polla me penetre, y luego me aprieto a su alrededor para ver como cierra los ojos. —Emily— le ruego. Me aparto y froto mi clítoris contra él, y esta vez tomo la cabeza otro centímetro, y no es suficiente, pero no puedo, no debería… —Por favor— digo mirando a Andrés directamente a los ojos. —Vamos. No puedo, ¿por favor? — —Solo quiero que estés a salvo— dice, y luego me doy por vencida y Andrés toca fondo mientras ella grita algo sobre permanecer juntas y cuidarnos la una a la otra, y me muerdo el puño intentando no gemir mientras me follan. —Lo sé — consigo decir. —Gracias— Andrés sonríe con suficiencia ante eso, luego me tira hacia abajo por las caderas y empuja tan fuerte que mis ojos giran. Emily suspira. —No llames a la policía— balbuceo. —Dios. Por favor. Estoy bien, estoy bien. Estoy muy bien— Respiro hondo. —Tengo que irme— Dice algo más, pero ya estoy apartando el teléfono de mi cara y mirándolo como nunca antes había visto uno. Andrés lo agarra, presiona el botón rojo y observa hasta que se desconecta por completo. —¿Estabas tan desesperada? — pregunta, y me abre más los muslos a su alrededor, atrayéndome hacia si, con las uñas raspando mi piel sensible. Tengo que arquearme hacia atrás y anclar mis manos justo encima de sus rodillas, de alguna manera aún más al descubierto que antes. —¿No podías esperar ni un minuto más? — Suena destrozado, con las pupilas dilatadas y la voz suave. —¿O te gustaba tener que quedarte callada mientras te follan? — Me voy a sentir muy culpable por esto en un par de horas, pero ahora mismo cada palabra que sale de la boca de Andrés rueda por mi piel como un rayo mientras se frota contra mí en el ángulo exacto y mierda, mierda. —Tal vez—respiro —Un poco— —¿solo un poco? — respira con la voz entrecortada. —¿Te gustaría más si la llamaras para que pudiera escuchar lo buena que eres en esto? — Encuentra mi clítoris de nuevo y se me escapa un ruido, pequeño y desesperado. Me muerdo el labio y sigo frotándome contra él. —Por supuesto que no me gustaría eso— murmuro. Andrés me mira como si pudiera ver más allá de mi piel, y lo veo tragar saliva. Deslizo una mano por su cabello, suave y poco húmedo. Tiene los ojos muy abiertos, las mejillas sonrojadas. —No— dice. —Pero podría. El teléfono está ahí mismo. podríamos llamar a cualquiera, y podrías charlar sobre el clima mientas veo cuanto tiempo puedo tardar en hacerte correr. ¿Crees que adivinarían lo que estás haciendo? — Tengo que cerrar los ojos y morderme el labio, pero aun así hago un ruido que esta entre un sollozo y un jadeo. Si pudiera hablar, podría decir “Por favor” —Tal vez no tardaría tanto— corrige. —Dios, me encantaría. Verte intentar mantenerte correcta y educada mientras aguantas el orgasmo todo lo que puedas. Fue…— Ahora está en mi cuello, con los dientes raspando mi piel, una mano en mi cabello, el más suave de los tirones. —Tan jodidamente bonito antes— dice. —¿Crees que puedas hacerlo de nuevo? — —Hablas mucho — susurro. —¿Quieres que pare? — Niego con la cabeza. —¿Cuánto crees que podrías aguantar? — pregunta con voz baja acariciando mi clítoris al ritmo de cada embestida, y estoy tan jodidamente cerca. —¿Cuánto tiempo podrías montarme mientras juego contigo antes de que sea demasiado? Creo que me agotarías— Y la idea de estar aquí durante horas, de sentarme sobre su polla y correrme una y otra vez, de Andrés sacándome un orgasmo tras otro lo que lo hace. Me estremezco, grito y me froto contra el tan fuerte como puedo. Lo tomo profundamente y balanceo mis caderas y canto —Mierda, mierda, mierda— e incluso cuando he terminado, no deja de moverse. Se levanta, me agarra las caderas y me besa con fuerza, luego me tira hacia abajo, todavía balanceándose dentro de mi mientras jadeo con una hipersensibilidad que hace que mis piernas tiemblen. —Mierda, Mildred. Sentí eso— —Igual— logro decir, y él sonríe y luego me muerde la clavícula, todavía meciéndonos juntos, las réplicas aún vibrando a través de mí. —Bien— Me tira hacia abajo con fuerza por las caderas, con los ojos cerrados. —Jesucristo, creo que estás hecha para mi— Todavía estoy recuperando el aliento, pero pongo una mano en su pecho, lo empujo hacia atrás y lo empiezo a montar. Andrés balbucea y se mete dentro de mí, con las manos todavía apretadas en mis caderas, diciendo cosas como “tan jodidamente bueno” y “mírate” y “fóllame más fuerte” y luego él se está corriendo, sujetándome de tal manera que estoy prácticamente abierta, jadeando mientas él se retuerce dentro de mí. Me besa de nuevo cuando termina, y luego logro alejarme antes de que el condón se vuelva extraño. No nos tocamos, excepto por nuestras manos, que logramos enredar a medias antes de que estemos demasiado cansados para rendirnos. Mi teléfono esta junto a mi hombro y, después de unos minutos, vibra. Miro la pantalla. —En realidad no van a llamar a la policía, ¿verdad? — pregunta, sonando agotado. —Probablemente ya lo haya olvidado— —Espero— dice con una divertida media sonrisa, su cara aplastada contra una almohada, y resoplo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD